Por Juan Ramón Martínez
En el pasado, los obispos escribieron mensajes mejores que el que comentamos. Pero, ninguno había llegado en momentos de mayor crisis. Y en los que la deriva nos empuja al incremento de la polarización, al inicio de la confrontación generalizada y a la destrucción de la paz de la República. Por ello, todos –sin excepción– debemos prestarle atención, siguiendo los consejos que generosamente nos dan a los hondureños y extranjeros residentes entre nosotros. Y es que se trata más allá de la simple enumeración de los problemas –cuyo ordenamiento y prioridad puede ser discutible por más de alguno– de un cuestionamiento directo, sobre la forma como gestionamos la crisis. Por lo que, sin vacilaciones nos dicen los obispos que si “cada conflicto es manejado con la misma ineficiencia (que lo hacemos ahora), las consecuencias pueden hundir a Honduras en una crisis muy difícil de superar”. Aquí, nos parece que está –más allá de las lecturas ligeras que hacen muchos irresponsables que abundan entre los principales actores de los conflictos que estamos viviendo en estos momentos y que se quedan solo en el ¡basta ya!– el corazón del mensaje de los obispos de la Conferencia Episcopal de Honduras. Y para que no quede duda alguna, ratifican mas adelante su visión de pastores, al decir que “ la gravedad que adquieren muchos conflictos se debe, en primer lugar, a la forma incorrecta con los que manejan los poderes del Estado; en algunos casos siendo los causantes del problema, y en otros, por no saber resolverlos con los recursos propios de una democracia participativa, y dejando que el paso del tiempo haga que se resuelvan por sí mismos, cuando en realidad solo se agudiza la conflictividad”.
Pero no se quedan en esta crítica al gobierno, a la burocracia indolente e irresponsable, sino que van más adelante. (Aunque debo reconocer que fallan al darle a la democracia actual débil, imperfecta y en algunos casos evidentemente torpes, demasiadas responsabilidades porque, en honor a la verdad, lo que tenemos es una caricatura democrática, llena de imperfecciones que, en consecuencia no aporta muchos recursos para manejar los problemas. Además, pasan por alto que la mayoría de los hondureños carecen de formación democrática, y no exhiben comportamientos democráticos. Es todo lo contrario. El caudillismo, el familismo y los compadrazgos, se han impuesto y anulado los mecanismos de la democracia).
Critican en forma abierta la politización que complica los problemas, “introduciendo dobles agendas y empañando la claridad de los objetivos por los que se lucha”. Diferencian los obispos, la irresponsable –la palabra es mía, por supuesto– intervención de los políticos que, interfieren en los conflictos, más para aprovecharse de los mismos, que para contribuir como corresponde en una clase política madura que, desafortunadamente no tenemos.
Pero aunque reconocen los problemas que provocan la indignación, el enojo, la protesta y la justicia que los afectados reaccionen disgustados, señalan los miembros de la Conferencia Episcopal, que al permitir que las marchas pacíficas sean infiltradas “de elementos violentos demerita la finalidad que persiguen y conculcan otros derechos de la población que también deben ser garantizados”. Esta es una reflexión muy afortunada y necesaria. Porque los que protestan, en búsqueda de lo mejor del pueblo, castigan al pueblo. Lo que es una evidente contradicción que, los obispos resaltan con meridiana claridad.
No compartimos sus juicios sobre la Policía. Mientras la vemos ineficiente para garantizar el orden y los derechos de todos, los obispos creen que usa de fuerza desproporcionada. Por supuesto, ellos tienen una óptica que no siempre compartimos sus hermanos, como es mi caso. Pero de repente, volviendo atrás, a lo central en este análisis, los obispos censuran el irrespeto a la Constitución, lamentan la corrupción que corroe a muchas instituciones estatales, –y del sector privado agregamos– la paralización de la economía y la premura con la que el Congreso emite un nuevo Código Penal. Y para cerrar, lo que me parece es un juicio completo de la realidad, la Conferencia Episcopal, como no podría ser menos, critica la forma como legisla el Congreso Nacional. Su expresión ¡basta ya!, es justa. Para todos. Si no atendemos su reclamo, con nobleza, responsabilidad y honestidad, sin trampas y falsedades, lo que nos espera es la destrucción de Honduras. Así de simple.