Por: Carolina Alduvín
Todos vemos con preocupación, desagrado y hasta temor la serie de hechos violentos que se han desencadenado en el país con la excusa, en primer lugar, de unos decretos presidenciales en Consejo de Ministros, lesivos a dos de los pilares fundamentales de toda sociedad; de paso, a cargo de los gremios tradicionalmente más problemáticos para los gobiernos de turno y además numerosos con gran poder de convocatoria y hasta de chantaje, no solo en las ciudades más pobladas. Sus medidas de presión, al parecer han revertido algunas decisiones y gestionar algunos beneficios muy particulares para los agremiados. Hasta donde se lee, muchos de sus beneficios laborales permanecen en los acuerdos.
Sin embargo, otros que dicen saber de la materia, consideran que han sido engañados y que el gobierno ya encontrará la forma de complacer a quienes aprueban nuevos e impagables préstamos, supuestamente para obras de desarrollo, pero que la mayoría sabemos -o intuimos- a donde van a parar. Los brotes de violencia generados, ya sea por los manifestantes o por los alegados infiltrados, a nadie benefician y a todos perjudican, en mayor o menor medida, llevan a más desempleados, ahuyentan la escasa inversión tanto nacional como del extranjero, afectan bienes nacionales, que todos pagamos con nuestros impuestos y con el costo de no beneficiarnos de su utilidad.
Ahora surgen gritos proclamando que los problemas van más allá del sempiterno alto costo de vida; esto en realidad no es nuevo, todos hemos crecido escuchando quejas sobre el mismo, independientemente de la posición económica de quienes lo hacen. Tal vez atribuirlo a un rápido incremento en el número de habitantes, presionando sobre los mismos recursos que hace varias décadas, sea una explicación simplista, pero no menos verdadera. Sin embargo, pese a ser un problema real que afecta a la mayoría, durante los últimos años, las personas han dejado de verlo como el mayor problema y, se preocupan más por la desmedida escala de la violencia, el crimen y la impunidad que nos dejan a todos vulnerables ante todo tipo de delincuentes.
El narcotráfico tiene mucho peso en lo anterior, el Estado, sin importar el color político de quienes detentan el poder, ha permitido e incluso fomentado el crecimiento de los tres aspectos señalados, entre otros. Mientras que la seguridad personal de los integrantes de las cúpulas y la de sus allegados está garantizada por alguna de las fuerzas del orden; se ha dejado crecer sin control a la delincuencia, tanto común como organizada y en el Congreso se legisla a favor de los de cuello blanco, de manera que ya no solo se tolera, sino que se fomenta y se trastocan los valores, ya de por sí debilitados entre las familias no integradas y el privilegiar la ostentación por encima de la solidaridad.
El creciente desempleo tampoco ayuda, la inseguridad tanto física como jurídica en la que vivimos ahuyenta a los inversionistas, mientras que a los cada vez más escasos que aún conservan la fe en las fuerzas nacionales, se les carga y recarga con impuestos y exagerados precios por insumos como la energía y demás servicios básicos. A esto hay que sumar el vandalismo de los manifestantes contra los bienes de capital y del Estado, las ventas que se pierden en las zonas de disturbios, los negocios que prefieren cerrar antes de enfrentar cuantiosos saqueos y las actividades que se paralizan como el transporte y la circulación de bienes y personas.
Los problemas estructurales de nuestros sucesivamente fallidos modelos de desarrollo, a partir de la emancipación del régimen colonial; no solo nos han empobrecido y sumido en la dependencia, sino que no nos permiten levantarnos. El sistema educativo en vez de fomentar los valores que han sido la fortaleza y base de la prosperidad para otras sociedades, suele sembrar y cultivar el odio entre los futuros ciudadanos. De modo que los puntos sugeridos por los religiosos a cargo de las diócesis en nuestro país como la confianza, la ética política, la verdad y el diálogo, pese a ser fundamentales para el sano desarrollo de una comunidad, no dejan de sonar vacíos en una colectividad en la que todos desconfían de todos, la política ha dejado de ser el sumum de la ética, la verdad se esconde y el diálogo es entre sordos.