LA JUERGA

HAY dos formas de ver ese espectáculo de juerga en el hemiciclo legislativo protagonizado por diputados del Congreso Nacional. Una, con una dosis de estupor, pero de satisfacción por la calidad del entretenimiento brindado. No hay que olvidar que la tecnología de los móviles y el espacio abierto en las redes sociales ha infundido en los zombis hipnotizados en las pantallas, no una herramienta para la lectura cultivadora del intelecto, o para la información veraz de los acontecimientos que alimenten el bagaje cultural, sino como una fuente de distracción. Para el intercambio inmediato, como si se tratase de urgencias de vida o muerte, de memes, de bromas, de agudezas, de mensajes insulsos, de insultos, de ataques, en fin, todo lo que mantiene al usuario en su burbuja de satisfacción, aislado del contacto personal e inmerso en un mundo fantasioso de diversión interminable.

Así que, como ya no vienen los circos de prestigio internacional al país, con su elenco de gimnastas, payasos, magos, hombres bala, acróbatas, equilibristas, trapecistas, contorsionistas, titiriteros, tragafuegos y tragasables y, por supuesto, de leones desmuelados, tigres domesticados, elefantes entrenados; hubo los que trajeron rinocerontes, cebras, chimpancés y hasta culebras, algún pasatiempo demanda la afición para no aburrirse con lo meramente cotidiano. Para salir de la modorra habitual. ¿Qué cosa mejor que una trama televisada, de virtuosos de conservatorio soplando pitos de cuilio, silbatos, vuvuzelas y pitoretas? Pero que nadie suponga que son melodías entonadas al molote ni con notas disonantes, sino en rigorosa ejecución de la partitura ensayada, para deleitar a los asiduos espectadores y amantes de la música, con sinfonías que nunca escucharon ni escucharán en la Casa de la Cultura. (A propósito, ¿cuándo fue la última vez que abrieron el Manuel Bonilla para la presentación de alguna obra artística?). Y para animar la exhibición, habilidosos disparadores de cohetillos, sin que pudiera faltar, el épico gran final con fajeadas, aruñones, cachetadas y trompadas a la garduña. No se pueden quejar de la abundancia de talento. Sin límite de tiempo para separar cada round de sopapos, porque al diligente diputado de la campana ya no se la prestan para que la suene. Una función magistral, donde cada uno de los actores en la gala, hizo uso de sus mejores dotes y habilidades. Tiempos pasados aquellos de las discusiones elevadas sobre temas estudiados de la Constituyente que redactó la Constitución que arruinaron con tanto manoseo.

Más bien estorban los juristas, intelectuales, sabedores respetados de las distintas materias de la academia. Aunque en ocasiones hemos dicho que la representación popular no solo es eso. No se trata solo de reunir en el primer poder del Estado a un Colegio de Abogados sino, además, de líderes de sus comunidades que velen por sus intereses, contribuyendo en la elaboración de proyectos de ley que garanticen esas obras reclamadas por los pobladores en cada municipio, como de otras de carácter general que se traduzcan en motivo de bienestar para toda la nación. No se trata solo de títulos universitarios si la experiencia que da la vida, es de utilidad incuestionable en la tarea de legislar. Sin embargo, aquello que debió ser un foro para el debate civilizado, ya no requiere de nada de lo anterior. Cuando estos son opacados por gente dispuesta a la grosería, azuzadores, revoltosos, instigadores de pleitos, fortachones impulsivos dispuestos a repartir maceta. Cuando la política ya no requiere de estadistas, sino que de actores. De todo eso hay en abundancia para escoger a la hora de votar. Por ello quizás otros, vean esto en forma distinta. Con pena y con tristeza. Como reflejo de lo que se ha convertido la sociedad. De la escasa discusión sensata de los problemas que afligen a la gente, de la intolerancia política donde el diálogo y la negociación para llegar a acuerdos se sataniza como algo feo, mientras lo bonito y lo gracioso es la intransigencia, el insulto y el enfrentamiento.