DISLATES Y CONSTITUYENTE

CADA episodio de perturbación que sacude al país, más si se avivan los desencuentros políticos, sirve a los ingenuos para agitar el prospecto de una Constituyente, dizque como salida al laberinto en que vuelven a caer.

Ello sucede, es bueno repetirlo, porque el hombre es el único animal que aún poseído de juicio, cae en el mismo hoyo una, dos y más veces. Si una mula se tropieza en una piedra, o mete la pata en un agujero, la siguiente vez que le toque andar por el mismo camino, esquiva el obstáculo y no vuelve a resbalarse en el mismo orificio. Sin embargo, utilizando el símil a la situación presente, la tal consulta para convocar una Constituyente en época reciente, destinada a tumbar el árbol de raíz porque les estorbaba una rama, fue el origen de la más grave crisis política sufrida en este último trecho constitucional, desde que el país recuperó, con la Constitución de 1982, su Estado de Derecho. El argumento usado es que como la Constitución es vieja –pese a que naciones más educadas disfrutan de las suyas, más longevas, a las que poco o nada les han cambiado– la manosean a su gusto, la violan por placer y la irrespetan, entonces, alegan, es necesario una nueva.

Solo es cosa –arguyen– de dar al traste con la actual para que todo cambie. Como si las violaciones, el irrespeto, el incumplimiento fuera culpa del texto –lleno de garantías, de anhelos y compromisos dedicados al bienestar de la sociedad– y no de sectores irreverentes, de políticos de escasa vocación democrática y de gente acostumbrada a andar por los atajos, sin mayor cariño por la legalidad. Lo malo que le sucede al país no es culpa de la Constitución sino de las actitudes de gobernantes y gobernados. Ninguna Constitución –le pongan lo que le pongan– va cambiar esas conductas. El odio instigado, el fanatismo imperante, al extremo que se hace imposible dialogar, cuando negociar para llegar a acuerdos lo tildan de feo porque lo bonito es destartalar lo poco que queda en la sociedad, nada tiene que ver con la Constitución sino con el ruinoso comportamiento de quienes conviven como enemigos, en el que se ha caído. Es la falta de autoestima en lo propio que lleva a pedir prestada afuera hasta la confianza –mediadores con facultades vinculantes, acompañamientos, facilitadores para platicar– como si tocara a extranjeros resolverles a los hondureños sus líos y sus problemas internos. Si no fuera suficiente ejemplo la desgracia doméstica sufrida en tiempos recientes, allí tienen la Constituyente de Nicolás que solo sirvió para perpetuar la dictadura y descalabrar más un país condenado. Pero aquí, por un concierto de pitos y vuvuzelas en el hemiciclo y una lluvia de trompadas, vuelven a resucitar el espantapájaros de la Constituyente.

Sale la Conferencia Episcopal con su proclama del “basta ya” y los boca abiertas por las redes sociales y las “chatarras” en los chats, vuelven a agitar el espectro de la Constituyente. Se sabe qué esperar de los consabidos políticos compañeros de viaje que persisten en encaramarle al país la misma ruta de perdición de Nicolás, el heredero del trono del finado. Del otro extremo también hay nerviosismo. “Ya arreglaron, alerta, previenen los agazapados del “golpe” aquel, hoy que se lavaron la cara con un chupuste de cloro; como los inodoros incoloros que en crisis anteriores no existían y ahora aparecen hablando hasta por los codos. “Hay contubernio para eso”, suenan las alarmas. Si hubiese, a nosotros no nos metan en esos dislates. En editoriales anteriores ilustramos –con disculpa a los políticos analfabetos que nada leen– sobre lo jurídico, ya que la Constitución proscribe convocatoria alguna a constituyentes. Pero para quienes ven como opción lo trastornado. Si en las circunstancias actuales los poderes ajenos gobiernan por Twitter, si las acciones se toman, se archivan o se derogan, dependiendo de la presión del molote. ¿Cómo piensan, en esta polarización de extremos y fanatismos, en medio de este vacío de valores, que podría emitirse una nueva Constitución, justa, equilibrada, cercana a las aspiraciones de todo el pueblo no solo de los grupos escandalosos? Si el bullicio en las redes, el alboroto en los salones del debate, las sinfonías de sopapos y fajazos, el estruendo de cohetillos, el barullo en las calles –y no la discusión civilizada y sesuda de los constituyentes, si es que los eligen cuerdos– sería lo que determinaría el texto de cada accidentado artículo de esa nueva Constitución. Así como la violencia no se combate con más violencia. El relajo no se arregla con más relajo. (Amén).