Por Óscar Antonio Oyuela Castellón
La clase media en Honduras se debilita por las sobrecargas de Impuestos Sobre la Renta, Bienes Inmuebles y vehicular, exageradas tarifas en el servicio de energía eléctrica, inflación y falta de oportunidades. Hoy hay más pobres y menesterosos de los que había previsto la FAO. Los técnicos están tan alarmados por la creciente cantidad de niños que se van todos los días a la cama sin comer, que están recomendando al Programa Mundial de la Alimentación (PMA), aumentar la ayuda para los departamentos que figuran en el mapa oficial de pobreza extrema.
Esta crisis socioeconómica en permanente crecimiento hace que muchos desesperados por la situación se sumen a los movimientos sociales que todos sabemos cómo empiezan, pero nadie sabe cómo terminan. Y para agravar la situación, la cooperación internacional disminuye anualmente sus aportaciones para programas de desarrollo para los países del tercer mundo, por la corrupción de los gobiernos que redestinan esos recursos en lugar de dedicarlo a mitigar el hambre y la miseria de los pueblos. A todo esto, se agrega la inseguridad ciudadana y jurídica. Se asignan inútilmente recursos para la contratación y equipamiento de la Policía y los indicadores de violencia no bajan lo suficiente. No hay inversión interna, mucho menos externa, aumentando el desempleo y acrecentando la rabia y el desencanto de las masas.
La Maccih de la OEA ha sido boicoteada por los que temen ser alcanzados en cualquier momento por el brazo de la justicia. La justicia está secuestrada y todo el sistema tiende a derribarse. Es urgente que las “élites” económicas y políticas, bajo el control de unos cuantos poderosos, salven lo poco de democracia que nos queda, restauren la institucionalidad, tranquilicen al populacho que le da lo mismo unirse a protestas públicas como encaramarse en las caravanas hacia el norte. Los “dueños de Honduras” todavía tienen la oportunidad de ponerse de acuerdo para consolidar el estado de derecho y evitar que los arribistas se hagan del poder, para ello es necesario un auténtico liderazgo que nos conduzca a que nuestro país sea incluido en la Cuenta del Milenio, mejorar nuestra posición en el reporte global de la corrupción de Transparencia Internacional y que demuestre a la Pastoral Social de Caritas Arquidiocesana que hay voluntad política para reducir la pobreza y la miseria y generar oportunidades para atender la creciente demanda del ejército de jóvenes que egresan anualmente de las universidades y centros técnicos con la esperanza de tener mejores condiciones de vida.
Este grupo poderoso económico y político podría restablecer la ley y el orden aprovechando programas que ofrecen organismos internacionales y países amigos. Aunque no son instituciones de beneficencia el FMI y BID ayudan a sus clientes a tener capacidad de pago para tener derecho a nuevos préstamos, desde luego, condicionan los créditos a que se saneen las finanzas, revisar las archimillonarias e injustificadas exoneraciones, reducir la agigantada burocracia y los salarios estratosféricos de funcionario que ofenden a este país de acabados, se impulsen programas para la reducción de la pobreza y miseria, obras de infraestructura mediante licitación pública y no las amañadas “obras y compras de emergencia” debidamente supervisadas y auditadas por firmas independientes internacionales, como aquella holandesa contratada por la Agencia de Cooperación Sueca que después de la investigación de campo que realizaran en el país, elaboró el histórico informe de la vergüenza, intitulado: ¿Qué pasó con la ERP?, indignó al G-16 , presidido por el embajador de EEUU que no ocultó su enfado por tanta corrupción. Si hay voluntad política de quienes controlan los hilos del poder político y económico, podrán establecer un nuevo orden con bien definidas políticas internas para el desarrollo y combate a la corrupción en el marco de las resoluciones de la III Cumbre de Guadalajara de la Unión Europea, América Latina y el Caribe, complementada con una política exterior profesional, dinámica, creíble, capaz de negociar y establecer alianzas con la comunidad democrática internacional.
El asunto es encontrar un líder que además de saber mandar, pueda ser obedecido por las mayorías, que inspire confianza, con ideas renovadas y clara visión plasmada en un plan de nación viable y aceptable, en fin, que llegue al corazón del pueblo. Pero ¿dónde lo encontramos?, si de aquí a las elecciones presidenciales no encontramos al líder idóneo seguiremos como Diógenes de Sinope, cuando en plena luz del día en la plaza de la vieja Atenas, portando una lámpara de aceite encendida decía: “busco un hombre honesto, busco un hombre honrado que ni con el candil encendido pueda encontrarlo”.
¡Soñar no cuesta nada!