Por Óscar Antonio Oyuela
El constituyente del 82 fue sabio al crear una Constitución que pone candados por todas partes a los que pretendan perpetuarse en el poder como lo han hecho los chavistas en el vecindario latinoamericano, y que hoy, afortunadamente resurge la democracia para restaurar las libertades, el respeto a la ley y el orden en el continente. Si en Honduras en el 2009 no se hubiera manoseado la Constitución cuando desde Casa Presidencial -aquel que sin inmutarse confesó que era presidente por fraude-, al intentar aplicar en Honduras la misma receta elaborada en La Habana e impuesta a sangre y fuego en Venezuela, Bolivia y Nicaragua, y que poco tiempo después en el 2015, se vuelve a repetir la misma historia, pero en dirección contraria, (¿compadre hablado?) cuando la Sala Constitucional emitió aquel fallo, con el voto en contra de un magistrado, declarando inaplicable el 239 de la Carta Magna; hoy no estaríamos sufriendo las angustias, frustraciones y las rabias en las que nos han metido la irresponsable clase política aliada al grupo tenebroso que controla la economía y las finanzas del país, apoyado desde afuera. La salida a esta crisis es persuadir a los mismos que la provocaron, a los de “aquí y a los de allá”, aplicar los procedimientos establecidos en la misma Constitución, que afortunadamente no ha perdido vigencia de conformidad al artículo 375 que establece taxativamente: “Esta Constitución no pierde su vigencia ni deja de cumplirse por acto de fuerza o cuando fuere supuestamente derogada o modificada por cualquier otro medio y procedimiento distinto del que ella (Constitución) mismo dispone”.
El connotado jurisconsulto y maestro de generaciones de la Facultad de Derecho de la UNAH, finado doctor Efraín Moncada Silva, dejó claramente establecido que la Constitución del 82 es susceptible de “reformas parciales, profundas, meditadas y progresistas que signifiquen un verdadero avance constitucional, no como hasta ahora se ha hecho, que han sido reformas coyunturales, superficiales e inapropiadas en su mayoría”. Las constituciones no son rígidas, son susceptible a cambios para armonizarlas con los avances científicos, tecnológicos y culturales. Sería absurdo hacer caso omiso de la Carta Magna y volver al pasado sangriento con las aventuras del caudillaje y el caciquismo pasando por la pesadilla de los regímenes militares de 1956, 1963, 1978 y se repite en el 2009 con la “sucesión presidencial (¿presidencia de iure o de facto?”) de aquel exmilitar convertido en político, como consecuencia de los delitos incurridos por el presidente de entonces y que las mismas Fuerzas Armadas por mandato de la Corte Suprema de Justicia, se encargaron a su manera expulsarlo del país por “estado de necesidad” y dar un respiro de tranquilidad a la población temerosa que la metieran en el frente antiimperialista del chavismo, sin embargo, cuando creíamos que íbamos por buena ruta, volvemos a caer en el camino de la amargura en el 2015, con aquel desatinado fallo judicial, insólitamente, declarando ¡inconstitucional la Constitución!, ¡la ley de leyes!, con la complicidad de los arribistas de siempre y corruptas ONG.
Volviendo a los consejos del brillante abogado Moncada Silva, nos ilustraba en un análisis jurídico publicado por USAID, que con la Constitución del 82 podía Honduras gozar de paz, libertad y democracia duradera, siempre y cuando, se mantuvieran inalterables los artículos pétreos. Explicaba que “los contenidos inmodificables no han sido obstáculos para el desarrollo del Estado ni de la sociedad de Honduras”; por el contrario, su presencia ha permitido conjurar, muchos riesgos y peligros políticos que hubieran conducido al país a situaciones lamentables y hasta caóticas. Los que nos metieron en esta crisis, son los que hoy deberían estar tomando grandes decisiones para rescatar el estado de derecho, con una renovada democracia, respeto a los derechos humanos, con la participación de una oposición constructiva, desgraciadamente, muchas veces contaminada o infiltrada por la izquierda rancia y destructiva, que ha sido capaz de africanizar a otrora prósperos países como Venezuela dueña de la más grande reserva petrolera del mundo. Para no volver a repetir en Honduras aquellos descomunales errores debemos hacer lo que ha hecho Costa Rica al introducir la materia “la educación para la democracia y los derechos humanos” en los tres niveles del sistema educativo. Esto fue el anhelo en el siglo antepasado del pensador argentino Juan Bautista Alberdi, cuando dijo que “el grande arte de gobierno es el arte de hacer amar de los pueblos la Constitución y sus Leyes. Para que los pueblos la amen es menester que la vean rodeada de prestigio y de esplendor. El principal medio de afianzar el respeto de la Constitución es evitar en todo lo posible sus reformas. Conservar la Constitución es el secreto de tener Constitución”.