JOHN SANBRAILO, AMO A HONDURAS COMO SI FUERA HONDUREÑO

Por: Juan Ramón Martínez

Hubo un tiempo, hasta finales del siglo pasado, que la AID era muy importante en la vida de los hondureños. Técnicos nacionales e internacionales estudiaban los problemas del país, proponían y discutían alternativas para impulsar el desarrollo de Honduras. Algunas muy afortunadas. Otras, como la Ley de Modernización Agrícola, un verdadero desastre. Por ello era obvia la influencia de sus directores. Tuve la oportunidad de conocer de cerca a dos de ellos. John Sanbrailo a principio de los noventa del siglo pasado y Antony Cauteruchi, a mediados de la decada anterior. Este último incluso fue mi compañero en Club Rotario Tegucigalpa Sur. Y con Sanbrailo, intercambié muchas opiniones, durante el gobierno de Callejas.

Guillermo Alvarado, exministro de Recursos Naturales, me ha enviado la nota de duelo informando de la muerte de Sanbrailo. Y en la que se anuncia el día de su funeral, en una funeraria de la ciudad de Viena, Virginia, USA. En la nota que incluimos textualmente, se hace un repaso de su dedicación al desarrollo de América Latina. “Servicios funerales para John Sanbrailo. Colegas, yo trabajé como delegada de John por 9 años en la Fundación para el Desarrollo Panamericano. Aprendí mucho de John, quien no solo fue un Director de la Misión de USAID en 4 países, él era el Director Ejecutivo de PADF por cerca de 20 años. John y yo tuvimos nuestros momentos -buenos momentos, divertidos, y sí, difíciles- pero él estaba enteramente dedicado al desarrollo de la gente de Latinoamérica, y le importaba mucho sobre la historia y avance de la región para toda la gente. John fue una gran fuerza en mi carrera y para aquellos de ustedes que lo conocieron y trabajaron con él, espero que ustedes puedan atender estos servicios para honrar su vida. Amy Coughenour Betancourt.

Sanbrailo era un hombre suave, en el trato. Casi un diplomático. De hablar pausado. Con un español perfecto; pero con un leve acento. Inteligente y sobrio, podía conversar con uno incluso manejando diferencias, sin alterar la voz. Delgado, de mediana estatura y de color pálido. Muy lejano del típico “gringo feo” que, normalmente conocimos en el mundo diplomático el siglo pasado. No mostraba arrogancia alguna y escuchaba con atención, en tiempos en que nosotros creíamos que teníamos las líneas gruesas con las que queríamos resolver las dificultades que actualmente ponen en peligro la existencia de Honduras. Manejábamos las ideas de Maritain, Tomás de Aquino y León XIII. Más parecido a John Jova, embajador en Tegucigalpa, en los sesenta, y que fuera posteriormente embajador de Estados Unidos en la OEA. Muy distante de John Dimitry Negroponte, soberbio y arrogante. Sin el cinismo ladino de Crecencio Arcos que no disimulaba el poco respeto que guardaba por los gobernantes hondureños, especialmente por Rafael Leonardo Callejas y Luis Alonso Discua. Amigable y generoso, no tenía miedo de hacer predicciones, la mayoría de las cuales, afortunadamente -en mi caso personal- no se cumplieron. Especialmente sobre mi futuro político, por el cual apostaba generosamente.
Al conocer la noticia de su muerte, me ha impresionado mucho. De nuevo he recordado las largas conversaciones sobre el futuro de Honduras, y las argumentaciones suyas de lo que se debía hacer en Honduras para reducir tensiones y aumentar la fuerza de las potencialidades nacionales. Los directores de AID que le sucedieron, no recuerdo a ninguno de ellos, porque tuvieron escaso peso y muy reducido contacto con la opinión publica. O con los que, por momentos, piensan cómo mejorar a Honduras. Son posiblemente burócratas interesados en su propio futuro. Contrario a John Sanbrailo que, siempre mostró mucho interés por nuestro país y por lo que pensábamos los hondureños, en quienes reconocía hidalgamente, que teníamos suficiente capacidad de dirigir a Honduras. Porque nunca le note, ninguna postura que me hiciera pensar que sabia como desarrollar a nuestro país. Más bien, estaba convencido que ese era un asunto exclusivo de nosotros los hondureños. Y que no debíamos depender de los Estados Unidos, consejo que desafaortunadamente no hemos seguido.

Una flor blanca sobre la tumba recién cerrada de John Sanbrailo, puesta afectuosamente por las manos de los hondureños que lo conocimos, lo respetamos. E incluso, llegamos a quererlo porque él quería a Honduras, casi como nosotros.