Un monarca emblemático

Por: Mario Hernán Ramírez

Juan Carlos I, pasa por la historia de España como uno de los monarcas más discutidos en la vida de esta nación ibérica, que hace un poco más de trescientos años dominó gran parte del planeta en que habitamos, cuando una enorme territoriedad del continente que hoy llamamos América, por más de tres siglos bajo su égida, con un dominio absoluto, tuvo que someterse al régimen independentista de hace doscientos años.

Pero, hablamos de su majestad el rey Juan Carlos I, que abdicó hace 5 años y traspasó el trono a su hijo Felipe VI, el que dicho sea de paso, al contraer nupcias con su alteza doña Letizia, actual reina de ese país europeo, causó sensación en el mundo entero, por razones harto conocidas por la humanidad.

Hoy, Juan Carlos I, se apartó totalmente de la vida pública de la patria que lo vio nacer y que desde 1975, dos días antes del fallecimiento del generalísimo Francisco Franco, quien había derrocado la monarquía en la década de los años 30´s, devolvió el poder a la realeza, entregando así lo que tradicionalmente durante más de tres mil años había imperado en la España de Alfonso XIII, nuestro benefactor en la delimitación de las tierras en litigio con la república de Nicaragua, habiendo dictado fallo favorable para Honduras en 1906, fallo que la Corte Internacional de Justicia de Holanda hizo efectivo después de medio siglo de alegatos, un 18 de noviembre de 1960.

Juan Carlos de Borbón al asumir su reinado, una de las primeras instancias que realizó fue un viaje al siguiente año 1976, por las tierras que el almirante Cristóbal Colón había conquistado para Castilla y León, así conocido históricamente este enorme jirón de tierra que en 1492 descubriera el audaz navegante; fue esta porción territorial la que Juan Carlos vino a reconocer en el año antes citado, 1976, habiendo incluido en su periplo a Honduras, naturalmente, que es precisamente de lo que queremos hablar en estas líneas.

El general Juan Alberto Melgar Castro, era el gobernante de Honduras en ese año y como jefe de protocolo oficial, figuraba el intelectual Jorge A. Coello, quien anduvo al rey en avión por diferentes lugares de nuestro territorio, habiendo dejado por último para su visita, las mundialmente famosas Ruinas de Copán, espléndido lugar que por una feliz coincidencia visitamos nosotros también, el mero día en que la avioneta con la comitiva oficial del ilustre visitante y sus anfitriones llegaban al histórico patrimonio de la humanidad, habiéndonos correspondido tomar las fotografías de rigor sin siquiera sospechar, mucho menos esperarlo, honor que nos cupo, porque una gran cantidad de instantáneas, fueron captadas oportunamente, algunas de las cuales se encuentran en la Cancillería Nacional y otras fueron a dar hasta el Museo del Prado, principal centro histórico de Madrid, por lo que ahora que ya Juan Carlos no es más que un ciudadano común y corriente en la vieja España, ya que con su abdicación entregó totalmente todos los poderes y funciones a su hijo Felipe.

En relación a lo anterior, se nos viene a la mente, el recuerdo de otro monarca europeo que hace alrededor de tres centurias reinó en Alemania, con el nombre de Luis II y que vivió en Múnich, donde edificó su palacio real, el cual ahora se encuentra como el más importante centro turístico de ese estado de la actual Alemania.

Resulta, que en aquella época no existían las cámaras fotográficas, principal instrumento que el hombre descubrió para plasmar la historia gráfica del mundo entero, y entonces, su alteza real Luis II, apasionado de los rostros femeninos de la Europa que él había logrado conocer durante sus travesías, generalmente en carruajes halados por caballos, ya que era el único medio de transporte en aquella época, contrató a los más célebres pintores retratistas de su país y realizó un largo viaje por diferentes lugares de la vieja Europa, captando con sus invitados, las imágenes de las mujeres más bellas que permitieron ser retratadas por el puño de aquellos connotados hombres que con su arte consagraron sus efigies y le dieron fama al monarca Alemán, que transcurrido tanto tiempo su nombre sigue sonoro en la hoy reunificada Alemania, que fuera golpeada terriblemente por las fuerzas aliadas durante la II Guerra Mundial, misma que Adolfo Hitler había envuelto en la más sangrienta contienda que hasta el momento se halla vivido en el último milenio.

Ahora que nos aproximamos a la celebración de los 200 años de independencia, es preciso traer a relación esta clase de temas, para que quienes están encargados de los festejos obtengan material abundante, ahora que la tecnología moderna pone a su alcance todos los beneficios para que la conmemoración revista los caracteres de solemnidad, que semejante efeméride significa.