EN los comienzos del siglo veinte hubo un pensador hondureño, casi desconocido, que propuso que cada quien llevara dos alforjas: una cargada de ilusiones, y otra cargada de bagaje. Al utilizar el concepto de “bagaje” se refería, obviamente, en una de sus acepciones, a los conocimientos adquiridos en las aulas y en los libros leídos concienzudamente, en forma académica y en el largo camino de los autodidactas. Esto es importante en tanto que el concepto de “conocimiento” se ha manoseado, en demasía, durante estos últimos años, hasta vaciarlo de contenido sustancial, convirtiéndolo en una pura frivolidad.
Pero el verdadero conocimiento, en sí mismo, aun cuando es productivo material y espiritualmente, requiere del acompañamiento de los sueños intangibles, de aquellos que hacen volar la imaginación, respecto del porvenir del individuo, de la colectividad y de la nación misma. En este caso nos referimos a la nación hondureña, tan vilipendiada por los de aquí y por los de allá. Por otro lado, bagaje y conocimiento implican un proyecto de vida. Una disciplina forjada cada día, con nobleza y con mirada de largo plazo, hasta alcanzar las alturas de nuestras mejores proyecciones positivas.
Ese largo camino excelso puede ser recorrido, paso a paso, por los campesinos, los empresarios, los estudiantes, los obreros, los profesores, los médicos, las enfermeras, los dirigentes, los intelectuales, los científicos, los abogados, los administradores, los sacerdotes y los predicadores, siempre y cuando compartan algunos principios básicos, o esenciales, en torno a las necesidades físicas y espirituales del Estado y, en consecuencia, del conglomerado nacional, a fin de que el nombre de Honduras figure, tarde o temprano, en el concierto de las pequeñas naciones más desarrolladas y espléndidas del mundo, en donde todas las personas deseen pensionarse para llevar una vida digna, merecedora del respeto de todos los viajeros del mundo. Hablamos, aquí, de desarrollo integral, naturalmente. No solo de crecimientos unilaterales.
Para comenzar deberíamos dejar atrás las actitudes mezquinas, ruinas y sombrías en relación con el tratamiento inhumano de unos hondureños con otros hondureños. Actitudes que se observan en las aulas cuando se acorrala a los estudiantes talentosos. En las oficinas públicas y privadas cuando se menosprecia a los que formulan propuestas interesantes. O incluso a los usuarios cuando necesitan informaciones para hacer sus trámites. No digamos en los hospitales públicos cuando se aproximan con indiferencia humillante a los pacientes pobres, o de clase media, que se hallan a expensas de individuos desalmados. No podemos salir del atraso sempiterno con acciones reñidas con principios humanísticos que aniquilan toda posible ensoñación futura, en la forja de un mejor país.
El derecho de soñar es inalienable. Pisotear ese derecho es como atentar contra lo más sagrado de la persona humana. Pero ese acto de soñar despierto debe ir acompañado de conocimientos sólidos, y pluralistas, en los ámbitos en que se desenvuelvan cada uno de los individuos que integran la sumatoria de la colectividad. Nos referimos al derecho de soñar del hondureño que subsiste, incluso, en el rincón más apartado o remoto del territorio nacional, ya sea en Ocotepeque; en las altas montañas de Celaque; en las resequedades sureñas de Intibucá; o en las lejanas llanuras de La Mosquitia. No es casual que el escritor catracho de comienzos del siglo veinte haya utilizado, muy acertadamente, la metáfora de la alforja campesina, en donde los viajeros cargan sus bastimentos indispensables, en este caso el bastimento inefable de los sueños y del conocimiento genuino. No de los ruidos ensordecedores que se ponen de moda cada cinco o diez años, sin beneficios concretos y sostenibles para una sociedad con emergencias vitales como la hondureña.