Al amar a la patria… duele verle sufrir, es conocer a fondo su dolor y su crisis sentir; ver sus hijos estoicamente padecer y observar en su rostro su inmutable resistir. Que habemos culpables, no lo dudamos –lo somos todos– y cada uno de nosotros carga con su grado de responsabilidad; unos por omisión, grandes sectores por el silencio cómplice y remunerado por apatía, obcecación partidaria, conveniencia y en mayor porcentaje por ignorancia. Duele en carne propia sentir su dolor –lo compartimos– nos queda el recurso de gritar con libertad y hacerlo con amor.
Nuestra patria está en crisis, padece en silencio –su ser aguantador– define con claridad la mal gobernanza, y su muy mala representación en todo sector organizado y de poder; a todas luces se observa la corrupción y sufre la nefasta influencia del narcotráfico que contagia y torna al pueblo agonizante, enfermando la sociedad. El lavado de activos (con calificación deleznable) diversamente disfrazado, sangra sin incriminar e impunemente al comerciante.
Las autoridades –de lo más desacertado– velando pero por sus intereses particulares y orientando la normativa económica para saciar ambiciones enfermizas, ella está ausente, acéfala de dirección que impulse beneficios colectivos y lo que puede ser usado para incentivar su masacrada economía e inyectar el bienestar general, derivando estos bienes a fuentes oscuras y destinos reprochables; legislando para beneficiar círculos de poder previamente establecidos.
Las demandas y las denuncias surgen de todos lados y, los procesos internos nos parecen complicadas maniobras para desaparecer cargos. Se está exprimiendo al ciudadano, se le extraen alevosamente sus últimas gotas de sangre, se le castiga exprimiéndole sus recursos conduciéndole al caos, la enfermedad y la miseria; como deseando ofrecernos al mejor postor a precio de hambre.
Sufrimos verdadera crisis de valores los que ostentan cargos, los que se perfilan políticamente: representantes de gremios y hasta unas iglesias violan sus principios y fácilmente se ofertan, unas iglesias protestantes se prestan y la Conferencia Episcopal ya inicia pasos para recuperar su prestigio; simulan honestidad, pero están llenos de indecencia. Es sin lugar a dudas, una verdad irrefutable, soportamos esta crisis de valores y a los que podemos rescatar como reserva moral –¡huyen!– no se quieren contaminar.
Honduras, evidentemente eres una penosa verdad, pidiendo auxilio que mueres lentamente y no visualizas en los actuales líderes esperanza –carecen de coherencia– en su mayoría no presentan indicios que les cataloguen de alternativa, mucho menos nos ofrecen tintes de
estadistas. Patria mía, el cambio que mereces radica en que tus hijos sepan elegir, pero: –¡Hay de ti!– si su elección la sustentas en los que en mayoría actualmente se proyectan.
José David Madrid Ponce
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