Entre Leviatán y Godzilla

Por Héctor A. Martínez
(Sociólogo)

Uno de los errores más caros de nuestros patricios de antaño, es no haber seguido las reglas del liberalismo económico propugnadas por Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa. Nuestros ancestros lo tomaron como una moda decimonónica, pero sin claridad ni convicción política. Para ellos, el poder del Estado era más importante. Se tomaron muy en serio lo del Leviatán de Hobbes, ese monstruo bonachón que reúne en su regazo a todos los miembros de una sociedad, y les protege con actitud paternal. El resultado de ese razonamiento fue un estado sobredimensionado, con poderes suficientes para dirigir la economía y para tutelar las instituciones relacionadas con los beneficios sociales como ser, la salud, la justicia y la educaciòn.

Y, como estaba de moda el “progreso”, todos los sistemas políticos dirigieron la mirada hacia el devenir, en tanto que, la economía debía estimular el comercio hacia afuera y promover la producción interna para mantener el sistema social abastecido y los mercados cumpliendo con su función primordial de la distribución de los recursos, según rezaba uno los principios del liberalismo económico. Pero, como la actividad privada –más ordenada y con arreglo al cálculo y a los resultados cuantitativos–competía con el Estado en los asuntos de la organización social, este se vio obligado a hacerse cargo de la seguridad ciudadana, y a prometer seguridad, certeza y estabilidad en todos los aspectos atingentes a las actividades humanas.

El Estado se arrogaba tal empresa, no por antojo, sino porque la permanencia del poder dependía del mantenimiento y la satisfacción de las mayorías que elegían con su voto, quiénes debían gobernarnos.

De todas maneras, la aplicación de un liberalismo económico era cuestión de decisión de cada estado. Quien no quisiese embarcarse en ello, tenía la opción de inclinarse por medidas contingenciales, porque los escenarios no eran tan cambiantes ni caóticos como hoy en día. Esto, a pesar de los momentos críticos de la Guerra Fría y la alineación económica e ideológica hacia las dos potencias en pugna.

Pero, desde la caída del comunismo, las cosas han cambiado. La victoria del capitalismo significó la integración económica y cultural de todas las naciones en un mapa indiferenciado, sin fronteras, no solo de intercambio comercial, sino también de difusión ideológicamente consumista. Se inventó una estrategia que no es, ni liberal ni democrática, cuyo doble propósito es, recuperar la plata prestada por los bancos internacionales de crédito, que ya excedía lo desorbitante y bajo esta consigna, abrir las fronteras, romper los esquemas proteccionistas aduaneros y arancelarios para permitir la entrada del capital extranjero. Ello ha implicado reformar las leyes de cada país, sin importar las consecuencias laborales y la tutela estatal, porque según los organismos, hay que ser “competitivo” y que el Estado se dedique a ser gendarme de la seguridad ciudadana. De ahí la alta inversión en la Policía y en la justicia.

El poder pues, ya no radica en el Estado ni en la política criolla. Estos han sido reducidos a la mínima expresión.

Son las fuerzas del mercado internacional las que regentan los destinos de las naciones: la política y lo que conocemos como democracia habrá de replantearse en otros términos que desconocemos por los momentos.

El leviatán ha sido devorado por el Godzilla que han creado los mercados y, si de algo sirve para el alivio y el consuelo de los que padecemos los efectos globalizantes es que, a lo mejor estamos viviendo una fase de transición muy parecida a la que ocurrió entre el feudalismo y la Revolución Industrial del siglo XIX y que habrá de conducirnos a algo mejor de lo que estamos viviendo –o padeciendo– por los momentos.