Por: Jesús Evelio Inestroza M.
El origen de los intibucanos ha sido un problema de investigación y el tema del poblamiento tiene muchas más preguntas que respuestas. Linda Newson, Doris Stone, Anne Chapman, William Van Davidson y Brinton han hecho estudios interesantes y de valor inestimable, si se toma en consideración la limitación de fuentes primarias y secundarias sobre este tema, especialmente lo relacionado con la localización de los pueblos indígenas en el área geográfica del territorio que actualmente ocupan los departamentos de Intibucá y Lempira. Los investigadores han estudiado documentación del Archivo de Indias y el Archivo General de Centro América, las referencias de Montejo y Pedro de Alvarado, Antonio de Herrera y Tordesillas, Fray Alonso Ponce y Eprhaim G. Squier, entre otros. Desafortunadamente no se ha logrado establecer fehacientemente el número, tipo y ubicación de los pueblos en el momento de la conquista.
Según investigaciones arqueológicas, especialmente el hallazgo de puntas de flechas tradición Clovis que los arqueólogos llaman “cola de pescado”, el poblamiento en la zona es remoto. Muchos siglos antes de la llegada de los españoles la meseta se encontraba poblada por los indios Jicaramani o Eramaní. Los intibucanos llegaron en el siglo XVI o XVII desde Malera, en las proximidades de Ojuera. En una primera etapa ocuparon el valle de Lentercala (Azacualpa), pasaron a poblar el lugar conocido actualmente como “Pueblo Viejo” y finalmente se asentaron contiguo al pueblo de Eramaní (hoy La Esperanza).
A Finales del siglo XVIII fue fundada la “Villa de La Esperanza” formada por familias mestizas procedentes de Comayagua y Gracias, en el sitio que ocupaban los Eramaní que era un pueblo en franco proceso de extinción. Familias españolas, criollas, mulatos, pardos y ladinos procedentes en su mayoría de los departamentos de Gracias y Comayagua, ocuparon paulatinamente la meseta intramontana donde estaban asentados los pueblos indígenas de Intibucá y Eramaní. Construyeron casas a las orillas de este último poblado, provocando el recelo y malestar de los nativos. El 13 de 1796 la población del asentamiento alcanzaba la cantidad de 13 familias formadas por 70 individuos; y fue precisamente en ese año que hicieron la solicitud a las autoridades centrales de la colonia para que autorizaran la fundación de la “Villa de La Esperanza”. A continuación la solicitud: Los abajo firmantes vecinos de la nueva reducción que junto al pueblo de indios de Intibucá estamos dispuestos a construir nuestras casas, sembrar nuestras sementeras de trigo, patatas y otros productos para nuestra subsistencia, suplicamos a VS que haga elevar nuestro pedido que en ello no va mal alguno contra los indios ya sean caciques principales, y naboríos, pues con anuencia de ellos y toda la población que tienen sus ejidos y propiedades comunales y privadas muy bien marcados desde tiempo inmemorial y aunque nuestra reducción de pardos y mulatos libres todos, no nos separa más que una calle, nuestras sementeras están en los confines de Intibucá. Así nos comprometemos a levantar nuestra propia iglesia parroquial, con el concurso de nuestros reducidos recursos por ser todos labradores pobres, pero honrados y temerosos de Dios en quien confiamos sea aceptada esta petición de fundar casas, huertas en paraje escogido y cuyo plano acompañamos. Nueva Reducción de La Esperanza, 23 de abril de 1796.
Firmaban la solicitud: Anselmo Orellana Bonilla mestizo de 49 años; Adán Mejía, mestizo de 56 años, casado, con 9 hijos; José María Bonilla, mulato libre de 40 años, casado con doña Concepción Borjas, española, con 6 hijos; Concepción Arellano, viuda de Pedro de Arellano Bonilla, mulatos libres con 4 hijos; Pedro Jacinto López, mestizo, casado con doña Petronila Fajardo, española vecina de Comayagua con 6 hijos; Jesús María Arellano, mestizo originario de Comayagua, casado con Inés Castro, mestiza de Comayagua con 7 hijos de edad de 63 años; Carlos Ferrera, pardo libre de 51 años, casado, con 7 hijos; Jesús Hernández, mestizo de Gracias, casado con 5 hijos; Pablo Nieto, pardo libre de 35 años, casado, con 5 hijos y de edad de 49 años: Adán Ferrera, indio de Camasca, casado, con 5 hijos y 45 años más o menos; Fermín Figueroa, mulato libre de 42 años, casado, con 3 hijos; Felipe Aguilar, mulato libre de 29 años, casado, con 2 hijos; y Justo Ordóñez, mulato libre de 29 años, con 3 hijos, ambos originarios de Siguatepeque. 1
Con el tiempo los mestizos de La Esperanza adquirieron las tierras de los Eramaní, fundaron haciendas ganaderas, instalaron tiendas, desarrollaron el comercio con otros pueblos y practicaron la agricultura empleando fuerza de trabajo indígena (jornaleros, sirvientes y tecinas); La Esperanza se convirtió en el pueblo más importante de la meseta.
Poco después de la separación de Honduras de la República Federal la Intendencia de Gracias recibió del alcalde y común del pueblo de Intibucá y Eramaní una solicitud de remedida de sus tierras ejidales que estaba amparada en la Ley de 23 de julio de 1836, quienes afirmaban que las poseían desde tiempos inmemoriales. Se trataba del documento escrito en Náhuatl en 1585 y traducido al castellano. Para aclarar las cosas antes de proseguir con nuestra explicación, debemos manifestar que al hablar de Xicaramani, Jicaramaní, Eramaní, Barrio de Concepción y Villa de La Esperanza, nos estamos refiriendo al mismo pueblo en diferentes etapas de la historia del poblamiento en la meseta. Intibucá a su vez siempre fue un pueblo diferente a Eramaní, pero sus poblados estaban separados por una calle. Intibucá, según la tradición oral y algunos indicios documentales, llegó del norte, como lo dejaremos establecido al inicio de este trabajo, basados en el título de tierras Eramaní-Intibucá. Lunardi incurre en algunos errores: el pueblo Nuevo de Concepción no nace en 1848 pues ya aparece en el padrón fechado en 1830, y por otra parte, el pueblo de ladinos de que habla, en realidad comenzó a formarse a finales del siglo XVIII. Consideramos que Lunardi interpretó incorrectamente la información.
El 22 de septiembre de 1848 cuando ya se había consolidado la población mestiza, recibió el título de Villa y poco después asumió la cabecera de Distrito conformadas por La Esperanza, Yamaranguila, Intibucá y Yolula, bajo la pertenencia del departamento de Gracias. A partir de este momento histórico el pueblo de ladinos que se estableció en la meseta tomó el total liderazgo político.

Un balance del proceso evolutivo de la vida política en el sector nos ha permitido establecer que el control sobre los indios no fue una tarea fácil. Los nativos defendieron sus creencias y costumbres seculares, protegieron sus tierras comunales y conjuraron muchas amenazas, entre ellas, el intento de anexar el pueblo de Intibucá a La Esperanza que hizo el alcalde Gonzalo Mejía Nolasco en 1909, alegando conductas viciosas de los indios.2
Los apellidos de los mestizos esperanzanos eran diferentes a los que tenían los indígenas, pues de otros pueblos y departamentos llegaron como inmigrantes atraídos por la tierra, el clima y la fuerza de trabajo indígena: aparecen las familias Arriaga, Melgara, Pineda, Cantarero, Alvarado, Mejía, Jirón, López, Doblado, Flores, Bones, Machado, Torres, Bautista, Orellana y Alcántara, entre otros, que se convierten al poco tiempo en una fuerza social influyente y decisiva. (Son los mismos apellidos, con algunas variantes, de los antiguos pueblos que tuvieron los nombres de “Concepción” y “Barrio de Yntibucá”). Debe destacarse que los fundadores del departamento de Intibucá en 1883, fueron mestizos, entre ellos: Ramón Alvarado, Vicente Mejía V., José María Colindres, Jesús Pineda y Guillermo Machado que eran los notables que estuvieron presentes en sesión de la municipalidad de La Esperanza, donde se acordó solicitar al Supremo Gobierno la creación del gepartamento; los ladinos Antonio López Tábora y Margarito López llevaron la solicitud a nombre de la municipalidad y el vecindario de La Esperanza a las autoridades supremas de la nación; los funcionarios de la recién creada demarcación, juramentados el 7 de junio de 1883, también eran ladinos (Antonio López, Albino Torres, Vicente Mejía, José María López y Casiano López, entre otros). El único empleado de alto rango que fungió en Intibucá poco después de su inauguración que no era esperanzano fue el comandante de Armas general José María Reina.
La existencia de Intibucá y La Esperanza coincide con una creciente tensión, enfrentamientos, reclamos constantes, profundos e irreconciliables diferencias sociales, desconfianza mutua y amenazas, especialmente de parte de los esperanzanos contra sus vecinos intibucanos; estos últimos llegaron al extremo de denunciar que eran tratados como esclavos por los mestizos radicados en la meseta.