UN espectáculo escenificado en el centro de la capital, cuando policías municipales, en forma desconsiderada le tiran los mangos al suelo a un humilde vendedor, lo agarran y le decomisan su destartalada carreta, fue grabado en un video que subió LA TRIBUNA a su portal digital. Se escucha a unas señoras que observaban aquel atropello gritándole a los agentes: “Groseros, ¿para eso les pagan?, desgraciados, por eso el pueblo se les va a echar encima, desgraciados, sinvergüenzas… mirá que golpeándolo están, golpeándolo… dejen de joder al hombre –increpa la mujer a los policías– que está trabajando tranquilo”. En ese momento se observa cómo cuatro de los municipales forcejando con el muchacho logran ponerle chachas –sin mosquearse por los gritos de la señora que amenaza con denunciarlos– y se lo llevan detenido de arrastradas. Mientras se alejan, la señora sigue reclamando a grito partido: “Imbéciles, porque andan con esos palos se sienten fuertes; los mandan a que cuiden no a que agarren al pueblo”.
Presumiblemente la autoridad no hacía otra cosa que cumplir las instrucciones de sus jefes impartidas en la alcaldía municipal. Inconsecuente, ya que en vez de ocupar la policía municipal, como hemos sugerido tantas veces, en ordenar el endemoniado hormiguero del tráfico vehicular de la hacinada capital, a lo que los mandan es a espantar vendedores ambulantes del centro histórico. Dizque para que luzca bonito.¿Cómo? Si lo bonito se perdió cuando desmantelaron todo vestigio de lo colonial que tenía. Destartalaron las calles empedradas y las rellenaron de asfalto, botaron las reliquias históricas para autorizar la construcción de los feos edificios de concreto de ahora y rompieron la plaza central, cargando con todo y bancas, para meterle adoquines. De aquella ocurrencia del alcalde arquitecto, de milagro se salvó la Catedral, quizás por consideración a que con Dios no hay que meterse. En la desafortunada remodelación para dejar aquello moderno, destruyeron el parque que si lo hubiesen restaurado así como estaba sería un verdadero atractivo turístico. Ah, y de paso, para completar la obra, le dieron vuelta a la estatua del General Morazán para dejarlo viendo hacia los cerros pelones, no como estaba antes que con su altiva mirada, esperando que la posteridad le haga justicia, vigilaba los centros de poder. Sobre el ultraje al vendedor de mangos. Cuesta entender cómo la autoridad municipal no ha logrado asimilar que la labor consiste no solo en obras de infraestructura.
De nada sirve todo eso si hay gente que padece hambre. Si las empresas ubicadas en la ciudad no generan los trabajos que demanda la desocupación por las altas tasas, contribuciones e impuestos distritales. Que la economía informal crece a ritmo acelerado porque el prójimo no puede trabajar en el sistema formal, pagando impuestos con lo poco que gana, atado a un financiamiento usurero y cumpliendo con tanto requisito que le exigen. Los que buscan la calle para el sustento, no quieren ir a robar. Ni ponerse caretas para ir a incendiar edificios, ni traficar droga. Hacen lo que sus pequeñas capacidades le permiten, dentro de su insufrible limitación. En esta época del “basta ya” –según reza el mensaje de los obispos– no es chiche ganarse la vida. Más aún para hondureños de escuálidos ingresos que de sol a sol, ya sea en el campo, o en las calles de las apretujadas ciudades, se rebuscan para llevar a sus familias el pan de cada día. Las caravanas de peregrinos solo es la novedosa manifestación de esa impotencia. Ahora se van en grupo; asumiendo que es más seguro un viaje en colectivo que hacerlo de forma individual. Se enteran que también tiene sus bemoles ya que no son bienvenidos a lo largo del trayecto que recorren por árido territorio mexicano. Esas romerías que provocan interés inusitado ha sido más por el escándalo mediático y el aprovechamiento político, ya que durante muchísimos años el éxodo ha sido constante, sin que nadie reparara en ello. Como gotas de agua que recorren silenciosas por el estrecho accidentado, formando hilos delgados de esperanza, hasta caer en el agitado mar de los inmigrantes indocumentados. Dicho lo anterior, nosotros entendemos ese hueco en el pecho de desahucio que sienten esos luchadores compatriotas que pelean por la sobrevivencia. Como la indignación de la doñita que se desgalillaba reclamando la injusticia. “Basta ya”, repicarán las campanas de los templos llamando a misa. Dejen a la pobre gente trabajar tranquila.