Por Óscar Armando Valladares
“Cuando la lucha entre facciones es intensa, el político se interesa, no por todo el pueblo, sino por el sector al que pertenece”. Macaulay.
A una década de ocurrido el ruidoso traspié del bipartidismo –que sustrajo del rol protagónico a la enseña liberal y sacó a flote al hermano contendiente–, las aguas de la política se encausan de nueva cuenta hacia un estero medianamente distante: el encuentro electoral de 2021.
A riesgo de que se repitan y consientan desde afuera las prácticas fraudulentas, no deja de llamar la atención y con ello incitar al comentario lo que se viene operando en los bandos partidarios, a mitad del segundo camino –más revuelto e inseguro– que transita el ciudadano Juan Hernández Alvarado.
Para preludiar, la unidad de su partido –considerada “granítica”– ha venido a menos, por disputas de intereses de tres o más aspirantes convencidos del liderazgo en picada que acusa su mandatario, más la cerrada postura que mantiene –con tintes de desagravio– el señor Porfirio Lobo, en otros tiempos parejos en abierto compadreo, decidido a echar por la borda todo amago continuista, incluso si la “embajada” afane otros cuatro años con dubitable intención.
Por la esquina embrollada del Partido Liberal, no descarta su bipolar dirección retornar al ido esplendor, asida a una apreciación esperanzadora, conforme a la cual: concluido el ciclo político del Partido Nacional y estimando “cuenta arriba” un triunfo de Libre, –el partido opositor– tanto el pueblo y la “embajada” reverdecerían en 2021 los laureles del viejo liberalismo. Tres precandidatos posibles se perciben en sus filas: Luis Zelaya, Elvin Santos y el expresidente Carlos Flores Facussé, quien según encuesta de Cid-Gallup repunta ventajosamente después de Tito Asfura, el alcalde citadino. De llegar a puerto el cálculo o determinación aproximada de los liberales, luego de festejarse en septiembre el bicentenario patrio, tornaría a Honduras el ejercicio político del bipartidismo con el ala roji-blanca alzada por un tiempo difuso.
En cuanto al partido Libre, acaudala en su favor el enorme descontento popular, con una incógnita en veremos: la figura –hombre o mujer– que asumirá la candidatura opositora y luego, sortear con ella, la tabla de inculpaciones del sistema y sus fácticos poderes. ¿Mel Zelaya, Xiomara o una nueva propuesta que se erija en el trayecto?
De cara al espíritu de conveniencia –que suele primar en las ejercitaciones “democráticas”–, ¿qué puede elucidarse? Por ejemplo, si pese a todos los nacionalistas perdieran las elecciones, es un hecho irrecusable que su plana mayor preferiría verse reemplazada por sus pares liberales, en vez de que Libre tome –en victoria sorprendente– el mando gubernativo y, parecidas reacciones, se operarían en la cima colorada. Ítem más: en caso de que a los “libres” y “refundidores” se les vede el poder, tendrán que sopesar sus estrategias, fortalecer la organización partidaria y emprender los relevos y renuevos en los cuadros directivos.
Por efecto de diez años de rigor absolutista, de crispación social y pobreza desmedida, de perversas y atadas privatizaciones, de caravanas migratorias, de endeudamientos abismales, en fin, de corruptela inevitada, el régimen que sobrevenga tendrá un crítico desempeño, particularmente a la hora de emprender una de las tareas esenciales: aliviar la desesperante situación que, en círculos envolventes, asedia al pueblo hondureño.
Deshacer el andamiaje montado por un mínimo sector, reorientar el presupuesto en favor de los servicios públicos primordiales, reduciendo –por caso– el abultado aparato policíaco-militar, se antoja un reto –aunque dificultoso– necesario, si en vez de medidas represivas opta el gobierno entrante por atender satisfactoriamente las causas que hoy son caldo de descontento.
Ahora, si en el contexto hipotético de un gane liberal el trasfondo es simplemente rehacer el compadrazgo de las dos facciones centenarias, poco haría el Ejecutivo por el procomún, con lo que el hambre y el desespero proseguirían su desahogo en las calles del país. Armado ese escenario, ¿seguirán con su cómplice concurso el estamento económico, el religioso y el militar? Fundado en antecedentes, puedo proferir que sí.