Crisis y obligadas reflexiones

Por: Juan Ramón Martínez No acostumbro vacacionar en los feriados de la Semana Santa. En vida de mis padres y de mis suegros, viajaba a Olanchito y a Choluteca. Ahora, me quedo en casa, leyendo, revisando viejos manuscritos y reflexionando. Afectado por un accidente que me ha producido algunos daños musculares, he escrito menos que en otras oportunidades. En cambio, he estado pendiente de las noticias nacionales e internacionales. Me ha impresionado el incendio de Notre Dame, a la que en una ocasión asistí a misa y el clérigo que repartía la eucaristía, vaciló posiblemente porque le parecí un argelino recién llegado. Y por supuesto, me ha entristecido la muerte de Alan García, a quien conocí en Lima y del que, en mi biblioteca, tengo un libro suyo autografiado. Su muerte me ha llevado a preguntarme hasta dónde destruiremos la política, sin compromiso de buscarle sustituto. Y cuáles serán los límites de los que creen que la mejorarán judicializándola, permitiendo que el escándalo mediático y no la voluntad popular, sancione a los políticos de acuerdo a su desempeño. La muerte de Alan García, obligará a los peruanos, a reflexionar sobre la oportunidad de colocar el espectáculo judicial, antes que las urnas. Y a todos los demócratas, a revisar las vinculaciones emocionales entre los líderes políticos y la ciudadanía, para que de nuevo sea el servicio –oyendo a Santo Tomás de Aquino– y no la habilidad artesanal aprendida de las lecciones de Maquiavelo, que hizo de la política un arte, la que determine el comportamiento de los que intervienen en la actividad partidarista. Para que entonces, el poder no sea una prenda personal, sino que una cruz para entregarse al servicio de la colectividad nacional. Así, descubriremos que no es tan solo cosa de encarcelar expresidentes, sino que volver a las bases del liberalismo y a las reglas de la democracia, evitando a los caudillos y rechazando a los que creen que los electores, les entregan no solo un cheque en blanco, sino que también el derecho de pernada, para hacer de sus vidas y las de la sociedad, partes de sus propiedades personales. El centralismo presidencialista, en que dependemos del capricho de un solo hombre y sus “círculos íntimos”, es un peligro que tenemos que enfrentar volviendo a los orígenes de la república, que más que presidencialista –fácilmente inclinada hacia la dictadura– sea legislativa, respaldada por un Poder Judicial independiente. Y con una sociedad civil, auténtica, resultado de la suma de los cuerpos intermedios, y no fruto de la operación artificiosa y maquiavélica de las ONGs que, no tienen legitimidad y representatividad para facilitar procesos, algunos de discutible singularidad. No me opongo a la lucha en contra de la corrupción. Claro que no. Pero hay otras cosas más –algunas más importantes incluso– que debemos atender. Simultáneamente. Por ejemplo, la pobreza por la que atravesamos los latinoamericanos, especialmente. En el caso nuestro, resulta incomprensible que, cerca de cumplir 200 años de vida republicana, sigamos abajo de Venezuela, entre los tres países más pobres del continente. Pese a que Chávez y Maduro, en un atrevimiento teórico inaudito, en forma deliberada, en vez de incrementar la producción, han empobrecido como nunca nadie lo ha hecho, a una nación próspera como Venezuela. Mientras que nosotros, víctimas de la indolencia, seguimos creyendo en que los gringos nos echarán una mano, cuando la historia confirma que, ninguna nación ha logrado desarrollar a otra. Pero claro, no podemos continuar sin saber para dónde queremos ir. Improvisando sobre la marcha y bajo la dirección de políticos orgullosos de su ignorancia y sus irresponsabilidades personales. Por supuesto, no dejan de tener razón los que dicen que, tenemos los políticos que nos merecemos. Y se confirma con el hecho que, frente al crecimiento poblacional, la urbanización desordenada –que en el fondo es la transformación de las ciudades en grandes mercados informales–, y con una masa de electores que cada día tienen menos conciencia de su papel como ciudadanos, no podemos darnos otro resultado más que los que observamos. Necesitamos cambiar el rumbo. Mejorar la calidad de los políticos, elevar el control ciudadano y depender menos mentalmente del exterior. La agenda pública, debe ser establecida por nosotros. Evitando que vengan desde afuera, a decirnos lo que estando de moda, tenemos que hacer. Hay que soñar y pensar.]]>