Por: Óscar Armando Valladares “Oímos tus espuelas arañando el vacío, el eco de tus botas por los mapas de guerra”. Sosa No se tiene ni idea de los días y noches que, abatiendo las oleadas ventiscosas, cabalgó Morazán. Tegucigalpa, Comayagua, Copán, Choluteca, Olancho, Yuscarán y el obligado cruce de pueblos intermedios, vieron su jinetear consumiendo distancias y senderos al mando de oficiales y zurcidas milicias. El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Costa Rica, admiraron -bajo el sol, bajo la turbonada, sobre movedizos barrizales- aquel ir y venir de tan viril figura, deseosa de llevar a término el sueño que anidaba en su cabeza: unir las cinco piezas de un ístmico y complejo rompecabezas. Los campos de La Trinidad, San Antonio, San Pedro Perulapán, Espíritu Santo, Las Charcas, Gualcho, Mixco, la plaza de Guatemala, entre otros escenarios, registraron en el polvo el batallar de rivales combatientes, lidiando por opuestos pareceres y consignas; las bocas de los cañones vomitando el fragor de sus entrañas y la fusilería trucidando las carnes enemigas; los lanceros de a pie -en ardor cuerpo a cuerpo- agrandando el destrozo; en sumario simbólico, la espada conductora -entre el común refuego- izando los principios, en choque una y más veces con la del cabecilla, feroz, adoctrinado, resuelto a dar sus días por la “sangre de Cristo”… y la azul de Aycinena. Sobre la entrada plena del más pleno unionista -del “apóstol armado del pueblo”, como lo equiparó Álvaro Contreras-, supo Jacobo Cárcamo, muchos años después, darnos en briosa crónica versal este trozo descriptivo: “Por montañas de pinos imposibles, por valles de verdura impenetrable, por ríos que paraban hasta el viento, por calles, por abismos, por sombras, por inviernos, iba en cascos de rayo, tu caballo guerrero. Y ni la noche vertical de odios, ni la herida de cauce pavoroso, ni murallas de espadas, ni huracanes de pólvora, nulificar podían tu marcha luminosa”. Y luminosa resultó en verdad aquella que devino -que llegó a ser- su llegada triunfal a Guatemala, hechos que en sus recuentos consigna con el nombre de “Revolución de 1829”, acaecida a los 40 años del histórico 1789, en que el pueblo de Francia llevó a cabo la suya. Morazán, aducía Ramón Rosa, “contaba con la mayoría de la opinión pública que lo proclamaba restaurador de las leyes y libertador de los pueblos que gemían bajo el peso del militarismo, del nepotismo nobiliario y de la teocracia, poderes cuyo consorcio ha formado siempre el absolutismo más despiadado, las más negras tinieblas para la inteligencia de los pueblos y para las naciones los más durables y degradantes infortunios”. En honor a la efeméride, el jueves 11 de abril la casa que concentra su memoria auspició con la Universidad Pedagógica Nacional y el Instituto Morazánico un encuentro cultural: un animado conversatorio a partir de las intervenciones expositivas de Carlos Turcios, Víctor Ramos, Froylán Ochoa y Óscar Armando Valladares. Un punto que se siguió con expectación y unánime entusiasmo fue la entrega y muestra a los asistentes de un juego de espuelas con ribetes plateados, las mismas que sujetas a los pies del paladín centroamericano utilizó -¡quién sabe en cuántas jornadas!- para acicatear los ijares de su cabalgadura. Un tracto sucesorio que dimana de José Casto Alvarado Arana de la Quintanilla y concluye con Eduardo Roberto Alvarado Zavala, eslabonó la procedencia y el depósito del valioso conjunto. Alvarado Arana (1795), actuó como sargento primero de las milicias españolas; entre 1824 y 1836 estuvo al servicio de las fuerzas morazanistas hasta alcanzar el grado de coronel; obtuvo, además, el cargo de tesorero en la presidencia federal del eminente repúblico. A su muerte, las espuelas de Morazán que poseía, pasaron a uno de sus cuatro vástagos, Francisco de la Cruz Alvarado Ordóñez -de prominente barba cana, según una estampa fotográfica-, quien a su vez las dejó en manos de Francisco José Rafael Alvarado Escoto, un hijo menor suyo, nacido en Trujillo en 1897, y a cuyo retoño, José de Jesús Alvarado Montes heredó la reliquia. Maestro de profesión, cedió el par de espuelas a su descendiente filial, Eduardo Roberto, ingeniero electrónico, quien, acompañado de su consorte, Hilda del Carmen Erazo Sánchez, enteró la donación a la Casa del patricio. Una ligera inspección me permitió colegir que las dos piezas metálicas son de origen mexicano, lo que corroboré con las figuras labradas en las correas de buen cuero, de las que destacan sendas efigies aureoladas, probablemente de Guadalupe, virgen y patrona de la fe azteca. Tal cual expresó -conmovido- el señor Alvarado Zavala: Quedan a disposición las espuelas del prohombre, para que las calce la joven generación de compatriotas y reemprenda -en lo conducente- la Revolución Morazanista de 1829, a resultas de la cual adquieran efectiva propiedad los principios de libertad, soberanía e independencia que se encuentran, como trío ilusorio, en el óvalo del Escudo. [email protected]]]>