¿HISTORIA DIPLOMÁTICA?

NO sabríamos decir, a la luz de un análisis retrospectivo menos gelatinoso, si lo impreciso de la frase contenida en la introducción de un texto auspiciado por la cancillería –“Historia Diplomática de Honduras”– sea adrede. O quizás, por incuria al escrutinio metódico de los anales, adivinaron. O bien pudo ser falta de habilidad cognoscitiva en la reconstrucción de hechos históricos por quienes se meten, sin conocerla, a escribir historia. Citamos el texto que nos atañe: “Esto fue también lo que logró hacer el presidente Carlos Flores (1998-2002) cuando al final de su gobierno tomó la decisión de restablecer las relaciones diplomáticas con Cuba, sin haber informado previamente a la Embajada Americana, como era la práctica, tratándose de un hecho que formaba parte de la política de aislar a Cuba”. Cualquiera que haya sido la intención que dio origen a la ambigüedad que nos ocupa, nos permite colocar lo ocurrido en el contexto exacto. Bien pudo el autor –aprovechando fuente cercana, si ambos asesoran las Relaciones Exteriores– consultar con el ministro del ramo de aquel entonces, a quien expresamente se le dio instrucciones de informar. (Si lo hizo o no, es harina de otro costal, que cae dentro de la competencia de carácter subordinado de los secretarios de Estado a la Presidencia de la República).

Precisamos. Comunicar la decisión minutos antes de anunciarla –por cortesía diplomática tratándose de una larga amistad entre aliados– lo que no conlleva, ni remotamente, pedir permiso, como no debe hacerlo un país soberano. Es de imaginar que así como ninguno de los Twitter difundidos desde Washington, o de las mismas embajadas, sean materia de previo aviso a gobierno alguno, igual se espera de toda decisión autónoma de cada uno de ellos, independiente de la buena y respetuosa comunicación que siempre se espera entre socios políticos. También, cada gestión está en derecho de proceder acorde a su propia predilección. Si quienes nos sucedieron no hubiesen estado a gusto con lo dispuesto, estaban en su prerrogativa de cambiarlo. A partir de allí, desconocemos si otros gobiernos adoptaron otras avenidas de consulta que insinúen supeditaciones sospechosas cuando es atribución constitucional de la Presidencia “dirigir la política y las relaciones internacionales” y “mantener incólume la independencia y el honor de la República”. Ah, y si ello no fuere suficiente, la norma constitucional demanda “el respeto a la autodeterminación de los pueblos, a la no intervención y al afianzamiento de la paz y democracia universal”. Ahora, sobre el aludido aislamiento a la isla. Para entonces, el gobierno anterior ya había iniciado un proceso de intercambio bilateral abriendo una Oficina de Intereses. Al momento de restablecer relaciones diplomáticas, Honduras era de los poquísimos países del hemisferio que no lo había hecho.

Años atrás, cuando nos tocó dirigirnos al pleno del Consejo Permanente de la OEA, anticipamos: “Nos parece que ha llegado el momento en que nuestra institución debe despojarse de la herencia recibida de la guerra fría y, más bien fortalecer su capacidad de ejecución y de concertación, que el hemisferio necesita”. “La OEA debiera ser el centro nuclear de las nuevas realidades y exigencias que expresan nuestros pueblos a nivel de soberanías individuales y de bloques integrados como el nuestro, recoger los impulsos de nuestras democracias cada vez más abiertas y participativas, capitalizar los procesos de paz que en el istmo centroamericano, como ejemplos singulares, son modelos que podrían ser útiles en similares circunstancias y experiencias y ser instrumento que canalice eficazmente los intereses y aspiraciones de los pueblos americanos”. “Una OEA fortalecida y remozada, nos permitiría velar mejor por la promoción y protección de los Derechos Humanos, generando la voluntad de los Estados miembros para la adopción de normas de conducta obligatorias tendientes a su promoción y protección”. “Ello conduciría al establecimiento de procedimientos más eficaces que velen por la fiel observancia de los mismos”. “Ya está demostrado que las sanciones a perpetuidad contra Estados miembros no del todo ofrecen los resultados deseados”. “Se requiere de mayor ingenio, de creatividad y de ensayar nuevas opciones para enfrentar las causas que motivaron dichas sanciones para efectivamente llegar a soluciones viables a la altura de los nuevos tiempos en que vivimos y de los nuevos desafíos que se nos presentan”. (Como el tema no está agotado, otro día continuaremos).