Asistimos juntos a la escuela desde el primer al sexto grado, y mi memoria no registra que en esos seis años hayamos tenido discrepancia o diferencia alguna. Él, a diferencia de la casi totalidad de los niños contemporáneos suyos, tuvo el privilegio de usar zapatos desde la infancia, y por ello la obligación de descalzarse cuando jugábamos potras; esa circunstancia provocó el primer apodo que le pusimos: pata de ángel, y la blancura de sus pies marcó sus acciones de adulto.
En nuestra primera juventud organizamos y disfrutamos cantidad de fiestas bailables y sudamos la camiseta del Club Atlético Defensor.
Siendo un jovencito me acompañó en la fundación de la Asociación de Profesionales y Estudiantes de Jacaleapa y en la adultez, en su carácter de funcionario del entonces Ministerio de Hacienda, me apoyó, primero en la fundación del colegio, y posteriormente en las transformaciones que se fueron implementando en la institución.
El 11 de septiembre del año pasado, no obstante, sus quebrantos de salud, atendió nuestra excitativa y se convirtió en sociofundador de la Asociación de Profesionales de Jacaleapa.
Con lo anterior resumo, muy apretadamente, mi relación de compañerismo y de amistad con alguien con quien compartí tantas vivencias gratas y de estrecha colaboración, sin que la discordia asomara jamás.
Aquel escolar que apodamos pata de ángel, tuvo la virtud de deslizar su existencia profesional por un sendero franqueado, siempre por incuestionable honestidad; fue también catedrático universitario y su accionar fue inmaculado.
Amó sin reservas a su pueblo natal y evidenció tal sentimiento en labores de colaboración .Los jacaleapenses tenemos una deuda de gratitud con él, y para que su accionar no sea olvidado, solicitaré que una de las aulas del instituto sea bautizada con el nombre de licenciado José Armando Rivas Argeñal.
Eclesiastés asevera: “Un amigo fiel es una defensa sólida, y aquel que lo ha encontrado, ha encontrado un tesoro”. Nuestra Jacaleapa ha perdido un tesoro; esta nuestra patria chica ahora pesa menos; la partida del amigo que supo demostrarle su amor, ha creado un vacío imposible de llenar.
Adiós compañero de toda una vida, adiós amigo del alma. Nos dejas tristes, pero en el cielo hay festejo porque ocuparás allá el sitial que con tu labor terrenal fuiste esculpiendo.
Adiós querido compañero y amigo.
Reynaldo Salinas López
Tegucigalpa, M.D.C.