DE REGRESO A LO COTIDIANO

REGRESÓ la avalancha de gente de hacer turismo interno aprovechando el largo asueto de la Semana Santa. La inmensa mayoría no tanto para reflexionar sobre la vida, pasión, crucifixión y resurrección del Maestro de Nazaret, sino para pasar bronceándose, tirados panza arriba en las asoleadas playas de la costa norte o en los acogedores márgenes del sur. Otros, retozando al vaivén de las olas espumosas; o zambullidos a distancia segura de la orilla, tanteando los movimientos del eterno flujo y reflujo del imponente mar. O tal vez recreando la vista –opacada por el fastidioso humo de las ciudades– en los bellos paisajes de arenas blancas, de reflejos diamantinos y de aguas cristalinas. Disfrutando desde tempranas horas de la madrugada el sol que alumbra todo el día, hasta la caída de los maravillosos crepúsculos de cielos anaranjados. El radiante astro, después de su extenuante faena, se esconde fatigado bostezando detrás de un horizonte de cordilleras y de empinadas montañas. Dejando en el firmamento que sean la luna y las titilantes estrellas que, con su tenue destello, pongan luz y sombra a los ocasos plateados pintados, con sobrias pinceladas de grises sobre el lienzo nítido de la naturaleza. Llega la noche para dormir cansado y si hace falta, soñar durante el reposo reparador. Aunque no todos. Uno que otro curioso agarró para los pueblos a refrescar la vista en un horizonte de cuadros de abigarrados colores. La tierra lista para la siembra, la campiña reverdecida con las lluvias tempranas. A presenciar los cuadros vivos recreando las 14 estaciones del vía crucis del Redentor. Se detuvieron a estudiar las estampas pueblerinas. El arcoíris de artísticos matices de las pintorescas alfombras de aserrín. Quizás, estando allá, dispusieron acudir a los templos históricos en acto de devoción, o de mero fisgoneo turístico. De no ser mucho pedir, fueron a misa y a engrosar las procesiones con ánimo espiritual de protagonizar los actos alusivos a la temporada. Después de mucha meditación, agotados de tanto descansar –contando los días que hacen falta para el próximo feriado; mejor aún, como ha sucedido en años anteriores, si el gobierno dispone halar días de otras efemérides memorables para hacer un largo puente vacacional– emprender la travesía de regreso, de vuelta a los hogares, el retorno al extenuante trabajo cotidiano. Al trajín habitual. A enfrentar la cruda realidad. A lidiar con la zozobra ordinaria. La caída de los precios del café en los mercados internacionales que tiene de correr a cientos de miles de familias caficultoras. Con la tarifa de la luz más cara. Con el galón de gasolina que ya rebasó los 100 lempiras. El precio del crudo cerró a $65.70 el barril. Por culpa del odioso cartel de los alagartados de la OPEP, que recortaron el suministro para provocar la subida del precio y volver a apretar el gañote a estos países importadores acabados. Pero también porque a POTUS se le antojó imponer nuevas sanciones a los países que le compraran petróleo a Irán. Pero aún así, a sabiendas que estos insumos adquirieron estatus de delicadeza, a muy pocos se les antoja ahorrar. Se derrocha, en las casas, en las instalaciones públicas y privadas, en las calles, la energía y la gasolina que cuesta un ojo de la cara. Ya es tiempo de agacharse a trabajar. Honduras solo supera sus carencias con el decidido ahínco de su gente.]]>