l Jubal Valerio Hernández
PRAGA-MOSCÚ-PEKÍN
Nuestra breve estadía en Praga fue muy agradable para Miguel Roberto Sánchez y yo.
Estuvimos muy bien atendidos y pudimos recorrer los lugares de mayor atracción. No es una exageración de mi parte afirmar que Praga es considerada la ciudad más bella del mundo. Así lo confirman las personas que la han visitado y con quienes hemos intercambiado impresiones, especialmente sobre sus características arquitectónicas. Ahí se encuentran edificios muy bien conservados, pertenecientes a los diversos períodos y estilos: Desde el Románico, el Gótico, el Renacentista, el Barroco, el Neo Clásico, el Art Deco y las corrientes modernas. Su población se ha mantenido estable desde mi primera visita en 1960, hasta la época contemporánea.
Los praguenses cuidan su ciudad como la niña de sus ojos. Ahí no llega a establecerse ninguna persona que no pueda acreditar fehacientemente el motivo y tiempo de su permanencia, así como los medios de su subsistencia. No hay mendigos en las calles (por lo menos no los había en esa época) y siempre están limpias. La gente se comporta con gran educación. En los restaurantes, los comensales hablan en voz baja. Las aceras, siempre están en buen estado y la gente circula por el lado derecho de las calles (así como hacíamos en el puente Malloll hace unos sesenta años). El río Moldau o “Vltava” en checo, alcanza una anchura de quinientos metros cuando sus límpidas aguas pasan bajo los arcos del famoso puente de Carlos. El ambiente cultural era y sigue siendo, intenso y variado. Dejamos para el tercer artículo de esta serie, nuestra percepción sobre la situación política prevaleciente en el período socialista, o sea antes de 1989, cuando triunfó el movimiento disidente encabezado por el dramaturgo Vaclav Havel.
Tres días después de nuestro arribo a Praga, abordamos un jet Tupoliev (TU 104) de las Aerolíneas Chekoslovacas. Tres horas más tarde, aterrizábamos en el aeropuerto Knukovo de Moscú. Nos esperaba un joven funcionario de agradable trato y apariencia llamado Rodolfo Kliapnikov (Rudy), de quien ya nos habían hablado anteriores visitantes de la capital rusa. Nos condujo al hotel Ostankino, ubicado en la parte norte de la ciudad. Moscú ya era, en ese entonces, una urbe de cinco millones de habitantes. Para los visitantes primerizos como nosotros, se nos había punto menos que imposible descifrar los rótulos escritos en el alfabeto cirílico que utilizan los rusos o entender la forma en que hablaban. Dependíamos totalmente de nuestros anfitriones.
No obstante, habiendo recibido algunas indicaciones sobre cómo desplazarnos por nuestra propia cuenta, tomábamos un taxi o utilizábamos el famoso metro o tren subterráneo de Moscú, cuyas estaciones parecen verdaderos museos o palacios en los que se aprecian monumentos de mármol y lámparas de cristal. Entramos una vez a los famosos Almacenes por Departamentos GUM, situados en la Plaza Roja, para comprar un rollo de película para la cámara fotográfica Zeis Ikon de fabricación alemana que me había prestado mi papá. Me fue mal con el bendito rollo, ya que cuando se los di a revelar a los “chinitos”, se equivocaron creyendo que era en blanco y negro y lo echaron a perder.
Nuestra estadía en la capital soviética fue corta, solo para tomarle el pulso a la ciudad y conocer los lugares más famosos; el Kremlin, cuya muralla e iglesias y palacios interiores eran de la época bizantina. Afuera, en los extremos de la Plaza Roja había un par de catedrales, entre ellas la muy famosa de San Basilio, la que se encontraba cerrada desde los tiempos de Stalin y que se salvó de ser demolida, por aquello de que “la religión es el opio del pueblo”. No podía faltar la visita al mausoleo de Lenin, donde se exhibía su cuerpo embalsamado. El sarcófago que contenía el cadáver de Stalin, ya había sido removido del mausoleo, a raíz de las denuncias presentadas por Nikita Jruchov al Congreso del PCUS DE 1956, sobre las atrocidades cometidas durante su régimen (las famosas purgas), en las que bajo la mano despiadada de Lavrenti P-Beria (jefe de la tenebrosa Agencia de Seguridad KGB), de la que posteriormente se haría cargo el actual gobernante Vladimir Putin, fueron asesinados centenares de miles de intelectuales, artistas y científicos y aún oficiales de las fuerzas armadas, por ser sospechosos de deslealtad a su régimen.
Cuando uno circulaba por las calles de Moscú, se observaban algunos edificios de viviendas con patio exterior, en los que había ropa tendida de mala calidad, tal era la indumentaria que vestían los obreros. Yo no pude menos que preguntarme que si esa era la dictadura del proletariado, por qué el gobierno no se preocupaba por dotar de mejor ropa a los millones de obreros. No fueron pocas las discusiones que sostuvimos con otros amigos sobre ese tema. Pero, es que lo que me llamaba la atención, era la buena calidad de la vestimenta y calzado que usaban los funcionarios. En contraste con el “mal trapillo” que se apreciaba en la clase trabajadora. Ah, pero es que yo no había leído aún el libro intitulado “La Nueva Clase” del yugoslavo Milovan Djilas, en el que se ponía al desnudo la verdadera naturaleza del régimen prevalenciente en la Unión Soviética. Con todo, se apreciaba la pujanza de la ciudad y muchos adelantos en varios aspectos, tales como la salud y la educación.
El vuelo a Pekín lo realizamos en otro jet (Un TU 104-A) de la aerolínea soviética Aeroflot. Nos esperaba un largo viaje, que implicaba cruzar toda la vasta extensión de la Siberia (la sexta parte del globo terráqueo) y el territorio de Mongolia. Hicimos escalas intermedias en las ciudades de Omsk, Irkust y Sverdlovsk antes de llegar a Pekín. Ya se habían agregado al grupo dos estudiantes universitarios panameños, que compartieron nuestra estadía en la República Popular China, junto con dos estudiantes nicaragüenses.
Arribamos al aeropuerto de Pekín, muertos del cansancio (cual si hubiéramos hecho el trayecto en el tren transiberiano), donde nos esperaba una importante comisión de bienvenida, varios de cuyos integrantes nos acompañaron durante toda nuestra visita. En el hotel nos esperaba una agradable sorpresa: ya habían arribado dos estudiantes universitarios guatemaltecos a quienes conocíamos: Leonel Roldán (estudiante de Psicología) y Julio Segura (estudiante de Ingeniería), a la sazón presidente de la Asociación de Estudiantes de su facultad y quienes habían estado en Tegucigalpa unos meses antes, como delegados de la Asociación de Estudiantes Universitarios de Guatemala, al Primer Congreso de Estudiantes Universitarios de Centroamérica y Panamá (CEUCAP), del cual la FEUH había sido la anfitriona y organizadora. Ambos jóvenes y brillantes líderes del movimiento estudiantil de su país.
Durante los primeros días se nos llevó a visitar fábricas y otros centros de trabajo, así como a varias facultades de la Universidad Central de Pekín. Por las mañanas, se nos impartían charlas explicativas del proceso de transformación económica, política y social, que estaba impulsándose en la República Popular China, bajo la conducción del presidente Mao Tse Tung, quien con su tesis del Gran Salto Adelante, pretendía quemar etapas y llegar prontamente al estadio del bienestar total de la población. El modelo a seguir, era el de la Comuna Popular, que era considerado por la dirigencia china como el modelo a seguir en la transformación revolucionaria de la sociedad. Los comuneros serían capaces de lograr su autoabastecimiento y producir excedentes para proveer los insumos necesarios para el proceso de industrialización. Tan ansiado por el PCCH. En un momento dado, cuando visitábamos una comuna en proceso de construcción, nos mostraron una maqueta de la misma, en la que se apreciaba un intenso movimiento productivo, educativo y social, que hasta incluía hornos artesanales para la producción de acero. Leonel Roldán me guiñó un ojo y en voz baja me dijo: “¿Qué te parece muchá? ¿Lo ves viable?”. Yo le devolví el guiño y le contesté: “No se te olvide que el presidente Mao también es poeta y a los poetas les gusta soñar”. A la postre no funcionó el experimento.
El verdadero Salto Adelante lo está dando la actual dirigencia de la República Popular China con su gran apertura económica, que los tiene ya a punto de lograr quitarle la primacía como potencia a los mismos Estados Unidos, de quienes son, hoy por hoy, sus principales acreedores.
El recorrido en tren para conocer varias ciudades del interior del país, duró cerca de una semana, al término de la cual, el carbón y el humo que producía la locomotora (no había trenes eléctricos en China en esa época), me provocó una amigdalitis que me dejó fuera de circulación por dos días, durante los cuales permanecí en el hotel reposando y bajo los cuidados de un excelente médico, el Dr. Wu, graduado en Londres y quien hablaba un perfecto inglés. Me agradaba su nivel cultural y perspicacia en sus observaciones. “Además de su afección en la garganta, Usted tiene nostalgia de su país” me dijo y agregó “Que le traigan revistas ilustradas, no las lea, solo vea las ilustraciones y relájese”. “That will be all right for your home sick” terminó diciendo con una sonrisa.
Uno de los anfitriones me dijo: “No se preocupe, solo falta un día de viaje en tren, llegaremos a un lugar donde les tenemos una agradable sorpresa”. En efecto, casi en la frontera con la India habita una minoría étnica en la que abundan bellas mujeres de tez blanca y hermosos ojos verdes rasgados, que nos ofrecieron una presentación de danza sumamente exótica y sensual. Nos quedamos boquiabiertos. Ya antes habíamos visitado la bella e histórica ciudad de Hang Chow, sobre la cual los chinos tienen una simpática expresión: “En el cielo está el paraíso, en la tierra está Hang Chow”.
En el puerto fluvial de Wu Han, abordamos un barco que nos transportaría a Shanghai. Durante tres días, disfrutamos de un bello trayecto por el Yang Tse Kiang. En ambas riveras del río y en sus islotes, se apreciaban templos y pagodas de fina confección que nos hablaban de la milenaria cultura china.
Al llegar a Shang Hai, el río forma un delta de una anchura de cinco kilómetros, que bajo el resplandor del sol poniente, nos ofrecía un espectáculo paradisíaco e inolvidable.
Shang Hai, la urbe británica de aspecto neoyorkino, en cuyos parques se leía durante la dominación inglesa, un rótulo que decía “Se prohíbe la entrada de perros y chinos”. (Continuará)
Tegucigalpa, M.D.C., 1 de junio de 2019.