ES impresionante lo que hace la gente con las modernas herramientas a su disposición ahora que la tecnología ha abierto los espacios a parámetros ilimitados, para interactuar. El internet es una de las conquistas del ingenio humano, como milagroso regalo a estas generaciones, que revoluciona no solo la comunicación, sino que pone en manos del individuo un universo infinito de referencias, de textos, de material informativo con que nutrir todo cuanto pudiese demandar el conocimiento. A partir de ese gigantesco salto de la inventiva, una variedad de otras innovaciones fueron puestas al alcance del consumidor para facilitar su uso. Las computadoras portátiles, la diversidad de instrumentos digitales, los teléfonos inteligentes, entre otros aparatos, que permiten a la persona tener en la palma de la mano, la posibilidad de realizar actividades que apenas unos años atrás eran tan imposibles como inimaginables.
Es justo preguntarse. ¿Ese surtidor de dispositivos qué utilidad prestan al individuo? Digamos, orientados a estimular un estado de ánimo en cada cual que concite a la convivencia armónica y pacífica de la colectividad. No esa atmósfera de odiosidad, de intolerancia o de división de la familia que corroe la sociedad. Otro loable fin sería alentar el afán de superación en los usuarios. El deseo de aprender, la voluntad de actualizarse y, de paso, el cultivo de los valores que contribuyan a dignificar la calidad de vida de la comunidad. ¿Para alguno de los fines anteriores sirven esos dispositivos? Sí, para todo eso sirven, pero ¿para eso es que se utilizan? ¿Toda esa vastedad de tecnología al alcance instantáneo de la persona, le sirve acaso para alimentar su hábito de lectura, para informarse debidamente –conocer apropiadamente de los problemas nacionales, investigar sobre los acontecimientos internacionales– o para enriquecer su acervo cultural? Quien sabe. La mayor parte de ociosos que pasan prendidos como garrapatas a esos aparatos posiblemente no cuentan en su haber más que con una mediocre formación. El impulso predomina sobre el raciocinio. Los usan para el entretenimiento y la divagación.
Nada que sea para promulgar los principios cristianos de la iglesia. Más bien para sacarse clavos, vaciar resentimientos y expulsar bilis. Para difamar, calumniar, zaherir, atacar y ensuciar. Los mensajes que transmiten pocas veces van dirigidos como orientación a la opinión pública. Los disparan, como ráfaga venenosa, para confundir más lo que ya en sí es enredado.
Para ahondar en la desconfianza. Hay una pobreza de cultura en el ambiente. Tanteen qué tan profunda pueda ser su erudición indagando, quizás, sobre sus lecturas recientes. Lo más probable es que no podrían citar el nombre del autor ni el título del último libro que leyeron, ya que si alguna vez tuvieron la curiosidad de hojear alguno fue muchísimos años atrás. Esas redes sociales. El mundo de los zombis hipnotizados en las pantallas. Una dependencia absoluta como robótica. Que demanda completa atención, para no perderse ni por un instante, de las urgencias de vida o muerte. De los memes, las bromas, las agudezas, los mensajes insulsos pero, además, para estar al tanto de los insultos, las agresiones, el irrespeto, en fin, la plétora de estímulos inconfesables. Todo lo que mantiene al usuario en su burbuja de satisfacción, aislado del contacto personal e inmerso en una perturbadora excitación de espasmos continuados e inacabables. Ahora que se han calentado las calles, la redes están que arden.