Por: Óscar Armando Valladares
“Amada patria mía: recibe mi adiós y oye mis votos; no no son los votos de teatral y engañoso sentimentalismo: son los votos… tal vez del último, pero sin duda, del más amante de tus hijos”. Ramón Rosa.
Pretender elevar a la condición de prócer –al que de plano lo es–, equivale en estos tiempos de barbarie plutocrática pedir peras al olmo, en símil prosaico. Con todo, en la Casa de Morazán fue la unánime propuesta al concluir el homenaje en honor de Ramón Rosa, con motivo de recordarse la fecha de su prematura expiración acontecida el 28 de mayo de 1893.
Innovador consecuente, hombre de leyes y letras, promotor según su propio recuento de los “grandes ideales” de paz, de libertad y de progreso, lo cierto es que a su influjo ético y mental la administración de Marco Aurelio Soto logró avances perceptibles, especialmente en los campos del civismo y la cultura, como lo hicieron notar –en el curso del evento– los expositores Mario Argueta y Gustavo Zelaya.
Desde luego ese progreso de cambio –la reforma liberal- acarreó como todo hecho político resultados disímiles: inconclusos unos, positivos otros e injustificables sinsabores en el ámbito social. La envolvente hegemonía de los Estados Unidos, amparada en la Doctrina Monroe –de 1823–, afectaba de entonces a los estados emergentes latinoamericanos en distintas formas y procedimientos: sustracción de territorios en México; ocupaciones armadas en Cuba, Haití, República Dominicana; tutela política y económica, verbigracia en Panamá, por lo que todo “cambio”, “avance”, “modernización”, “reforma”, no podía sustraerse de la fuerza y la injerencia foránea, considerada a la vez por sectores internos –hacendados, comerciantes– como palanca benéfica y por tanto necesaria.
En el caso hondureño, el capital extranjero concentró su interés, primero, en la explotación minera iniciada en 1880 por The New York and Rosario Mining Company, propiedad de Julius J. Valentine y sus cuatros hijos –Washington, Louis, Ferdinand y Lincoln– y luego en el cultivo y exportación de banano, con la empresa United Fruit, que había abierto operaciones en la ciudad de Boston a mediados de abril de 1871.
Reforma y capitalismo entrelazaron, pues, desiguales intereses: la una, propiciando condiciones para el arribo esperanzador de inversiones y, en cuanto a la “Rosario”, estableciéndose en el pueblo de San Juancito, a 37 kilómetros de Tegucigalpa, para la extracción sumamente rentable de oro y plata, lo que movió a Soto a ser socio de la misma. La afluencia e influencia migratoria de otros países –alemanes, franceses, italianos, árabes– y sus nexos comerciales o familiares, produjeron por otro lado una clase de carácter oligárquico y, como enuncia en su historia de Honduras el investigador Guillermo Varela Osorio, “gran parte de la élite de poder económico actual desciende de esa oligarquía, sobre todo familias como los Soto, Fiallos, Midence, Agurcia, Callejas, Zelaya, etc.”, y tantas de apellidos de resonancia arábiga.
En el cuadro positivo del gobierno de 1876, Rosa rindió culto civil a figuras proceras de su siglo, con el emplazamiento de los bustos marmóreos de Reyes y Cabañas, la estatua pensante de José del Valle y el conjunto broncíneo de un Morazán guerrero, hogaño descuidado por la incuria retrógrada. En su papel de biógrafo, escribió las semblanzas de tres de estos varones, y al notable discurso sobre la educación –que leyó emocionado en 1882– agregó los postulados del proyecto político que dio en llamar Partido Progresista; en tanto, llevado por las ideas de Comte –según las cuales el desarrollo histórico de la cultura humana pasa por los períodos teológico, metafísico y positivo– había dado al país el primigenio Código de Instrucción Pública, que reivindica la enseñanza laica, ahora en un tris de suprimirse a instancias de la prédica evangélica.
A las honras tributadas al prócer positivista, concurrió como invitada especial su tataranieta, Alba Rosa, una de las dos hijas de Clementina Suárez. Se hizo acompañar de su amiga y colega Salomé Castellanos, quien con su joven vástago, Luisa María Feinglaf Rivera, tuvo ocasión de recorrer los salones de la Casa Morazán. La alocución entusiasta de un estudiante, motivó a Salomé a tomar la palabra e insistir en la conveniencia de inculcar entre la juventud el pensamiento constructivo de Rosa y de aquellos hombres y mujeres que, sin banderas sectarias, lidian por una nación más justa e igualatoria.
Puede que, en un marco político propicio, el próximo 2021 –bicentenario de la patria grande– se erija un parque y un monumento al ilustre hondureño, “cuyos huesos reposan en la ciudad en que meció su cuna, a la sombra de un cielo que deja caer su más fino azul sobre la flor que él llevaba en su apellido y en su emblema”.