Por: Tulio Renán Martínez
Laboraba en Diario Tiempo, cuando acaparó la primera plana de los periódicos del mundo un acontecimiento extraordinario en Honduras: Bill Hanneman, un ciudadano nacido en Trujillo y nacionalizado en Estados Unidos, secuestró un avión y cayó con paracaídas y 300 mil dólares en una aldea de Atlántida en 1972. El hombre asaltó un banco en Miami y se apropió del fuerte botín. Al verse perseguido por la policía, secuestró la aeronave y obligó a su piloto a enfilar su rumbo hacia Honduras.
En Siempreviva, muchas personas lo recordaron por mucho tiempo. Doña Victoria Flores era una de ellas. Cuando yo la entrevisté, cuarenta años después, me contó que no se le olvida cuando aquel hombre, con aspecto de extranjero, llegó a su pulpería a comprar un refresco; portaba una fortuna.
Hanneman había caído sobre un cultivo de tomates en horas de la madrugada. Desde allí caminó unos diez kilómetros para poder llegar, con los primeros rayos del sol, a la pulpería de doña Victoria, localizada en la orilla de la carretera entre Tela y La Ceiba. “Me pidió agua para echarse en la cabeza, me compró un refresco y se lo tomó a tucún1, luego le dio uno al niño mío”, contó la mujer cuando recordó aquel episodio.
El hombre salió al solar y vio hacia arriba como tratando de orientarse. Enseguida le preguntó dónde podía tomar un bus. A esa hora, las emisoras ya habían dado la noticia de que un hombre había secuestrado un avión de la aerolínea Delta en Estados Unidos y se había lanzado en paracaídas en territorio hondureño con un valioso botín. Sin embargo, doña Victoria no estaba enterada.
Fue, hasta que él abordó un bus con rumbo a Tela que unos labriegos descubrieron un paracaídas semienterrado en la tomatera y otros objetos particulares, entre ellos una brújula que utilizó para saber en dónde iba a caer. Como técnico en radares y exmiembro del ejército norteamericano, Hanneman sabía cómo orientarse aún de noche por eso exigió a los pilotos del avión secuestrado dirigirse hacia las costas de Honduras en donde se lanzó, desde una altura de 27 mil pies.
Cuando se supo que aquel hombre que tomó un refresco en la pulpería de doña Victoria era el aeropirata de la increíble hazaña, Siempreviva se convirtió en un hervidero de periodistas, agentes del FBI, Interpol como sabuesos, al hombre de la mochila militar.
Después de bajarse del bus en Tela, Hanneman se hizo cartar el pelo en una barbería y luego continuó su marcha hacia San Pedro Sula en donde vivía la viejita, permaneció algunos días, según averiguaciones posteriores, pero su escondite final fueron las cuevas de Taulabé. Durante 20 días estuvo en esa cueva. Comía los alimentos enlatados que le llevaba Feliciano Torres, un vecino de Taulabé. El aeropirata se asomaba a la boca de la cueva y lo llamaba para que fuera al pueblo a comprarle pan, cigarrillos y juegos. Feliciano no estuvo presente en el sitio en el momento en que llegaron “unos gringos” y se llevaron a su amigo, pero los lugareños aseguraron que el aeropirata no llevaba ninguna bolsa tipo militar.
De alguna forma, el aeropirata se había comunicado con su primo Roberto Martínez Ordóñez en Tegucigalpa, quien lo convenció de que se entregara a las autoridades. Estas lo trasladaron a Estados Unidos. En cuartel de Georgia para que pudiera poner al servicio del país sus conocimientos y estrategias militares.
Años después, Bill Hanneman murió en un apartamento de los Estados Unidos. Lo único que falta saber de la historia es dónde quedó el botín por el que arriesgó su vida. Hay quienes dicen que se lo dejó a su madre en San Pedro Sula para que viviera sin estrecheces el resto de su vida. Otros, que lo escondió en las cuevas de Taulabé. Esto hace más interesante la visita al lugar, considerando un monumento natural.
Las cavernas habían sido descubiertas accidentalmente en 1969 cuando una compañía israelí construía la carretera interoceánica.
Las cuevas cuentan con 300 metros de veredas iluminadas, con pasamanos para que los turistas puedan caminar cómodamente, mientras observan las figuras caprichosas formadas por las estalactitas y las estalagmitas durante miles de años. La pregunta obligada que hacen los visitantes a los guías es ¿dónde fueron a dar los 300 mil dólares? O ¿estarán en algún rincón de estas cuevas, todavía?
Las cuevas de Taulabé parecen no tener fin. Hay quienes creen que aquí dejó el botín Bill Hanneman.
Fuente: Crónicas del camino, memorias de un periodista, p. 111, 112 y 113.