Reminiscencia

Por: Carlos Eduardo Reina Flores Para el tema de hoy había reservado lo relativo a la avaricia. La representación del concepto como impulso de superación expuesto en las obras de la filosofía del objetivismo de la pensadora ruso-estadounidense Ayn Rand. Uno de tantos días, Carlitos platicaba con su primo. Le decía que se ocupa de la codicia para triunfar. Para impresionarlo, recurrió a historias de su infancia, escudriñando, con imprecisa recolección de los momentos exactos, algunas imágenes fotográficas intermitentes almacenadas en la memoria. Situémonos pues, en los años cuando Carlitos cursaba el kindergarten en la Escuela Americana. Una observación preliminar. Los adultos creen que el estrés, derivado de las preocupaciones es propio de su edad y que los niños no tienen nada que los intranquilice. A esas tempranas edades –se asume– ¿qué puede perturbar la vida de una criatura? Todo lo contrario. Para Carlitos esos tiempos fueron agotadores. Revisemos la rutina. Se tenía que levantar a cierta hora. Vestirse, tomar sus alimentos. Ir a lavarse los dientes. Llegar temprano a la escuela. Fingir que ponía atención a la maestra de inglés, aunque no entendiera una palabra del idioma. Esperar con impaciencia el recreo. Supuestamente la hora del descanso. Pero mirándolo de otra manera, la rutina para descansar era extenuante. Ir a traer la lonchera, buscar lugar donde sentarse, comerse todo lo que le ponían para que no lo regañaran si llevaba sobrantes. Después del brunch, encontrar compañeros de clase y contemporizar con ellos durante el resto de la jornada de asueto. Tenía que saber cómo departir amigablemente con todos ellos y comunicarse con cada cual. No todos hablaban español, ya que algunos de sus compañeros eran norteamericanos; así que con esos se comunicaba por señas y haciéndoles gestos con la cara. Ya de vuelta en clase, permanecía atornillado a la silla, aburrido de los interminables sermones, aunque aparentando poner atención. Al final de la conferencia magistral de la maestra, anotar la tarea del día siguiente. Para cuando regresaba a la casa, Carlitos ya estaba exhausto. Tanto trajín, tanto trabajo, tanto asimilar, tanto aprender, tanta tarea, tanto fingir y, encima de todo eso y en medio de todo ello, desesperado, porque ya se quería graduar. Suponía que al solo salir del kínder, entraría a la universidad. Quizás a la misma donde estudiaba su tío, LSU en Baton Rouge. Finalmente llegaron las vacaciones. ¿Y adivinen qué? Reapareció en la escuelita. En la medida que obtuvo entendimiento, supo que para entrar a la universidad, primero tenía que completar primaria y después la secundaria. Sin duda, para aquellos días –le explicaba a su primo– ni noción tenía de la codicia de Ayn Rand, útil para rebasar obstáculos y romper murallas. Ni idea tenía que se ocupara algo así como chispa de superación. Sí pudo atestiguar, empero, por experiencia propia, y este cuento de la reminiscencia es prueba de ello, que el estrés no es solo cosa de adultos.]]>