Por Carolina Alduvín
El principal rasgo del neoliberalismo económico, las privatizaciones de todos los servicios y empresas públicas, no está muy lejos de concretarse en este país. No ha sido de la noche a la mañana, de hecho, se han tomado su tiempo y el paso ha sido firme y seguro, los estrategas han calculado lo más fácil y menos sensible primero, lo álgido por último, como aquellas ranas del cuento, que fueron cocinadas, no tirándolas en agua hirviendo, sino dejándolas gozar de un baño de agua tibia a la que, gradualmente se fue incrementando la temperatura hasta que, cuando quisieron saltar, ya no pudieron.
A lo largo de las últimas décadas, especialmente durante los gobiernos nacionalistas, hemos visto llegar los llamados paquetazos, en los que junto a un nuevo juego de impuestos, se decreta alguna modalidad de privatización, una Ley Marco para esto o lo otro, es decir, una base legal general, que no dice mucho pero que posibilita casi todo, por ejemplo, la Ley de Modernización del Sector Agrícola para privatizar los bancos encargado de dar créditos blandos a los agricultores, algunos servicios de mejoramiento animal y vegetal, mecanización, irrigación y otros conexos como la propia tierra una vez repartida. Si, hubo gritos, protestas, manifiestos, corrió tinta y al final las privatizaciones poco a poco se concretaron y ninguna señal para revertirlas.
Luego fueron las telecomunicaciones, por aquello de la tal seguridad nacional, y pese a que era la minita de oro para los militares, sus esposas, amigas y amantes; hubo cierto grado de tira y afloja al principio, no fue de sopetón, pero al final se abrió al sector privado justo cuando la tecnología de telefonía celular llegó, la telefonía pública y hasta la privada fija son especies en vías de extinción y es lo que le ha quedado al Estado. Igual con el correo y las carreteras, hoy privadas, con peaje y en una tal alianza público-privada. Los aeropuertos también causaron polémica cuando se hizo el anuncio, sucedió el renombrado 9/11 en territorio estadounidense, y en todo el mundo se introdujeron máquinas hasta para vernos el esqueleto, sacarnos los zapatos y declarar hasta los sentimientos íntimos, nadie dio nada en nombre de la seguridad.
Tiempo antes fueron los puertos y sus instalaciones aledañas, el ferrocarril supuestamente nacionalizado cuando ya era obsoleto y más recientemente el agua potable; en este caso, se fue parcelando, pasando a municipios y localidades más pequeñas, de manera que casi no se sintiera; de acuerdo, el agua es de todos y gratis, pero entubarla, potabilizarla y distribuirla tiene costos; cortar el servicio dejó de ser medida coercitiva porque la escasez estacional igual la interrumpe y cada usuario tiene que ver cómo se las arregla. La energía eléctrica armó mayor alboroto, más que todo por la instalación de nuevos contadores domiciliarios, porque la mayoría de los grandes consumidores industriales están en mora y nadie se mete con ellos, por ser un servicio poco eficiente y que, de cuando en cuando, ocasiona grandes pérdidas al fundir aparatos eléctricos costosos. De repente, nadie considera a estos servicios básicos, dado que no pasó de gritos o incitaciones a protestar por medio de las redes sociales. Curiosamente, la frecuencia de apagones ha disminuido, al menos en la capital, desde que abrió Energía Honduras.
El gobierno confía en el bajo nivel educativo de la población y en la apatía generalizada hacia los decretos impopulares, ante las presiones de los organismos internacionales de crédito y la propia ambición de los políticos sin distingos de color, voltea a ver lo poco que queda por privatizar oficialmente: salud y educación. Porque de hecho ya lo están, quien dispone de algún guardadito, lo emplea antes de hacer grandes filas y soportar todas las molestias que conllevan los hospitales públicos, sin mencionar que venden no hay y postergan sistemáticamente cualquier cirugía no emergente. Los políticos saben que no la tienen fácil al meterse con las chambas de los maestros que, de por sí son la eterna fuente de incomodidad y están organizados, pero igual sondean; no reprimen sus manifestaciones, pero las infiltran, es más efectivo y no tan evidente aunque se presenten pruebas. Como sea, se estaba saliendo de control afectando ya a la iniciativa privada, no convencen a los dirigentes con mentiras, no lo han probado hasta el momento en que redactó. Habrá que dar un paso atrás, pero de una u otra forma, luego de un compás de espera y un distractor, los políticos volverán a la carga, tienen mandato no popular.