Por Edmundo Orellana
Catedrático universitario
¿Gobierno o gremios? Del caos en el que está sumido el país, es el gobierno el único responsable. No son los gremios. Fue el gobierno quien los amenazó con esos decretos por los que pretendía despedir masivamente a los empleados en el sector salud y educación, atendiendo, lacayunamente, los dictados del FMI.
No improvisó; lo único, quizá, no improvisado en la era postgolpe de Estado. Fue un ataque planificado cuidadosamente. Primero declararon el estado de emergencia, por medio de decretos emitidos en Consejo de Secretarios de Estado, en los sectores de salud y educación, preparando el terreno para hacer y deshacer en materia de contratación; luego, convencidos de que nadie se los impediría, presentaron un proyecto de ley al Congreso para despedir masivamente a los empleados en salud y educación, con la excusa de que estos son los responsables del mal servicio que se presta en esos sectores.
Según el gobierno, las deficiencias en salud y educación son responsabilidad de los empleados. Sus políticas son las idóneas, la programación para ejecutarlas es la pertinente; el problema radica en el personal responsable de su ejecución. Esos empleados no están a la altura del gobierno de la “Vida mejor” y, por ello, deben sustituirse por personal capaz (léase correligionarios). Acusación formulada por el gobierno al que se imputa el mayor saqueo de la historia en el sector salud y el ataque más despiadado al gremio magisterial, al que despojó hasta de sus mínimas conquistas.
No hay medicinas ni equipo médico por el permanente latrocinio en salud. No hay establecimientos escolares adecuados ni implementos para impartir clases debidamente, porque el gobierno, desde siempre, ha malversado los recursos destinados a ello. En ambos casos, el responsable es el gobierno, no los empleados ni los gremios; el gobierno, que, mediante contratos amañados, rapiñó los fondos públicos destinados a esos servicios, obligando a los usuarios de los mismos, supuestamente gratuitos, a proveerse hasta de lo elemental, porque carecen de todo, mientras los que poseen todo acuden, hasta por un resfriado, a clínicas y hospitales extranjeros.
Los empleados no son los responsables de ese perverso despojo. Lo son el gobierno y algunos empresarios que, mediante contratos fraudulentos, suministran insumos a esos sectores. Siempre son los mismos actores: burócratas, políticos y algunas empresas proveedoras, últimas estas, que, curiosamente, son las mismas, o lo son sus socios, en todos los sectores. Se trata de una red de saqueadores de los presupuestos públicos que el binomio MACCIH-UFECIC, con pruebas irrefutables, ha exhibido públicamente.
Funcionarios, políticos y algunos empresarios son los responsables de esta tragedia humanitaria que sufre el país en esos sectores. Son estos malos hondureños los responsables, no los gremios. ¿Por qué, entonces, culpar a los gremios? Los culpan seguros de que el pueblo lo creerá. No contaban, sin embargo, que, al menos en el sector médico, los líderes no son de aquellos con los que el gobierno está acostumbrado a lidiar.
Se encontraron con una cumbre de dignidad, sostenida por una voluntad inquebrantable, que en la historia hondureña no es común. Son mujeres cuyo heroico atrevimiento e indiscutible liderazgo, que supera en mucho al de sus predecesores hombres, evocan el sereno liderazgo, extraordinario arrojo y compromiso inclaudicable de la recordada Gladys Lanza, que, en su época de dirigente sindical, puso de rodillas a gobiernos duros.
Estos son los liderazgos que el gobierno enfrenta hoy y que, por aferrarse tercamente a decisiones equivocadas, lo tienen en esta encrucijada. Todo conspira en su contra, hasta la solución que quiere aplicar: despedir masivamente a los que protestan y derogar las leyes de los colegios de esos gremios, previa declaración de ilegalidad de la huelga; puesto que, de aplicarlas, hará que todos los gremios se unan y, siendo que es una causa de interés nacional, es muy probable que el pueblo se sume a la lucha definitiva. Agotó sus recursos estratégicos y tácticos, acudiendo a la represión salvaje de los que protestan e invitando, cínicamente, a un supuesto diálogo sin los auténticos liderazgos de los gremios de salud y educación. Incurriendo en estos errores, el gobierno contribuye al crecimiento de la indignación popular y a agigantar las dimensiones de la protesta y de esos liderazgos; construye, pues, su propia sepultura. ¡No se lo impidamos!
Por primera vez luce desconcertado el gobierno, enfrentando a un inédito adversario, impulsado por fuerzas morales desconocidas hasta ahora por los liderazgos tradicionales, de quienes aprovecha el gobierno sus contradicciones, para enfrentarlos, y sus ambiciones, para lanzarles migajas. No todo está perdido, entonces.
Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡basta ya!?