Por: Óscar Armando Valladares
Coincidencia o conjetura cabalística, el 9 ha sido un número incidente en la vida y en los hitos del país: ora fausto y celebrable, ora adverso y angustioso. En 1829, Morazán llegó triunfante a Guatemala. Noventa años después –en 1919– nació el otrora poderoso jefe castrense, Oswaldo López Arellano. En 1949 entregó el mando dictatorial Tiburcio Carías Andino, cuya existencia concluyó en 1969, año que dio paso al enfrentamiento calamitoso de El Salvador y Honduras. Pasados cuatro quinquenios –1989–, perdió violentamente la vida el exjefe militar Gustavo Álvarez Martínez. Por remate, el año 2009 registró el cruento madrugón que depuso a “Mel” Zelaya… que nos tiene en el botadero. Más aún: de 1959 a 2019, median 60 años del óbito –en México– de Rafael Heliodoro Valle.
La muerte de Álvarez Martínez –un 25 de enero– coincidió, siempre en 1989, con la aparición en las letras hondureñas de una novela singular, inspirada en el bajo mundo de la política vernácula, cuya figura central, Apolinario Sangría, personifica al malévolo ambicioso dispuesto con su gavilla a buscar a cualquier costa el solio gubernativo y, de serle dable, quedarse perpetuamente. El autor, Alfredo León Gómez optimó estudios médicos en cardiología, que hizo compatible con el aprendizaje de letras castellanas, alternando como quien dice el viejo estetoscopio para palpar corazones, con la pluma posible para trazar caracteres en sus diversos escritos, particularmente en la novela sobredicha, “Las tristezas de Apolinario Sangría”, en título literal.
¿Cómo y qué hacía este individuo arquetípico? Joven y de humilde condición, había llegado a la capital con la mira de hacerse abogado y el propósito de ascender para paladear las mejores posiciones. Se amistó con Leónidas Serrano, de similar profesión y alto dirigente del Partido Conservador Progresista, sustento político del presidente del país, cabeza de un régimen opresor, aunque a criterio oficialista propulsor de “la seguridad, el orden y la paz nacional”. El primer trabajo sucio de Sangría fue participar en el crimen de Rodimiro Salavarría, adversario de Serrano, médico del presidente, al que una vez salvara por atrágantarse una pata de pollo. El asesinato cobró también la vida de sus dos compinches. Poco a poco, Apolinario iba adquiriendo “una seguridad y un aplomo del que carecía”; muy pronto, “alcanzó cargos relevantes dentro del engranaje gubernamental”.
Irónicamente, el presidente le encargó, junto a Serrano, investigar la muerte de Salavarría. No hay límite –les dijo–; podrán contar con la gente necesaria, incluyendo la Policía Secreta. Mientras, Argentina, la mujer de Serrano, mantenía relaciones ocultas con un funcionario de la embajada francesa, Pierre Gamelin. Por otra parte, el sector gobiernista procuraba en el entonces prolongar “un período más” en favor del gobernante y en dicha y contento de los “habitantes que pueblan estos valles y montañas”. Conseguido lo anterior, Sangría pasó a ser consejero del primer magistrado de la República y la persona más sobresaliente de la nación; con ello, se granjeó los halagos y ditirambos del entorno. La solicitud y aprobación de nuevas y onerosas concesiones en favor de las compañías bananeras, pusieron una vez más en juego las habilidades dinerarias de Sangría, aunque en esa aventura se topó con un viejo y honesto diputado, Eleuterio Vegueta, al que intentó sobornar con cinco mil dólares provenientes de uno de los pulpos fruteros. Indignado, Vegueta le conminó, pistola en mano, a comerse uno a uno el apetecible papel moneda. Al llegar al “bocado” noventa, Vegueta cayó muerto, en tanto su visitante era conducido a un hospital e intervenido quirúrgicamente. A los días, Sangría recibió a su cirujano salvador, el cual le hizo entrega de una bolsa. –Son los noventa billetes que recuperamos de su estómago. Están algo desteñidos por los jugos gástricos–.
Por un chisme suyo, Serrano se enteró de los “cuernos” de Argentina. Al cabo de deambular por cierta calle viciosa, este puso fin a sus días con diestro pistoletazo.
Otro logro en la cuenta de Sangría lo significó su casamiento con la joven Luisa Fernanda, hija del político y rico caballero Fernando Almagro. En otro largo apartado, la novela ingresa en el curso narrativo a la bella Tecla Ovalle, en matrimonio convenenciero con el abogado Pincho Camacho, opulento miembro del partido gobernante. Tecla emprende amores desmedidos con Sangría, al punto de que en su luna de miel con Fernanda lo sigue y persigue en el barco viajero.
El clímax de la ambición y desenlace de la historia –que hemos dilucidado con Dagoberto Espinoza–, ocurre con el levantamiento armado que destrona al mandatario (quien terminará colgado por civiles rebeldes) y lleva al Palacio Presidencial al melancólico Apolinario Sangría. Al final, un estruendoso atentado acaecido en una playa, acabará a su turno con los sueños de grandeza del mandamás. Como colofón afín, cabe recordar la bíblica advertencia: Con la vara que midas, serás medido, o aquella más terminante del refranero mundano: El que a hierro mata, ¡a hierro muere!