La economía del estropicio

Por: Julio Raudales

La soberanía se ha debilitado. Este es el primer agravio. Y el segundo es que la pobreza se amplia entre la mayoría de los hondureños. Ante estos denuestos que lastiman profundamente a una ciudadanía, que por demás no lo merece, se hace indispensable iniciar un proceso de regeneración nacional, de retorno a la esperanza.

Esto solo puede alcanzarse con más participación, con el sometimiento de los electos al mandato de quien en realidad debe llevar la voz de orden. En pocas palabras, la única forma de hacer de la coyuntura actual una oportunidad, es construyendo democracia republicana.

La soberanía está en riesgo cuando pandillas y bandas criminales ligadas al tráfico de drogas amagan por amplias zonas del país, cuando agencias extranjeras deciden acciones dentro del territorio hondureño, que son de exclusivas del Estado. Aún peor, la soberanía está en riesgo cuando un grupo de políticos de poca monta se acostumbró a burlar la voluntad ciudadana y con ello le impone leyes, decretos y mandatos, con los que únicamente esquilma el bienestar que debería resguardar.

Al mismo tiempo, la extrema pobreza es la peor forma de violencia cotidiana, ordinaria y sistemática; la más agresiva contra millones de familias que día a día despiertan ante un cielo cuyo único norte es el norte, ese lugar lejano y cada vez más hostil, donde es posible soñar con alcanzar el bienestar que la tierra que los vio nacer nunca podrá ofrecerles.

No existe igualdad ante la ley cuando la justicia social está ausente. No habrá paz ni prosperidad posible mientras quienes asuman la responsabilidad de conducir el Estado, persistan en su ominoso afán extractivo, en la supresión de lo honesto por la opacidad, en la vulgarización de las instituciones y alianzas para construirse un patrimonio con lo ajeno.

Podría parecer redundante a estas alturas, hacer un recuento o inventario de los daños económicos que la terquedad oficial está dejando al país, fruto de la desobediencia a la Constitución y las leyes. Sin embargo, vale la pena monitorear con atención el pulso de una sociedad que tiene que despertar frente al dolor de sus agravios.
Un crecimiento medio en la producción del 3.1% en la última década, pareciera macanudo si lo comparamos con el de lo otros países del istmo, pero esa cifra esconde terribles inequidades a la hora de definir quién se queda con qué.

A más de 2.3 millones de agricultores en las zonas rurales, les corresponde apenas un promedio de 46 lempiras diarios para repartir entre hogares de 7 personas; y en las ciudades la cosa no mejora sustantivamente: 1.4 millones de comerciantes deambulan con productos, en su mayoría importados, para llevar por la noche a sus casas 74 lempiras con los que deben sostener un hogar de 5 personas.

¿Puede el lector o lectora entender ahora la magnitud del drama que viven la mayoría de nuestros compatriotas? Ese es el componente humano que vive detrás de los números que tan alegremente se nos presenta en los noticieros.

Y si hablamos de inflación las cosas no pueden asustarnos menos. El 5.21% anual de incremento en los precios, que tan orondo nos ha presentado el Banco Central año con año en la última década, pareciera bastante manejable, a no ser porque en el acumulado significa que nuestra moneda ha perdido el 46.9% de su valor.

Es decir, en promedio, lo que hace diez años usted podía comprar con 1,000 lempiras, ahora lo compra con 1,680 lempiras. La pregunta obligada en este caso es: en cuánto se ha incrementado su ingreso familiar desde entonces. Si su salario o ingreso no ha aumentado en esa suma, la conclusión simple es que usted y su familia son más pobres ahora que hace una década.

Esa es la “economía sin corbata”, para usar las palabras del economista griego Yanis Varoufakis. Al verlo de esa manera, se puede comprender de mejor manera por qué a la mayoría de la gente no le cuadra el sentir con el pensar a la hora de ver las cifras que presentan las autoridades.

Y faltan aún los números fiscales, los monetarios y los de balanza de pagos. Entender por fin la diferencia entre lo bien que se escucha que la moneda no se deprecia mucho y la angustia de ver crecer la factura de la electricidad y la gasolina. Pero será en otra ocasión, porque aquí el espacio no alcanza.

Ojalá y entendamos que los movimientos sociales, por más esperanzadores que sean, nos deben llevar a la solución inteligente de los problemas económicos, siempre mediante el orden y la inteligencia.

Economista y sociólogo, vicerrector de la UNAH.