LA proclama del “Basta ya” de la Conferencia Episcopal ha sido celebrada por muchos como nítida radiografía de la realidad nacional y desestimada por otros –entre ellos una alta funcionaria gubernamental– como “posicionamiento político”. (Concuerden o no con el Twitter de la ministra, siquiera acreditarle la valentía de decirlo, no como algunos que no dicen lo que piensan sino que quieren que sean otros los que saquen la cara). Dicho lo anterior, un diagnóstico de tal envergadura, viniendo de la alta jerarquía católica, no es algo que deba tomarse como quien oye llover. Lejos de querer descalificarlo –sin que sea obligatorio estar de acuerdo con todo el contexto– conviene reflexionar sobre el mismo con ánimo de hacer correctivos y cristianas rectificaciones. Aparte de varias verdades meridianas contenidas en el mensaje hay que acreditar que esta vez los obispos no se metieron a consideraciones reñidas con la ley, como en aquella otra ocasión al texto infiltraron el espectro de la Constituyente.
Como decíamos ayer. En editoriales anteriores ilustramos –con disculpa a los políticos analfabetos que nada leen– sobre lo jurídico, ya que la Constitución proscribe convocatoria alguna a constituyentes. Pero para quienes –no obstante lo jurídico– ven como opción lo trastornado. Si en las circunstancias actuales los poderes ajenos gobiernan por Twitter, si las acciones se toman, se archivan o se derogan, dependiendo de la presión del molote. ¿Cómo piensan, en esta polarización de extremos y fanatismos, en medio de este vacío de valores, que podría emitirse una nueva Constitución, justa, equilibrada, cercana a las aspiraciones de todo el pueblo no solo de los grupos escandalosos? Si el bullicio en las redes, el alboroto en los salones del debate, las sinfonías de sopapos y fajazos, el estruendo de cohetillos, el barullo en las calles –y no la discusión civilizada y sesuda de los constituyentes, si es que los eligieran cuerdos– sería lo que determinaría el texto de cada accidentado artículo de esa nueva Constitución. Así como la violencia no se combate con más violencia. El relajo no se arregla con más relajo. (Amén). El cardenal Óscar Andrés Rodríguez en una amplia entrevista publicada por LA TRIBUNA, bajo el titular “Seamos Pentecostés en el Diálogo, no Babel”, con su característica erudición orienta a la opinión pública. Entre otros juicios ejemplificó que “en el diálogo no pueden haber agendas dobles, debe prevalecer la sinceridad, donde todas las partes expongan sus puntos de vista, con la visión que no necesariamente se va a obtener la totalidad de lo que se demanda”.
“No debe ser un diálogo de sordos, porque si uno no escucha, ¿cómo va, entonces, a reaccionar de una manera positiva?”. “El fanatismo es encerrarse en un recinto amurallado que no tiene otro criterio que su misma ideología”. Considera que los reclamos de los gremios “son causas justas y el gran problema ha sido esa infiltración de violentos que hacen que se desvirtúen legítimas peticiones, por consiguiente hay que hacer todos los esfuerzos para que esas personas, que no buscan más que el caos, reflexionen que los problemas se solucionan hablando”. “Por favor tengan cariño a Honduras; cuando yo voy a reuniones internacionales me da mucha tristeza y a veces vergüenza escuchar comentarios, tú vives en un país salvaje, tú vives en un país violento, en ese país es peligroso ir”. “Y digo, no caray, ustedes no conocen lo que es Honduras, vengo luchando por Honduras hace 40 años y no es justo que la imagen que se presenta es la de esos conflictos, son un puñado de personas que están enfermas de la mente y enfermas del corazón”. “Es muy importante darnos cuenta que el pueblo hondureño es bueno, es honesto, es un pueblo digno y entonces no podemos desfigurar a nuestro país”.