COMO “agüita de mayo” es una expresión derivada de los viejos saberes populares, cuando se esperaba el aguacero, con ventarrones, del “Día de la Cruz”, para apaciguar las altas temperaturas tropicales, que este año se han agravado como nunca antes, por causa de la creciente actividad de los pirómanos que se han enemistado a muerte con el futuro de nuestro país. Aquí nomás, cerca de Tegucigalpa, en los alrededores del pueblito de Santa Lucía, se ha podido observar un incendio permanente, pues aunque los bomberos y los aguaceros vengan a neutralizar el siniestro, los pirómanos vuelven a meter fuego exactamente en el mismo lugar, al grado que el paisaje se percibe como una gran herida en el corazón de Honduras. Los motivos para meter fuego en forma reiterada en el mismo lugar, debieran ser investigados a fondo, en tanto que sólo a nosotros los hondureños nos importa el futuro de Honduras.
Los grandes aguaceros de Semana Santa y de los comienzos de mayo después del mencionado “Día de la Cruz”, a pesar de las tormentas eléctricas peligrosas para los transeúntes, vienen a significarse como un gigantesco tambo de oxígeno para la población, enferma y cansada con las humaredas tóxicas de todos los años. Pero también, ya lo hemos dicho en otros momentos, se traduce en esperanza feliz para los pequeños agricultores y ganaderos del interior del terruño, quienes sufren las ardientes sequías de primavera, con algunas réplicas en julio y agosto, poniendo en peligro las siembras y cosechas.
En las aldeas y caseríos de Honduras los campesinos pobres siembran, con toda ilusión y alegría, sus primeras milpas y arrozales, en pequeñas parcelas de tierra de sus propios minifundios; o alquiladas a los grandes y medianos hacendados que son dueños de potreros más o menos áridos. O dueños de suelos erosionados por la acción agropecuaria de tantas décadas, con escaso nivel de productividad, ya que se trabaja y se cosecha apenas “para matar el hambre”, como dicen los mozos y la matronas del interior del país.
De lo anterior se desprende que Honduras padece de un enorme déficit en materia de sistemas de riego para los cultivos básicos o diversificados. Los riegos por goteo funcionan mediante la gravedad natural. Pero, por regla general, se requiere de la electricidad, y luego para producir tal electricidad son necesarias, en primer lugar, las represas hidroeléctricas. Sin embargo ocurre, sospechosamente, que en nuestro país se ha empoderado una ideología fingidamente ecologista que viene desde afuera, y que se opone a toda construcción de embalses y de represas energéticas. No desean comprender que los embalses y los reservorios contribuyen a la conservación de los bosques y del agua dulce que normalmente se pierde en el mar, y que sin energía eléctrica, en los tiempos modernos, el desarrollo y la subsistencia misma son imposibles.
Cuando hay apagones se descontrola todo. La famosa tecnología digital desaparece como por encanto. La televisión se apaga. Las redes de celulares se desconectan o se enloquecen. Y el internet deja de existir casi al instante. Así que es una completa tontería oponerse a la energía eléctrica originaria producida con recursos renovables; lo mismo que oponerse a los sistemas de riego que tanto necesitan nuestros productores agrícolas, sobre todo en los tiempos actuales en que ha aparecido en forma creciente el fenómeno del calentamiento global, con predicciones apocalípticas para los próximos cuarenta años. Hoy estamos todavía en condiciones de reparar algunos daños al medio ambiente, con acciones desarrollistas sistemáticas que vengan a favorecer al mayor número de habitantes hondureños. Y a favorecer a los mismos extranjeros que llegan para quedarse.