Caos, diálogo, limpidez

Por Segisfredo Infante

Antes de formalizarse el diálogo socrático-platónico en Atenas, hubo distintas verdades parciales; enigmas de por medio; y muchas confusiones, cuando menos en lo que respecta a los albores de la primera gran civilización en tierra continental europea. En todo caso conviene afirmar que después del desorden primario, es decir, de la vida desorientada de la aldea, emergió la “polis” de ciudadanos más o menos racionales, ordenados y más o menos democráticos, con la idea de imprimirle orden al “caos” originario. Fue el salto de la caverna hacia la verdadera luz política, en el mejor sentido del término. Sobre todo en los tiempos del gran estadista Pericles; y posteriormente en forma discursiva a partir del método parturiento de Sócrates, en tanto en cuanto que después de la muerte de Pericles había retornado, al mundo ateniense, la confusión, la arbitrariedad, las pasiones instintivas y los primeros atentados a la democracia naciente decretando la muerte física de aquellos generales que habían luchado valientemente por preservar la supremacía de Atenas. El atentado de la democracia contra sí misma, tuvo su momento culmen con el asesinato “democrático” de la persona física de Sócrates, mediante un tribunal improvisado y una votación sesgada, en donde imperaba la envidia, la difamación y la calumnia. (Sobre este tema habíamos publicado el artículo “Diálogos atenienses”, en la columna Barlovento de LA TRIBUNA del jueves primero de marzo del año 2018).

Pareciera desfocalizado, o absurdo, hablar en estos días “hipermodernos” de los lejanos diálogos socrático-platónicos sobre los cuales se sostiene uno de los pilares de la civilización judeo-cristiana occidental. El problema es que siempre que se presentan grandes crisis en la vida moderna y contemporánea, se recurre a la antigua idea del diálogo como solución a tales crisis, olvidando los orígenes y los métodos del diálogo. Sócrates enseñó que para dialogar hay que preguntar y repreguntar muchas veces, con humildad domesticada, sobre el mismo tema, de ser posible a una misma persona (o a varias personas) hasta despejar las dudas agobiantes. Y construir la limpidez. Pero conviene recordar en este punto que existe una interesante rama de la matemática que ha venido elaborando, en el siglo veinte, la ya famosa teoría del caos, que también suele aplicarse a los comportamientos humanos, a veces en forma irresponsable.

Así que por regla general el diálogo deviene como una necesidad imperativa después, o a la par, del desorden o del caos. Sin embargo, el diálogo necesita buenos interlocutores, que por principio de cuentas estén interesados en conocer las opiniones de segundas y terceras personas. Para seguidamente tratar de encontrar las coincidencias y los empalmes básicos a fin de lograr acuerdos duraderos, que puedan ser respetados por unos y otros contendientes, en función de los intereses de los pueblos. Creo que un buen ejemplo son los dos tratados tolerantes de la “Paz de Westfalia” en el año 1648, después de una guerra confusa, criminal y desalmada entre católicos, protestantes y políticos de casi toda Europa, que había durado más de treinta años.

Naturalmente que en el esquema del diálogo y la paz, intervienen otras variables, que pueden ser identificables desde el principio o que aparecen de pronto en el camino, creando nuevas distorsiones sobre el caos originario. En el caso de Honduras hay por lo menos un individuo que cranea las veinticuatro horas del día cómo alcanzar el poder político y militar para entronizarse “eternamente”. De tal modo que dentro de su agenda general se encuentra articulada la táctica oportunista de aprovechar cualquier  reivindicación social o económica justa o injusta, para hacer llamados perentorios a la “insurrección”. O cuando menos para situarse en un buen “ratin” de guerra de medios hacia el mayor índice de audiencia regional. No me saco este dato de la manga de la camisa. Ha circulado un video donde este personaje hace llamamientos para que “cuarenta mil hombres” se tomen la casa presidencial y destronen al actual mandatario de la República. Pero este es un viejo proyecto, que ese personaje “equis” maneja desde al año 2008, bajo el esquema de la “cuarta urna”. Trato de comprender a este caballero que desea convertirse en “héroe”, en “mártir” o en un personaje histórico singular, sin importar para nada que en el camino se interponga un volcán de cadáveres de hermanos hondureños inocentes.

En verdad me desazonan los discursos públicos y privados en donde se coloca a los bueyes por detrás de la carreta. En donde se postulan y critican los efectos de un fenómeno, como si fueran la causa de ese mismo fenómeno. Olvidando que Honduras está inmersa en un maremágnum de circunstancias nacionales e internacionales (incluyendo la corrupción y las crisis financieras) que fueron incubadas en el contexto del derrumbe del “Muro de Berlín”; del debilitamiento de las instituciones del “Estado de bienestar”; y de los triunfalismos occidentales excesivos. Por ahí debiera comenzar un pronunciamiento profundo, sosegado e imparcial, para desembocar en la limpidez de todos.