¿COSA DE TIEMPO?

FUE notoria la luna de miel de Bukele con los salvadoreños en su toma de posesión. Se presentó sonriente, con un traje azul, camisa desabrochada sin corbata, como para transmitir, por su estilo informal, que se abre una nueva era no solo en la política vernácula sino de relaciones en el trato con la gente. Desde el arranque quiso cautivar saludando primero a los “invitados especiales”, no necesariamente los visitantes, altos dignatarios y representantes de otros gobiernos que llegaron a acompañarlo, sino a la multitud de sus compatriotas que entusiasmados acudieron a la celebración. Enfatizó, como para distanciarse del pasado, diciéndoles que en otras ocasiones ellos no hubiesen podido estar allí, pero por decisión suya, en esta ocasión, lo desacostumbrado había sido posible. Esos discursos usualmente son escritos para generar aplauso con cada ofrecimiento. Sin embargo, este fue distinto; empero no impidió que no fuera ovacionado a lo largo de la alocución, sin ofrecer nada específico.

Evitó profundizar sobre las medidas concretas que piensa tomar para enfrentar los agudos problemas que aquejan su país. Estremecido por el terror de las pandillas, la ralentización del aparato económico y niveles de miseria que afectan más de la cuarta parte de la población. Ni durante la transición y menos ahora dio idea puntual de las duras decisiones que le esperan a la sociedad. Todo en rasgos muy generales, con metáforas tales como que el país es “un niño enfermo”, por lo que ahora “toca a todos tomar la medicina amarga, a todos sufrir un poco, tener un poco de dolor, asumir nuestra responsabilidad y sí habrá momentos duros, pero tomaremos decisiones con valentía y espero que me acompañen a defender esas decisiones”. ¿Cuáles podrían ser esas acciones restauradoras del estropicio y reparadoras del dolor? Tendrán que mantenerse sintonizados a los twitters, el instrumento de comunicación utilizado en la campaña para comunicarse con su feligresía. (Se ha comprobado –como igual sucedió con POTUS– que llegar a las masas por ese medio de las redes sociales ha sido posible, con efectos favorables, aunque ello es cuando el líder –que hay que serlo para concitar respaldo y además con características genuinas y no cosméticas–cuenta no con un escuálido grupito de fanatizados acólitos que lo siguen, sino con un amplio universo de simpatizantes). Así transcurrió la ceremonia inaugural del jefe de Estado, de origen palestino, más joven que haya tenido aquel país.

Pero no es esa la gran proeza sino haber roto –expulsado de su propio partido de izquierda y usando como casillero prestado un partido de derecha– con el bipartidismo de la derechista Alianza Republicana, ARENA, y la exguerrilla Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN. Más allá de la hazaña política del millennial que en la primera vuelta arrasó con ventaja absoluta en las elecciones, está por verse la forma cómo gobierna. Son inmensas las expectativas. La gente vota contra lo tradicional esperanzada en el mesías que los libere de los padecimientos. Que no han podido curar con la rapidez deseada los partidos históricos. (Menos si estos son proclives a desmoronarse con cada error o miopía de miras de sus dirigencias. Que les inhibe ver las realidades como son y no como, en su estado de negación, se las imaginan). Hay una rebeldía popular en todos lados contra el sistema. Solo es cosa de tiempo, de cuando a cada cual, acorde con las coyunturas y de sus características intrínsecas –de no producirse urgentes rectificaciones– le llegará su turno.