Los retos de un presidente

Por Denis Castro Bobadilla

Doctor, abogado y médico forense
II Vicepresidente del Congreso Nacional

Más le conviene al príncipe que le teman a que lo amen, porque los hombres ofenden más rápido al que aman que al que temen. Por supuesto, esto quizá fue cierto en otra época, en la que los príncipes o gobernantes eran todopoderosos y su poder “descendía directamente” de Dios, aunque lo imponían aterrorizando y derramando sangre en abundancia. Sin embargo, como dijo Tales de Mileto, todo pasa y cambia, y en estos tiempos de democracias, de conocimiento sin límites, de libertades y de derechos e igualdades, esa máxima maquiavélica no es más que una palabrería jurásica.

Dice la Biblia que toda autoridad es impuesta por Dios y don Quijote dijo que no se movía la hoja de un árbol si Dios no lo quería. Ahora bien, basados en esto, debemos suponer que los gobernantes “bendecidos por Dios”, deben ser sabios, justos, tolerantes, dados al diálogo, solidarios, con empatía natural, honrados, honestos, dignos, humanistas y, entre otras muchas virtudes cuasi teologales, capaces para dirigir pueblos, resolver problemas, enfrentar conflictos y lograr la paz, la unidad y la hermandad en la sociedad. ¿Imposible? ¿Una utopía tan lamentable como la de Tomás Moro y todas las ilusiones acerca de las sociedades perfectas de Platón, San Agustín, Bacon y Campanella?

No lo sé.

Lo que sí sé es que Honduras debe ser dirigida con sabiduría, amor y patriotismo. La política, como ciencia, puesta al servicio de los ciudadanos; el gobierno como cabeza de la sociedad, debe administrar el Estado en beneficio de todos, sin excepción. ¿Imposible? ¡No!

Dice la Biblia que cuando los justos gobiernan, los pueblos prosperan. Y debe ser cierto… Y, además, necesitamos de estos gobernantes en el mundo actual.

Honduras por ejemplo, no debe seguir caminando hacia la destrucción. El caos que se ha desatado en las calles es tan peligroso para todos, como el virus del ébola, la peste negra, el VIH y la III Guerra Mundial juntas. Y esto no debe parecer exagerado ya que un país en el que sus ciudadanos se confrontan y destruyen entre sí no avanza más que hacia el abismo.

En este punto, me gustaría saber ¿quiénes asesoran, aconsejan y sugieren al Presidente?

Sabemos que Juan Orlando no lo sabe todo, y que omnisapiente solo hay uno. Bien. Pero hay una diferencia muy marcada entre asesor, consejero y guía, aunque los diccionarios digan que son sinónimos. El asesor es experto en su tema. El consejero sugiere entre lo bueno y lo incorrecto, y el guía dirige con sabiduría.

Tigelino le aconsejó a Nerón que aterrorizara a Roma. El general Vasile Milea le aseguró a Nicolae Ceacescu que ametrallara a la gente en Timisoara para detener la revolución rumana, y a Stalin Lavrenty Pavlovitch Beria le sugirió que, asesinando opositores, se afianzaría su gobierno por la eternidad. Contrario a esto, Genghis Khan, después de conquistar un imperio a sangre y fuego, se dejó guiar por sabios que aprendieron mucho de Confucio de Lao Tsé, y logró la grandeza de China. Napoleón, tan sanguinario como Hitler, aprendió de los más sabios e hizo de Francia una nación poderosa y más cerca en el tiempo, Nelson Rockefeller amasó una enorme fortuna porque “me he rodeado de hombres que saben más que yo”.

Hoy, dejar que el descontento crezca en Honduras es contraproducente. Dejar que las manifestaciones se multipliquen y se agiganten, es absurdo, y tomar decisiones tarde en medio del caos, de las llamas, los paros y los saqueos y el gas lacrimógeno no es de sabios. La derogación de los PCM llegó, precisamente tarde.

Me extraña por supuesto, en Juan Orlando, un hombre que ha calculado cada uno de sus pasos, y que ha llegado lejos. Pero, enfrentar a los que piensan, a los mejores formados de la sociedad como son los médicos y los maestros, ha sido arriesgado, y las consecuencias de esto las está pagando Honduras.

Él se irá dentro de dos años y meses, pero los desastrosos efectos de las pérdidas económicas, la división social, la polarización y el daño en general al país se quedarán con nosotros como el cáncer maltratado, que hará metástasis lentamente y podría llevar a males mayores a la nación.

Bien sabemos que el respeto al derecho ajeno es la paz. Pero cuando el gobierno irrespeta los derechos de sus ciudadanos, los pueblos se levantan, y los malos dirigentes, los perversos aquellos que envenenan su corazón con deseos de venganza, aprovechan el río revuelto para salir gananciosos en medio del caos, la sangre y la destrucción.

Para evitar todo esto, existe una receta sencilla, como en medicina cuando un cáncer recién comienza. Amor, patriotismo, justicia y diálogo. Amor por el país y por la gente a la que se supone se debe servir desde el gobierno; patriotismo, ese sentimiento natural que se tiene en favor de la tierra que nos vio nacer; justicia, la obligación de darle a cada quien lo que le corresponde y diálogo, esa maravillosa virtud que ayuda a los seres humanos a entenderse y a resolver problemas.

Todo aquel que trata de cambiar algo ganará enemigos. Esto es claro. Y, aunque muchos cambios son necesarios, el consenso debe ser el primer paso para lograrlos, a través del diálogo sincero, las buenas intenciones y la tolerancia y la flexibilidad de las partes. Pero, cuando el Presidente manda a tontos a hacer mandados, lo que hace es echarle más leña al fuego, empapada de gasolina. Por tanto, sabiduría, señor Presidente, justicia, diálogo, tolerancia y amor a Honduras y a su pueblo. Si es cierto eso de que toda autoridad es impuesta por Dios, entonces, haga quedar bien a Dios, y dele a Honduras paz, democracia y verdadera justicia social. Estos son los retos más grandes de un Presidente. Y bien sabemos que el que quiere, puede.