Por: Jubal Valerio Hernández
– I –
BUSCANDO A RAMÓN AMAYA AMADOR EN PRAGA
Cargando un litro de aguardiente y una bolsa de frijoles rojos, la noche de un viernes veraniego en la entonces capital de la República Socialista de Checoslovaquia, la bella e histórica ciudad de Praga, deambulábamos por las calles de un nuevo reparto de edificios de apartamentos, los estudiantes universitarios hondureños Miguel Roberto Sánchez (ingeniería) y el autor del presente artículo (Derecho). Andábamos en busca del domicilio del escritor hondureño Ramón Amaya Amador.
Habíamos sido seleccionados por la Junta Directiva de la Federación de Estudiantes Universitarios de Honduras (FEUH), para que la representáramos en diversos eventos que habrían de realizarse en los meses de agosto y septiembre de 1960, en varios países socialistas: República Popular China, Checoslovaquia y la Unión Soviética.
Éramos, prácticamente unos imberbes de tan solo 19 años. Los estudiantes de mayor veteranía se encontraban molestos, porque se nos había escogido a nosotros dos, en lugar de algunos de ellos. Pero, habíamos hecho méritos para que se nos designara a ocupar tal representación, por nuestro compromiso con el movimiento estudiantil y las luchas por consolidar la autonomía universitaria .Además, nos habíamos fajado duro y parejo para llevar a Carlos Falck a la Presidencia de la FEUH.
La decisión tomada, quedó en firme, y es así como la mañana del 5 de agosto del citado año, Miguel Roberto y yo, abordamos un avión de la aerolínea Pan American, que nos transportaría a la ciudad de Panamá, para de ahí, tomar un vuelo de la línea aérea holandesa KLM, que nos conduciría a Zúrich, Suiza.
Surgió otro factor que se apreciaba como un posible impedimento para que pudiéramos realizar nuestro viaje: el abogado Gustavo Acosta Mejía, en la edición del noticiero radial Diario Matutino que él dirigía y transmitía por la emisora HRN, había lanzado esa mañana, las noticia de nuestro viaje, con caracteres alarmistas y, prácticamente, en tono de denuncia. Nosotros, Miguel Roberto y yo, habíamos obtenido en legal y debida forma nuestros pasaportes con una visa general que decía Destino: Europa. La FEUH, por otra parte, estaba afiliada oficialmente a la Unión Internacional de Estudiantes (UIE), que auspiciaba el viaje; la mayor parte de las Uniones Nacionales de Estudiantes de los países de todos los continentes estaban afiliadas a la UIE.
No hubo forma de impedir que realizáramos nuestro viaje. Varios amigos acudieron al aeropuerto Toncontín de Tegucigalpa a despedirnos. Entre ellos se encontraba el abogado Roberto Suazo Tomé, quien con su característico sentido del humor nos dijo «Cuando lleguen a Moscú, envíenle al Pelón Acosta Mejía (como así se le llamaba popularmente), una postal agradeciéndole la despedida, con un párrafo en el que le expresen sus condolencias porque a él no se le permite visitar esos lugares». Así lo hicimos en el momento oportuno y, cuando recibió la postal, su reacción de disgusto no se hizo esperar, expresándolo en otro noticiero que tenía en la televisión. A mí, en lo particular, me trajo consecuencias muy perjudiciales, porque cuando ocupó la Presidencia de la Corte Suprema de Justicia, en premio por su cooperación al golpe militar que derrocó el gobierno del Dr. Villeda Morales, me puso toda clase de trabas para impedir que realizara mi examen para optar al título de abogado, lo cual tampoco pudo lograr.
La ciudad de Zúrich, de la que yo me había enamorado cuando vi la película «Rapsodia», protagonizada por Vittorio Gassman y Elizabeth Taylor, en la que el primero hacía el papel de un famoso violinista, fue nuestra primera escala europea. Debíamos hacer allí los arreglos finales para continuar nuestro viaje a Praga. Un anciano muy simpático, que caminaba por los senderos peatonales de una bella zona residencial de la ciudad, nos indicó muy amablemente el lugar donde se encontraba ubicado el consulado de la R.S.Ch.
La cónsul, una mujer sesentona de pelo gris, ataviada con un traje sastre del mismo color y unos lentes de vidrio grueso, no salía de su asombro, cuando se dio cuenta que veníamos de Centroamérica con la intención de ingresar a su país, sin haber solicitado con la debida anticipación la visa de ingreso al mismo. Después de varias consultas con miembros de su personal y teniendo a la vista nuestros pasaportes y credenciales, así como nuestra insistencia de que éramos invitados de la UIE, que tenía su sede precisamente en Praga, accedió finalmente a otorgarnos la visa.
Cuando arribamos al aeropuerto de Praga, nos esperaba una eficiente y amable funcionaria de la embajada de la República Popular China, que nos condujo al Hotel «Esplanade», un hotel de cuatro estrellas muy famoso, que se encuentra ubicado en el centro histórico de la ciudad y donde permanecimos por unos tres días, antes de la continuación de nuestro viaje.
Como ya teníamos planeado con Miguel Roberto, que nuestra misión en Praga era tratar de localizar a Ramón Amaya Amador, nos dispusimos a hacerlo. Una noche que teníamos libre. Tomamos un taxi que nos condujo a una dirección que nos habían suministrado en Tegucigalpa y que decía: «Konerova10, Apartamento No 5. El taxista nos dejó en una zona de la ciudad en la que supuestamente se encontraba la susodicha dirección, pero después de probar e indagar en varios edificios por cerca de dos horas, los conserjes de los mismos, nos dijeron que estábamos equivocados.
Frustrados por no haber podido cumplir con nuestro propósito, caminamos hacia una calle en la circulaban vehículos de transporte público y nos paramos a esperar un taxi en una esquina, frente a la cual había un bar en el que se escuchaba una gran algarabía y del que salían hombres pasados de tragos, abrazados y entonando canciones en checo. Miguel me dijo: “Entremos allí». «No lo creo prudente» le contesté. «¿Y por qué no?, ¿qué nos puede pasar? Ripostó Miguel y agregó, «Yo no le tengo miedo a la muerte». «Pues yo sí», le dije, además, agregué, «no se te olvide que apenas estamos a medio camino de llegar a nuestro destino final, que es la ciudad de Peking y yo quiero que lleguemos allá sanos y salvos». Mis argumentos lo persuadieron y abordamos un taxi que nos llevó a la comodidad de nuestro hotel.
Al siguiente día, abordamos un jet Tupoliev 104 de las Aerolíneas Checoslovacas que nos condujo a nuestra próxima estación: la ciudad de Moscú. La botella de aguardiente y la bolsa de frijoles, siguieron su camino rumbo a Peking, sin saber ya nosotros a quién se la habríamos de obsequiar, luego de haber fracasado en nuestro intento de encontrar a Ramón Amaya Amador, a quien finalmente pude ubicar en mi viaje de regreso, dos meses después, pero ya los souvenirs catrachos habían ido a parar a otras manos y a otros estómagos. (Continuará).
Tegucigalpa, M.D.C., 4 de mayo de 2019.