Por Rafael Jerez Moreno
Twitter: @RafaJerezHn
Décadas de historia impregnada de luces y sombras, como en todos los partidos. El ascenso al poder hace diez años se vislumbró como la puerta de entrada hacia un amplio período de prosperidad partidaria. Se instauró en el discurso una frase que perduró varios años: “unidad granítica”. Definitivamente, no la veían venir, y nunca pensaron que les iba a tocar bailar con ella.
El poder es bello, más aún cuando la aparente democracia permite que disfrutes de él por dos que tres períodos gubernamentales, con el aval de las mayorías. Bajo el lema de una “nueva generación” de políticos, se impulsó una renovación en las candidaturas a cargos de elección popular para ofrecer caras nuevas, pero no una nueva forma de hacer política. Entre veteranos y noveles se entenderían.
En política pierde su valor el esfuerzo. El sistema no perdona, los movimientos en las clases sociales nunca, o casi nunca se dan desde los extremos, el pobre muere pobre, y el rico usualmente muere rico. El nuevo político rompió con ese mito. Tanto le das al partido, tanto te dan de regreso. Una doble vía en la que el país no está en ninguno de los lados receptores.
El cambio en la estrella solitaria se dio en la cabeza de la tubería, pero el agua nunca llegó a las bases. La eterna promesa de la juventud en política llegó para convertirse en el fiel reflejo del cacicazgo de la vieja guardia, la misma esencia con un poco menos de arrugas. El designio de un joven cachorro como sucesor al trono era la apuesta del viejo lobo para mantener el reino en “paz y tranquilidad”. Ahora se habla de traición y deslealtad. En realidad, el cachorro no cometió ninguna traición, con sus acciones se mantuvo leal a lo que realmente representó. La vieja política.
A la estrella sí que la han dejado solitaria. Sus hijos la abandonaron para defender con colmillos su libertad, a falta de su inocencia. A otros se los llevaron porque pensaron que arroparse bajo su manto poderoso era suficiente como para enfrentar la impiadosa justicia de las barras y las estrellas. Con ellos no se juega… sino pregúntenle al que estando acá era amigo de todos, recibió regalo de todos, pero cuando tuvo de frente a un agente federal, se le olvidó si sabía o no en qué andaban él y sus amigos, y él. Me acuerdo, no me acuerdo.
A la estrella también la decepcionaron sus hijas. Dos nuevas integrantes de la lista de corruptos que actualizaron los norteamericanos dan cuenta que en las altas esferas del poder la delincuencia no tiene género. Tampoco tiene vergüenza. La distorsión del principio de inocencia permite verles todavía en actividad política, en premiaciones a periodistas y en partidos de fútbol con la frente erguida y el prestigio caído, desafiando la crítica social y la justicia. Eso sí, con mucha menos soberbia que antes.
Sola continuará quedándose la estrella porque sus hijos seguirán desfilando uno a uno en los juzgados anticorrupción y en las cortes de Nueva York. Ya crecieron los niños. Sola porque a pesar de que todavía tendrá dirigencia, ya no tendrá liderazgo, mucho menos credibilidad. La familia no se escoge, menos en política.
Al fiel estilo del poder, con el abandono del trono, vivirá sus últimos días como vino al mundo, sin compañía genuina, la estrella solitaria.