Dos mujeres que rompen los esquemas en la cuentística de Argentina Díaz Lozano.

Por: Linda María Concepción Cortez1

El prestigio alcanzado por Argentina Díaz Lozano como escritora y periodista, la convirtió en una de las más aclamadas de las Letras centroamericanas. Nació en Santa Rosa de Copán en el año de 1912 y murió en Tegucigalpa en 1999. Nominada como candidata al Premio Nobel de Literatura el 20 de junio de 1973, y primera mujer graduada como licenciada en periodismo en la Universidad de San Carlos de Borroneo (Guatemala), dejó como un valioso legado a la humanidad una producción de dos libros de cuentos, trece novelas, artículos periodísticos, ensayos, artículos periodísticos y escritos biográficos e históricos.

Sus novelas han sido objeto de estudio en nivel centroamericano, desde múltiples aspectos: históricos, políticos, románticos, étnicos, etc. Sin embargo, en este artículo, escribo sobre otros aspectos de la creación literaria de la autora: sus cuentos. Por lo que, para este espacio, presento a ustedes dos creaciones de la galardonada santarrosense: “Leonora” y “La niña Prisca”, historias cuyas protagonistas, más allá de ser las típicas heroínas románticas, son mujeres peculiares que destacan por su personalidad magnética y su especial forma de ser.

Comienzo con Leonora, a quien el pueblo llamaba “La Loca”, ya que no sabían nada acerca de ella, es decir, cuál era su origen, quién era su familia. Esta misteriosa fémina apareció de pronto en el pueblo: “Bellísima era la loca Leonora. Cuerpo de graciosas curvas, piel morena y aterciopelada, boca de labios rojos y dientes blancos, frente espaciosa y tersa, y aquel par de ojos magníficos que brillaban como dos carbunclos.” (P. 37).

Leonora permanece en un estado de pasiva y feliz locura, cantando y bailando todo el tiempo, con flores en el pelo y tocando su guitarra; no tiene hogar, por lo que deambula por el pueblo y los vecinos le dan comida y escuchan sus dulces melodías. Ella es parte vital en el sencillo pueblo de San Francisco, su andar, su voz, sus vestidos de seda, sus collares, destacaban en la tranquilidad del “pequeño pueblecito de origen colonial” (¿Se referirá la autora a la Santa Rosa de Copán de principios de siglo?). La autora también describe que el pueblo estaba cerca del río que inundaba “las vegas de tabaco y fincas de café” (P.38). No puede precisarse el dato, ya que Díaz Lozano, solía hacer referencias a Honduras y Guatemala, pero, estos detalles se infieren entre líneas, ya que ella cambiaba los nombres de los lugares, tal como lo indica Ariel Batres Villagrán en su investigación “La política en las novelas de Argentina Díaz Lozano”:

Otra característica es que no indican el nombre del país en cuestión, sino que la autora inventa uno (San Julián, por ejemplo, para referirse a Honduras donde funciona la compañía frutera –la Cuyamel, nombre que la autora cambia por Cutamel–,) o bien señalan genéricamente un país centroamericano. Pero las señales son evidentes. (Batres Villagrán, 2013, pág. 21).

El pueblo de San Francisco es descrito como un ambiente rural: “con su iglesia blanca cuyas pequeñas torres se alzaban airosas sobre los techados de las casitas humildes y limpias como sus sencillos moradores;” (P. 37).

Estos “sencillos moradores” son testigos del estado de trastorno de Leonora, quien es una mujer inaccesible para los hombres a quienes agrede con golpes cuando tratan de acercársele. Y también inaccesible en cuanto al secreto de su pasado, ya que solamente se percibe en sus ojos “una expresión melancólica y de resignada tristeza” (P. 38), Leonora es una incógnita para todos, nadie puede explicar el porqué de su comportamiento tan de gitana o de la juguetona ninfa de los bosques.

Esta historia tiene una narrativa muy campechana, fresca y juvenil, plena de vida donde el lector se contagia del arrebato de Leonora. Su trama es sencilla y el final inesperado, ya que Leonora salta a las aguas embravecidas del río donde desaparece para siempre, nadie volvió a verla.

Sin embargo, a pesar de la sencillez de la estructura y del argumento, Leonora simboliza muchas cosas en esta historia: la belleza exótica, la placidez de existir, la sencillez del mundo y las cosas, la vanidad femenina, la espontaneidad, la libertad, el dolor de un pasado oculto.

No obstante, también personifica la exclusión; la gente del pueblo la cataloga de “loca” por el hecho de su hermetismo, no saben nada de ella, y por su comportamiento libre: baila, canta, toca guitarra, usa flores en el pelo, se viste en forma colorida y llamativa (No provocativa sexualmente). No pueden manipularla, ni se comporta como una mujer tradicional, ella es quien rompe los esquemas y la tranquilidad del lugar, entonces la etiquetan socialmente, aunque la alimentan como a una mascota.

Por otra parte, la niña Prisca, es un relato divertido y con un tono satírico, en el cual la autora condena las tiranías de los políticos y se burla también del clero.

Se trata de dos mujeres: una muy joven que busca un apartamento para alquilar y la otra es una anciana muy popular en la ciudad debido a su carácter bromista, pero también muy mordaz, propietaria de una refresquería y venta de infinidad de cosas como ropa, dulces: “Era como esos periódicos de censura a los que se teme, pero son también respetados. Sus agudezas, su ingenio, su acierto en la mordacidad contra nuestros políticos sobresalientes y mujeres de sociedad eran famosos.” (P. 40).

La joven cuenta cómo conoció a Prisca, su miedo inicial a ser objeto de las bromas y burlas y su admiración casi inmediata por aquella dama tan irreverente quien siempre pasaba rodeada de visitas de miembros de todos los estratos sociales.

Me parece que lo más valioso de este cuento, es la dualidad protagónica entre Prisca y la joven, pues en ambas hay trocitos autobiográficos de Díaz Lozano, en ellas vierte su sentimiento de desolación originados cuando tuvo que abandonar su casa al salir del país junto con su familia, huyendo de la dictadura de Tiburcio Carías Andino, ella, sus hijos y su primer esposo Porfirio Díaz Lozano. Ese desamparo lo exterioriza en Nuestro Drama de 1944, esta es una serie de catorce artículos publicados en el diario guatemalteco “El imparcial”, donde a manera de vivencias la autora cuenta todo el proceso que pasaron ella y sus seres amados en esa migración obligada, debido a los abusos dictatoriales del mandatario hondureño, su llegada a El Salvador y, posteriormente a Guatemala.

En tal sentido, en una parte cuenta cuando encontraron una casa donde residir, que comparada con la que tenían en Honduras era muy modesta, cosa que no le agradó en aquel momento a sus hijos, ella expresó: “¡Cómo sentí oprimírseme el corazón al notar lo desnudo, aunque muy limpio y ordenado de nuestras dos habitaciones!… ¡Cómo suspiré por la casita querida que en mi patria escarnecida esperaba nuestro regreso! (Díaz Lozano, Argentina; Nuestro Drama (un relato de su lucha y su exilio) II. Guatemala: El Imparcial, edición del martes 27 de febrero de 1945. Página 3.).

Puedo decir entonces, que esa amarga experiencia de perder su casa, y no tener un lugar seguro, estable y confortable donde quedarse, sobre todo después de llevar una vida cómoda y luego, ver que tenían que conformarse con lo poco y humilde que pudiera conseguirse en aquel momento en un país extraño con gente extraña, se volvió casi el motivo que ocasionó el nacimiento de esta amena historia, puesto que (a manera casi de confidencia dentro de la estructura narrativa) la nueva vecina de Prisca exterioriza su difícil situación: “Recuerdo que esa fue una época dura en mi vida. Circunstancias penosas nos habían obligado a vender nuestra hermosa casa, en la que estaban bellos recuerdos míos,” (P. 41). Como podemos apreciar, esa narración en primera persona, muy subjetiva, tiene el mismo tono tan íntimo, doloroso, constante, con una pizca incluso de vergüenza, pero que no se exaspera ni agoniza, en el hilo narrativo en Nuestro Drama:

Fue una luminosa mañana de agosto de 1944, que dejamos el suelo de Honduras, y nos remontamos en un plateado avión con dirección hacia la vecina República de El Salvador. El rugir de los motores, el atravesar nubes deslumbrantes de blancura, el mirar allá abajo paisajes en miniatura; eran pruebas reales, elocuentes, de que llegaríamos al refugio seguro donde podríamos estar libres de temor […] Yo dejé vagar mi pensamiento, me puse a repasar los amargos días pasados como prisioneros en nuestra propia casa, bajo los ojos vigilantes de un agente de policía que no se separaba de nuestra puerta y que no dejaba salir y entrar más que a nuestra cocinera. Me parecía sentir de nuevo el terror de que, de un momento a otro vinieran a llevarse a mi esposo otra vez para la penitenciaría donde había pasado siete meses… (Díaz Lozano, Argentina; Nuestro Drama (un relato de su lucha y su exilio) I. Guatemala: El Imparcial, edición del sábado 24 de febrero de 1945. Suplemento. Páginas 1 y 6.).

Es un hecho que el estilo de Argentina Díaz Lozano siempre se caracterizó por su fuerte crítica a la opresión de los gobiernos centroamericanos, rasgo que plasmó en toda su obra literaria y periodística como una constante de vida. Por lo mismo, no es de extrañar que la insolente Prisca tuviera al presidente de la República como “la víctima más importante de los mordaces comentarios…” (P. 43), situación que se ridiculiza a través de los siguientes diálogos:

Prisca, el presidente sabe que vives hablando mal de él y dice que te va a mandar a ese animal que en Olancho se come las lenguas del ganado, al come lenguas, para que te coma la lengua.

La respuesta vino al momento, afilada como un puñal:

Y a él, dile que le voy a mandar al come mierda, para que se lo coma todo hasta enfermar. (P. 44).

Prisca es el reflejo de la autora exiliada de su nación, ya que se establece en el cuento que fue “sacada como extranjera indeseable” de Guatemala durante la dictadura de Manuel Estrada Cabrera. Recordemos que Díaz Lozano se fue de Honduras hacia El Salvador y luego se radicó en Guatemala, argumento que nutre el odio de Prisca hacia los presidentes despóticos: Primero en Guatemala y luego viviendo en Honduras. Esto se reafirma en esta parte de la historia:

Por todas partes había arcos de flores con el nombre o las iniciales del nombre de entero de Cabrera: MEC en policromas flores. Un extranjero, norteamericano o polaco, se le acercó a la niña Prisca para preguntarle en quebrado español:

-¿Qué significan estas tres letras que he visto en varias partes? ¿Esas MEC?
– Esas iniciales, señor mío, quieren decir: mierda estamos comiendo… (P.44).

Prisca es una mujer solterona y carismática, quien a sus 82 años seguía burlándose de todo, incluso de sí misma. Y que a pesar de los prejuicios sociales de aquella época acerca de las mujeres solas, ella no se volvió amargada ni recatada, por el contrario, mantuvo su carácter vivaz y picante. Tuvo una vida así, en soledad, ya que nadie quiso casarse con ella, como ella misma lo declara “yo no me casé porque no hubo un valiente o desalmado que me lo propusiera. Yo me moría de ganas de casarme y con el placer más grande hubiera perdido mi libertad.” (P. 45).

Esta señora representa la genialidad y la desfachatez de una mujer que vive y piensa libremente, sin compromisos, miedos ni grilletes que la detengan. Pasa rodeada de gente todo el tiempo, pero no hay nada ni nadie que la sujete o aprisione. Tampoco tiene recelo o cuidado por expresar sus ideas, por el contrario, es muy audaz, por eso atrae, a las personas, les gusta su franqueza y ácido sentido del humor.

En estos dos cuentos Argentina Díaz Lozano desarrolla dos personajes femeninos que tienen muchas diferencias, pero también muchas similitudes.

Ambas, son estereotipos que identificamos en nuestros barrios o comunidades, y que no precisamente son los personajes idealizados como ejemplos de valores morales o comportamientos éticos, o aquellos heroicos a quienes todo les sale bien, y, que, por lo mismo, son objeto de admiración, no, porque, admitámoslo, no son gratos dentro de la sociedad quienes padecen de locura, ya sea clínica, pasional, o del tipo que sea. Así como tampoco son queridos quienes dicen las verdades de frente, en la cara de la gente, por muy agradables o agrias que sean. (Me refiero a las verdades, no a las caras).

También se estereotipa el mismo comportamiento social ante personajes así: tienen miedo a los locos y a los comentarios críticos. En este caso mientras una no dice nada la otra habla y habla; entonces, tanto el silencio como la expresión directa de las ideas son un peligro para el grupo.

Pese a que el pasado de Leonora y Prisca es un misterio, su principal característica es la felicidad infinita: son mujeres que, a pesar de no ser el patrón femenino impuesto culturalmente, ni de ser aceptadas por cómo son, viven tranquilas, son altamente desinhibidas. Atraen a la gente ya que las dos tienen personalidades fuertes, magnéticas que confunden, gustan y atemorizan al mismo tiempo.

Su final es la muerte, que, en mi criterio, no se ve como algo trágico, sino de decisión personal: Leonora salta hacia el río que está crecido, por voluntad propia y no se sabe si sobrevivió; Prisca murió feliz a los 82 años.

Argentina Díaz Lozano residió toda su vida en el extranjero por razones políticas, en Guatemala y luego en Europa. Su sentimiento foráneo se plasma en Leonora y Prisca, al ser exóticas dentro de entornos tradicionales de gente conservadora. Esto hace que ambas atraigan, pero a la vez repelan al grupo. Pasan rodeadas de personas que las admiran y las temen, porque son ajenas a su contexto, diferentes a los patrones sociales o culturales de su época. Además, lo foráneo también se explica en el aspecto físico de tales protagonistas, que más parecen europeas que centroamericanas: Leonora tiene los rasgos físicos y el talante propios de los gitanos, (ya citamos la descripción previamente); Prisca es la típica inglesa de siglo XIX:

…era la anciana más erguida y alta que he conocido. Llevaba un vestido negro de escote muy alto, cubriéndole hasta media garganta, con falda desgarbada, larga, muy larga, como exigían sus largas piernas. Además, de alta, era llena, bien llena. Su cabeza completamente blanca, de cabellos relucientes, anudados sobre la nuca, y en el semblante pálido una sonrisa cordial, quizá un poco picaresca, juvenil y unos ojos pequeños, negros, levemente astutos. (P. 41).

Realmente esta autora a través de su producción literaria y periodística, destacó en gran medida el papel de la mujer que rompe las pautas en un mundo masculinizado, específicamente en estos dos cuentos, ya que tanto Leonora como Prisca, no cumplen labores domésticas, tampoco le apuntan a la maternidad. Esto puede explicarse debido a que Lozano Díaz fue de las periodistas que, sin ser parte de movimientos feministas, defendió el derecho de la igualdad jurídica entre el hombre y la mujer. Tal como lo apunta Gabriela Quirante Amores en su tesis doctoral “La novela histórica escrita por mujeres en Centroamérica durante la primera mitad del siglo XX”, donde extrae un fragmento de una entrevista realizada en 1938 por el diario hondureño El Cronista a Argentina Díaz Lozano acerca del sufragio femenino y derechos de las mujeres.

Pienso que antes que el voto, hay otros derechos que son absolutamente necesarios y justos, que la mujer debe exigir, tales como el reconocimiento forzoso de los hijos naturales y aquellos otros derechos que establezcan la igualdad jurídica entre el hombre y la mujer. (Quirante Amores, 2017, pág. 200).

Un último aspecto que puedo comentar, ya para terminar este artículo es que el elemento religioso aparece en ambas historias con una connotación provocadora: Leonora, desafía a la vida al tirarse al río en forma suicida, cuando este tipo de desaparición no está bien visto por la Iglesia Católica; Prisca, por su parte, se mofa del sacerdote local a quien apoda “el padre Cara de Caballo”:

¿Quiere decirme por qué, niña Prisca, me ha puesto usted Cara de Caballo?
Y la respuesta, rápida, certera, acompañada de la más inocente y pícara sonrisa, vino instantánea:

Yo no se la he puesto padre, Dios se la puso y de eso no tengo yo la culpa.(P. 43).

Finalmente, y ya en forma general, queda decir que las obras de Argentina Díaz Lozano, específicamente las novelas, a pesar de haber sido premiadas en nivel internacional e incluso la nominación al Nóbel, no gozan de variedad y algunas de calidad estílistica y estética, ya que la mayoría de historias tienen un diseño lineal-cronológico, los personajes están más que estereotipados entre lo bueno y lo malo, y la temática no es enfocada en su estructura narrativa con propuesta innovadora; esto se confirma según la opinión de Hellen Umaña, quien en su estudio crítico Narradoras hondureñas, acerca de las novelas …Y tenemos que vivir (1959) y Caoba y orquídeas (1986) en cuestionamiento explica lo siguiente: “La lectura de las obras de Argentina Díaz Lozano revela que la autora hondureña, de novela a novela, mantiene un nivel expresivo uniforme que se basa en un uso lingüístico fuertemente codificado.” (Umaña, 1990, pág. 147). Más adelante, Umaña plantea que “Argentina Díaz Lozano rige su expresión ateniéndose a cánones conceptuales y formales de carácter convencional.” (Umaña, 1990, pág. 148).

Pero, esto no demerita la tremenda labor intelectual que desarrolló durante toda una vida de producción literaria y periodística, valiosa obra que debe analizarse a luz de las nuevas interpretaciones de la literatura hondureña.

Los Naranjos, Santa Rosa de Copán, mayo-2019

Bibliografía
Batres Villagrán, A. (2013). La política en las novelas de Argentina Díaz Lozano. Guatemala. Recuperado el 3 de 5 de 2019, de file:///C:/Users/Usuario/Downloads/La_politica_en_las_novelas_de_Argentina.pdf
Lozano, D. (2015). El drama de Argentina Díaz Lozano en 1944. (A. B. Villagrán, Ed.) Guatemala, Guatemala. Recuperado el 3 de 5 de 2017, de file:///C:/Users/Usuario/Desktop/argentina-dc3adaz-lozano-nuestro-drama-1944-por-ariel-batres1.pdf
Muñoz, W. O. (2003). Antología de cuentistas hondureñas. Tegucigalpa: Guaymuras.
Quirante Amores, G. (7 de 2017). La novela histórica escrita por mujeres en Centroamérica durante la primera mitad del siglo XX [Tesis doctoral]. Recuperado el 10 de 3 de 2018, de www.el tallerdigital.com: https://dialnet.unirioja.es/servlet/tesis?codigo=129439