RESONANCIA HONDUREÑA

ANTES se hablaba de radiografías normales. Ahora, con instrumentos médicos más avanzados, se sugieren los ultrasonidos, los “pielotac” y las resonancias o tomografías magnéticas, a fin de detectar daños generales o específicos internos de un cuerpo vivo. Pero también se ha utilizado, y se puede utilizar, en forma figurada, con el fin de focalizar las interioridades de una nación con serios problemas, sean viejos, nuevos e inesperados. De tal modo que bien podríamos sugerir una resonancia magnética para toda Honduras.

Dadas las actuales circunstancias es probable que existan o subsistan personas con cierta clarividencia para realizar un recorrido visual sincero por las partes dañadas en la vida del Estado y la república. Naturalmente que esto supone un proceso de autocríticas y observaciones puntuales propias de una tomografía sobre cada una de las partes del “corpus” de la nación. Otros países con más experiencia han realizado las respectivas radiografías al momento de salir (o de pretender salir) de las catástrofes. Tales fueron los casos de España después de su demoledora guerra civil. De Europa Occidental durante el recordado “Plan Marshall”, concentrado sobre Alemania. Y luego de Rusia, Japón y China poco después de la “Segunda Guerra Mundial”. También ha ocurrido con los pequeños países frente a los huracanes, terremotos, tifones, maremotos y otras calamidades naturales.

Honduras, por su parte, presenta problemas estructurales de vieja data. La problemática agraria, más la destrucción sistemática de los bosques y de los valles fértiles, es uno de los principales resortes para explicar el fenómeno de las migraciones internas y de las que se mueven hacia otras partes del mundo. Pero además del ya antiguo problema de la tierra, con el paso de los años se han venido sumando nuevas circunstancias agravantes que se escapan de las manos de los mejores hombres y mujeres. Se explica incluso en fenómenos externos como el del narcotráfico internacional, que hace unos treinta años era prácticamente desconocido para la mayoría de nuestra población, y que hoy se ha convertido, ese negocio multimillonario, en un tumor canceroso casi insalvable, el cual es imposible de curar con medidas paliativas. Mucho menos con placebos.

En este punto no es de extrañar que los jefes del crimen organizado y de sus ramificaciones, utilizan cada movilización social en Honduras y en cualquier parte del subcontinente latinoamericano, para hacer de las suyas, moviéndose tras los telones de fondo, al margen de las reivindicaciones sociales correctas o incorrectas de los involucrados. A ellos les importa poco menos que un pepino el destino de una nación destartalada, ya sea en materia de salud, de educación o en el funcionamiento de la economía, habida cuenta que sus tenebrosos negocios se mueven muy exitosamente por las rutas inimaginables del bajo mundo.

Por muy graves que fuesen los resultados que podrían desprenderse de las resonancias magnéticas figuradas, es decir, de los diagnósticos y pronósticos de la vida nacional radiografiada, sobreviven las esperanzas ligadas a la búsqueda de soluciones nacionales e internacionales, siempre y cuando los hondureños de buena voluntad, liderados o dirigidos por sus mejores talentos, posean convicciones patrióticas para salir adelante. Desde luego que en esta ruta es indispensable el diálogo civilizado, las diversas alternativas, los consensos y concertaciones nacionales. Deben buscarse, en cada momento crucial, los puntos de empalme o de coincidencias mínimas. Renunciar a la búsqueda de esas coincidencias básicas, es pretender negar que todos somos responsables.