Pese a los esfuerzos gubernamentales subsisten las peleas sangrientas entre reclusos en centros penales del país, como la reciente en la cárcel de Támara, que dejó tres muertos y más de 27 heridos, a falta de la aplicación más efectiva de políticas de segregación, control y rehabilitación integral de los privados de libertad.
El enfrentamiento se suscitó la tarde del miércoles pasado cuando reos miembros de la Mara Salvatrucha (MS-13) atacaron con armas cortopunzantes hechizas a reclusos comunes o “paisas” en el módulo de Sentenciados 2, sector conocido como “Casa Blanca”, en el Centro Penitenciario Nacional de Támara, Distrito Central, Francisco Morazán.
A los privados de libertad heridos les trasladaron de emergencia en autos y ambulancias del Sistema 911, INP, la Cruz Roja y Bomberos al Hospital Escuela Universitario (HEU), y los reclusos que murieron fueron identificados como Júnior Miguel Pérez (24), Fermín Ernesto Orellana Escoto (37) y Edgar Ford Starlin Carranza (31).

“REINGENIERÍA”
Al respecto, analistas y autoridades involucradas en la temática señalan que frente a ese tipo de problemas además de la adecuada habilitación de espacios carcelarios es necesaria una “reingeniería” en el sistema penitenciario para tener un verdadero control y rehabilitación de los internos.
Para el presidente del Comité Nacional de Prevención contra la Tortura, Tratos Crueles, Inhumanos o Degradantes (Conaprev), Orles Solís, señaló que una “reingeniería” en el sistema penitenciario debe incluir, además de la habilitación de cárceles de máxima o mediana seguridad, la segregación o separación de los privados de libertad conforme su nivel de peligrosidad.
“Esa separación debe ir a la par de tener espacios para la educación, rehabilitación y reinserción de los privados de libertad”, recomendó Solís.

ESTUDIO DE CONDUCTA
Un factor de suma importancia frente a esta problemática sería una política de rehabilitación integral por cuanto muchos de los privados de libertad delinquen aún estando presos, porque su conducta es tal que ya no les importa hacerle daño a sus congéneres o salir libres y reinsertarse como personas útiles a la sociedad.
Un estudio del comportamiento criminal en centros penales del país indica que en muchos casos no hay preparación para retornar a la sociedad, debido a que estando internos continuaron con sus fechorías.
De esta forma, también muchos de los excarcelados luego están de regreso en las cárceles puesto que su conducta delictiva en vez de disminuir se fortaleció, sobre todo porque no existen programas efectivos de rehabilitación y, al contrario, los reclusorios se convierten en “escuelas del crimen”.
Lo anterior fue investigado por el profesional del derecho Nicolás Mendoza, quien realizó el primer estudio del comportamiento criminal en los establecimientos carcelarios para identificar quiénes aún estando presos continúan su actividad delictiva.

“Conocimos los antecedentes criminales de los individuos que guardan prisión y nos pareció muy llamativo que tienen conductas sociópatas, psicópatas y antisociales porque han cometido múltiples homicidios”, señaló Mendoza.
El estudio lo inició con dos internos por muertes violentas que guardan prisión en la cárcel de máxima seguridad “La Tolva” o “El Pozo II”, en la jurisdicción de Morocelí, El Paraíso. Una escatología internacional clasifica los niveles de criminalidad del ser humano del 1 al 22 y uno de los reclusos llegó a media y otro a la máxima clasificación.
“A uno de estos le llamamos el caso número uno que llegó a la escala diez del sicariato, pero el caso dos alcanzó la escala 22 que no solo asesina, sino que descuartizan a sus víctimas”, explicó Mendoza.
ASPIRACIÓN
El caso número uno está condenado a 30 años de prisión y es un asesino que responde a un sicariato bajo la aspiración de una recompensa económica y el dos cumple una condena de 129 años y no necesita recompensa porque ha perpetrado los crímenes por placer.
“Ellos van a seguir sumando delitos y condenas, porque no hay dentro de Honduras un estudio sobre la conducta criminal para poder generar dentro de los centros penales, los controles y la prevención del delito”, señaló Mendoza.
Desde las cárceles se cometen hechos como sicariato, extorsión y control de territorios externos, asimismo la venta de drogas y evasiones que también lo hacen de manera interna.
El investigador ilustró que el caso número uno al ser abordado confesó su “modus operandi” y dijo: “lo mío es el gatillo, a mí me das una nueve milímetros y me los como a todos, además yo vendía drogas, pero eso no es lo mío”.
Le amplió que identificaba su víctima, le daba seguimiento por un determinado tiempo y cuando lo estimaba conveniente, le disparaba a sangre fría sin importar quien estuviera en su entorno, luego salía de la escena.

“ESCUELA MUY GRANDE”
El caso número dos relató que su modo de operar era distinto porque no cobraba por matar. Tiene otra conducta psicópata, ya que el hecho de matar no le afecta desde su punto de vista psicológico, moral y emocional y lo hace “por diversión o satisfacción personal”, ilustró el autor del estudio.
No lo hacía por enemistad, sino por una relación psíquica entre él y el arma y disfrutar la sensación y adrenalina al cometer sus hechos sangrientos. Pero no solo se queda con haber matado a su víctima.
A esas dos personas las han pretendido reclutar estructuras criminales, pero no les interesa, porque atienden más a su personalidad que servirles a otros.
“En Honduras hay una escuela muy grande de sicarios y no se está haciendo nada”, alertó Mendoza, para explicar que el psicópata o sociópata no nace, sino que se hace de algunos factores exógenos o el ambiente donde se va formando el trastorno de personalidad antisocial.
También, el profesional del derecho señaló que en el país existe “el criminal institucionalizado y es aquel antisocial que ya no puede vivir en la sociedad porque desde muy pequeño ha estado asociado a actividades ilícitas”. Además, de menores han estado en los centros correccionales por robo, luego salen y a los seis meses cometen un homicidio y, entonces, vuelven a la cárcel para pagar condenas hasta de 20 años.

VIVIR EN LA CÁRCEL
“Ellos solo aprendieron a vivir en la cárcel y no en la sociedad y creen que en la sociedad solo es de ir a cometer crímenes y ese es el traspiés del modelo de rehabilitación que tenemos, es decir que no existe ningún programa efectivo”, explicó.
“Estas personas solo pueden vivir en la cárcel, allí es su lugar, donde están sus verdaderos amigos con el estilo de vida en ese tipo de asociación criminal. Ahora solo queda hacer un diagnóstico clínico que determine si una persona psicópata o sociópata antisocial que recobra su libertad está apta para reinsertarse a la sociedad”, planteó.
Uno de los paliativos que tienen en los sobrepoblados centros carcelarios del país es el traslado de reos de un establecimiento a otro, porque así se desarticulan ciertas asociaciones delictivas.

“Con este estudio tratamos de hacer una conciencia crítica y emitir un documento de carácter científico con fuerza probatoria para establecer una evolución en el sistema carcelario desde el punto de vista del tratamiento y diagnóstico de los privados de libertad con trastornos psicópatas y sociópatas”, precisó Mendoza.
Asimismo, establecer bases para las políticas públicas y el tratamiento de ese tipo de criminalidad con enfoque preventivo y carcelario para aspirar a una verdadera rehabilitación.
Así se podrían establecer proyectos pilotos en los centros carcelarios y hacer un diagnóstico para ir sentando las bases de rehabilitación con modificación de normas. Todo esto debe contar con un equipo multidisciplinario, desde especialistas en la psiquiatría, sociólogos, psicólogos y médicos forenses, entre otros.
| CONAPREV Rehabilitación también debe aplicarse cuando quedan libres |
![]() El presidente del Comité Nacional de Prevención contra la Tortura, Tratos Crueles, Inhumanos o Degradantes (Conaprev), Orles Solís, recomendó que a los privados de libertad de alta peligrosidad se les debe dar seguimiento cuando cumplen sus condenas y recobran su libertad. “Nosotros recomendamos que la rehabilitación y reinserción no solo debe ser a lo interno de los centros penitenciarios, sino externo cuando ellos logran la libertad definitiva, condicional o preliberación para volver a la sociedad”, precisó Solís. Así, añadió que “quienes ya tienen su libertad definitiva, el Estado debe tener un programa para incentivarlo con trabajo o programas que le garanticen ganarse su alimentación, vestuario y ayudar a su familia”. En la actualidad hay más de 20,800 personas guardando prisión y algunas tienen la ventaja que su familia no los abandona y cuando ellos salen, vuelven arrepentidos al seno del hogar, pero otros no y lo más factible es que vuelvan a delinquir o cometer los mismos delitos por los cuales fueron encarcelados. Otra de las propuestas de Solís, es el trabajo remunerado a los internos, ya que la Constitución de la República lo establece y no debe considerarse como un castigo, sino como una ocupación. SEPARAR RECLUSOS “Estas son las debilidades del sistema carcelario porque hay más de 20,800 privados de libertad en todo el país y en vez de bajar esas cifras, van en ascenso y se necesita más infraestructura para que haya espacios donde se rehabiliten de manera integral”, sugirió. El Estado debe crear los órganos correspondientes para darle la atención al exprivado de libertad. Por tal razón, es necesario un estudio de los sentenciados y condenados para separarlos por categorías de mínima, media y máxima peligrosidad. Estas condiciones solo las tienen en la cárcel de máxima seguridad de “El Pozo”, localizada en el municipio de Ilama, Santa Bárbara. “El problema es que en los demás centros los sentenciados y no sentenciados están revueltos y eso es una debilidad del sistema porque las personas no se rehabilitan y cuando cobran su libertad se vuelven reincidentes”, señaló. De esta forma, Solís demandó que es urgente que las autoridades penitenciarias del país procedan a separar a la población carcelaria según su grado de peligrosidad. “Hemos recomendado a las autoridades del Instituto Nacional Penitenciario (INP), que es urgente continuar con el procedimiento de separar a los presos de acuerdo a la mínima, media y máxima peligrosidad”, enfatizó. |
| CARACTERÍSTICAS DE UN SICARIO |
| EL MARGINAL Este perfil se identificó en sicarios que provienen de zonas rurales con extrema pobreza y que en la actividad delictiva buscan salir de la situación económica. Por lo que al ingresar, suelen realizar distintos tipos de actividades, que van desde el «cultivo, recolección y transporte de droga». Posteriormente, se dedican a cuidar casas de seguridad, luego acompañan a extorsionadores y asesinos, para que con ello, terminen por ser ellos los ejecutores. EL ANTISOCIAL Por lo que, el principal factor de orientación a la delincuencia es la familia y las pandillas, dentro las cuales, reciben tareas criminales que van aumentado en el nivel de riesgo. Aunado a ello, los criminales con este perfil presentan conductas antisociales desde la niñez y adolescencia, además de presentar rasgos de agresividad y temeridad. PSICOPÁTICO Los principales rasgos que caracterizan a este perfil, son los de frialdad emocional, ausencia total de remordimientos, crueldad y falta de empatía. |
