Por Arístides Mejía Carranza
La iglesia se ha pronunciado y lo ha hecho categóricamente.
Ha dado con ello un paso de consecuencias inconmensurables para quienes entienden que se trata de la más vieja institución del mundo y que sopesa bien lo que dice de forma oficial.
No debió ser fácil llegar a este punto, me figuro que se ha concluido que en la descomposición se ha llegado muy lejos y que un cambio se impone como una necesidad apremiante.
Este mensaje no puede tomarse a la ligera y debemos sacar las lecciones y orientaciones que contiene, esto nos obliga a rechazar toda tergiversación que desfigure su esencia y más aún toda manipulación politiquera como la que ha hecho cínicamente el gobernante en su marcha del 8 de junio como si no fuera él el principal concernido.
Comprendemos que el “¡basta ya!” se refiere también a los problemas estructurales, pero va dirigido fundamentalmente a los atropellos y violaciones de los derechos que estos gobernantes ávidos de poder y de una voracidad sin parangón (auri sacra fames, hambre sagrada de oro) han infligido hasta el extremo a nuestro pauperizado pueblo.
Es justamente eso lo que indigna y humilla, el contraste entre el empobrecimiento, la destrucción paulatina de la empresa privada, de las instituciones y consiguientemente de la economía por un grupo de personas sin honor, sin escrúpulos, sin responsabilidad política alguna, que hace aplicable lo que Santo Tomás de Aquino refirió en otro contexto como turpitudo (bajeza), referida como desbordante ansia de lucro.
Por supuesto que no faltaron las reacciones en contra de algunos pastores favorecidos por el régimen, que por supuesto no son la mayoría. Estos son los que se acogen al precepto sacado convenientemente de contexto de que Dios pone a los gobernantes. ¿Habrá que resignarse entonces? ¿Será que Dios puso a verdaderos monstruos como Calígula, Nerón, Hitler y Stalin?
No lo pienso así, no hay ningún determinismo o fatalidad en esto, a menos que no se crea en el liberum arbitrium (libre albedrío) que nos permite elegir, actuar libremente y ser responsable de nuestros actos.
La iglesia milenaria que ha visto pasar frente a sí imperios que se erigen y caen, todo tipo de gobiernos pasajeros y sus propias crisis internas desde que San Ambrosio, San Gerónimo y el papa Gregorio el Grande cimentaron la institución sobre la fe cristiana, conoce de sobra estos movimientos pendulares y solo sale de su apego a la tradición y a la estabilidad, cuando ya no hay nada que hacer con los que dirigen y cuando se debe evitar la catástrofe porque se han conmovido los fundamentos de todo Estado: sus instituciones democráticas y la ética.
Porque es en el fondo un problema ético -como lo he dicho otras veces- que caracteriza esta descomposición, es justamente eso que mueve las reformas en retroceso del Código Penal, la desmesura en los abusos, la corrupción a gran escala, el régimen autoritario que suprime la independencia de los poderes para generar un poder absoluto que controla todo, incluso parte de la justicia, aquella que escapa al vergonzoso control que se ha tenido que ceder a instituciones internacionales, por la venalidad e ineficiencia a la que se llegó.
La iglesia, ha mostrado con maestría y lucidez (¿o iluminación?) el rumbo que debemos tomar cuando dice:
“Queremos hacer un llamado a toda la sociedad para que, desde la realidad que vive cada persona y cada grupo, considere la necesidad de sumarse a la búsqueda de caminos de solución para Honduras”.
Yo lo interpreto como que todos debemos concurrir con lo que cada uno es y hace, como lo hicieron hace poco maestros, médicos y los empresarios del norte, para los políticos serios es la hora de pasar a la acción política comprometida, organizada y con un programa para unir a la sociedad en el propósito de salvar a la nación, reconstruirla y orientarla hacia el desarrollo.