200 años después

Por Juan Ramón Martínez

El 15 de septiembre del 2021, celebraremos los 200 años de la independencia. Acontecimiento de obliga ponderación, de ejercicio de la razón, discusión cerebral y aproximaciones colectivas para reparar el relato de nuestro pasado, que explique el presente, nos aclare las demoras del doloroso atraso que sufrimos y nos obligue al diseño de una escatología esperanzadora. Que desafortunadamente coincidirá –en el caso de Honduras, “el eslabón más débil” como dijera el “filósofo” Hugo Chávez Frías– con lo más irracional que hemos desarrollado los centroamericanos y específicamente los hondureños, en estos 200 años, la pasión por la política partidaria; la creencia que, el gobierno está por encima de los ciudadanos, y que el futuro de la patria está en manos de los caudillos que se consideran dueños del territorio y de la población que lo habita. La coincidencia de lo racional y lo irracional, en el mismo año, hace que para los hondureños, la celebración del bicentenario de la Independencia, será mucho más complicado. Y que lo único que nos puede evitar el riesgo, es que se imponga lo reflexivo y magistral sobre el futuro de Honduras, por encima de la vulgar disputa por el presupuesto que, cuatrienio hemos ido practicando con saña y especializada habilidad para hacernos daño los unos a los otros.

Imaginando que podemos superar esta relación binaria destructiva. Es importante que nos expliquemos el fenómeno original, reinterpretando los acontecimientos; valorando las acciones de los actores principales y reanalizando las justificaciones evidentes, que produjeron un compromiso político en que, por la clarividencia de Valle –posiblemente el mejor preparado de todos– fuesen los pueblos que determinaran el curso a seguir. De esta manera, podremos consolidar nuestras relaciones con México, la pérdida de territorios problemáticos para la sociedad suya, así como superar el complejo machista, al sentirnos disminuidos porque, logramos la independencia sin derramar una gota de sangre. Para de consiguiente, salir de la irregular concepción, que lo que no cuesta, no se valora. Cosa fácil que los hechos demuestran, entre los mismos estados originales de la República Federal, cómo unos estados, más allá de sus recursos, han podido adelantarse a los demás, en la prosperidad de sus pueblos y el respeto internacional y en la influencia y prestigio en las relaciones en el mundo globalizado actual.

En lo exclusivamente práctico, es necesario hacer de la celebración, un acto de la colectividad hondureña y centroamericana, sin exclusiones abusivas e irrespetuosas. Evitando las manipulaciones, de modo que las conmemoraciones, no tengan relación con la disputa electoral –que la imaginamos sanguínea, visceral y cainesca– sino que con el futuro esplendoroso que imaginamos. Para lo que será necesario que el motor que mueva la celebración, sea uno solo, manejado desde la ciudad civil, con el apoyo humilde y subordinado del gobierno, que administra los recursos de todos, los que necesitaremos para hacerla posible, y con la presencia preponderante de los actores principales que hicieron posible que el 15 de septiembre se jurara en Guatemala un acto democrático –hay que resaltarlo– en que se consultaría a los pueblos sobre lo que debiera hacerse. Lo que como sabemos nunca se llevó a cabo. Más bien empezamos la andadura, con un acto irregular muy discutible, en que Valle, fue víctima del primer fraude de la historia centroamericana.

Para que la celebración sea tal, es necesario entonces que la Iglesia Católica, los criollos y los peninsulares sean el centro de la reflexión. Y que todos los pueblos de Honduras, participen organizando democráticamente sus celebraciones, de forma que frente al proceso electoral excluyente, tengamos un punto de hermandad común, que frene los desmanes de los desbocados “caballos” hambrientos que se lanzan sobre los presupuestos nacionales. Así los vecinos de todos los municipios, nos aportarán la medida de sus sueños, sus propósitos, para sumados, construir una nueva agenda que oriente a Honduras por los caminos de los años futuros.

Estoy tentado por encabezar este esfuerzo. No soy puro; ni angelical. Tengo amigos y enemigos. Tengo la voluntad de animar, hasta donde me soporten, los esfuerzos para organizar la celebración. Aceptaré el reto. Por lo menos para el 2019. El 2020 puede otro sustituirme y hacer lo mismo el 21. Con el fin de confrontar la unidad positiva, contra las fuerzas disruptivas que quieren destruir la hermandad que, Dios ha dispuesto para todos.