COMO lo más natural del mundo los trabajadores, tanto en el sector público como privado, esperan con ansias el pago del sueldo mensual adicional que reciben este mes todos los años. Los financistas dan consejos de cómo debe utilizarse; disponer una parte al ahorro. El gobierno anuncia que empezó a pagarlo al sector público, con un primer desembolso por alrededor de mil doscientos cincuenta millones de lempiras: mientras en el transcurso de la semana estarían cubriendo al magisterio y otras entidades estatales. La Secretaría de Seguridad informa que desplazará toda su fuerza para resguardar las agencias bancarias, mercados, ferias, en fin, lugares donde hay concentración pública de personas para evitar que nadie sea víctima de atraco por los dueños de lo ajeno. Las erogaciones son un respiro para los beneficiados todos los años. Se toman como lo más natural del mundo. Una bendición caída del cielo que asiste los presupuestos familiares. Pero hoy en día, poca memoria hay de cuándo fue otorgado. Ni se acredita que hubo momentos cuando quien ejercía la función pública daba muestras de sensibilidad social como de compromiso hacia la clase trabajadora de Honduras.
Ese salario adicional es, quizás, una de las compensaciones laborales más significativas decretadas por un Congreso Nacional en tiempos recientes. El decimocuarto mes de salario constituye una de las medidas redistributivas de mayor escala, a las familias que, por lo general, viven al día con sus estrechos ingresos. Es el equivalente a un incremento general de los salarios. Fue aprobado por el Congreso Nacional –cuando el expresidente Flores ejercía la titularidad de ese poder del Estado y por iniciativa suya– en octubre de 1994, como una medida de compensación social. Nada igual se le compara. Los incrementos al salario mínimo son un ajuste a la inflación, pero no equivalen a un mes completo de salario. Ocurrió también en ese Congreso Nacional, cuando su presidente introdujo la iniciativa para hacer obligatoria la revisión de salario mínimo todos los años, ya que antes la modificación estaba sujeta a criterio gubernamental y podían pasar varios años sin cambio alguno. Igual, el olvido de ahora no solo abarca lo relativo al decimocuarto, sino a esa otra decisión, tomada durante la misma gestión legislativa, de reformar la Ley del Salario Mínimo a modo de hacer imperativa la revisión cada año, favoreciendo así a la clase trabajadora de Honduras. Pero retomando el tema que nos atañe.
El decimocuarto oxigena el escuálido presupuesto familiar de cientos de miles de compatriotas, a los que se duplica su ingreso mensual. Estimula los mercados, reactiva los negocios y la dinámica económica del país. La mayor disponibilidad económica cae de perlas, como aliciente a las ajustadas finanzas de la población. Parte del efectivo es destinado al ahorro; a hacer previsión para los tiempos difíciles. Pero solo una pequeña parte, ya que la gente no sale de sus apuros. Desembolsa casi todo lo que gana en pagar la comida, combustibles, los recibos de la luz, impuestos distritales, las altas tarifas de los servicios públicos, transporte y vivienda. Se va en pagar jaranas. Los afligidos padres de familia ocupan cualquier centavo adicional para amortizar deudas pendientes. Para pagar préstamos bancarios y abonar a sus reventadas tarjetas de crédito. Quienes no tienen acceso al financiamiento formal reembolsar el dinero caro a los usureros. Cancelar lo que sacaron fiado para no quedar morosos. Para volver a pedir prestado. El prójimo en su necesidad, tapa un hoyo destapando otro. Para muchas empresas es un sacrificio grande pagar dos salarios en un mes. Más en esta época de escaso crecimiento económico. Sin embargo, mientras hay vida, siempre hay esperanza. La fe es que Dios proveerá, para enderezar las cargas en el camino.