Incendios forestales son terrorismo y violación de derechos humanos

Por: José Rolando Sarmiento [email protected] A propósito de los abundantes incendios forestales en los alrededores de nuestra ciudad capital y en bosques de varios departamentos del país, debemos acudir a elucubraciones y pistas del presente y el pasado que nos permitan descubrir qué ocurre en torno a esta calamitosa situación que afecta la flora y fauna hondureña, pero también al medio ambiente, el entorno ecológico, los graves daños a la salud por las capas atosigantes de humo de los incendios, la degradación de las cuencas hídricas que en verano afectan el normal aprovisionamiento de agua para actividades agrícolas y ganaderas, pero también para el aprovisionamiento de agua potable para más de nueve millones de habitantes, pero como si esto fuera poco, cuando vienen las lluvias invernales, el inusitado crecimiento de las corrientes de los ríos, su desbordamiento y las destructivas inundaciones de los terrenos de cultivos, zonas habitacionales, comerciales e industriales de los poblados rurales y ciudades, daños a calles, carreteras, alcantarillas y puentes, obras y servicios públicos, tales como tuberías de agua potable, alcantarillados pluviales y sanitarios, postes y tendidos de electricidad, telefonía, televisión por cable y transmisión por fibra óptica, la interrupción del libre tránsito de vehículos y personas, afectando las actividades del transporte de mercaderías, alimentos y productos de abastecimiento de la población hondureña, así como de la importación y exportación de Honduras y países vecinos que utilizan nuestras facilidades viales y portuarias. Estamos convencidos que los incendios forestales desencadenan una serie de catástrofes naturales que nos afectan a todos en Honduras, así que de simples delitos ambientales, de daños económicos por la pérdida de valiosas especies maderables, los cientos de millones en costos de rehabilitación de carreteras y obras públicas, tratamientos especializados por afecciones de las vías respiratorias y quemados, en hospitales y centros de salud públicos, movilización de los cuerpos de bomberos, cisternas, carros apagafuegos, helicópteros, ambulancias, evacuación de vecinos, afectando la cantidad de agua de las represas que incrementan los racionamientos del vital líquido de cientos de miles de capitalinos, entonces nos parece que a los delitos tipificados por el incendio y destrucción de los bosques, deberían sumarse los de terrorismo y violación de los derechos humanos, atentando a salud y vida de los hondureños, de manera que los encontrados responsables deberían purgar penas de por vida, amén de cultivar viveros, resembrar, combatir siniestros junto a forestales, bomberos y militares. Pero por qué tantos incendios, porque los han habido toda la vida, por ejemplo: los que se inician por la descarga eléctrica de un rayo, por la reflexión de la luz del sol en el vidrio de una botella arrojada a la vera de un camino, por las corrientes de aire durante la quema agrícola por insuficiencia de las rondas obligatorias para evitar su propagación, sea para los cultivos tradicionales de granos básicos, como para combatir la plaga de garrapatas en los terrenos de pastizales, que afectan al ganado vacuno; aquí llegamos a un punto crucial, a una realidad no documentada suficientemente, y es que, con la aparición de la COHDEFOR, hoy ICF, esta entidad asumió la totalidad de la administración, manejo y protección del bosque por encima de propietarios privados, ejidos municipales y la autoridad rural de los alcaldes auxiliares que se encargaban de supervisar actividades, tales como las que hemos señalado de quemas controladas, de manera que ni a dueños privados, ni a las municipalidades y sus alcaldes auxiliares, no les importó más cuidar los bosques, prevenir la diseminación de incendios en sus comunidades, a esto se suman los leñateros a los que meterle fuego les beneficia en sus actividades, porque como dice el dicho popular “del árbol caído todos hacen leña”. Existen y más ahora en los tiempos modernos las presiones sociales, políticas y económicas que causan su impacto negativo en la conducta de las personas, siendo uno de estos efectos nocivos, el de los que sufren del trastorno de la piromanía, que gozan y disfrutan de prenderle fuego al bosque, también los anarquistas que creen que al quemar los bosques causan un daño económico que repercute en la credibilidad gubernamental, y los que, individual o empresarialmente, desean extender las áreas urbanizables o lotificables para la venta de solares y construcción de colonias de viviendas, que las disposiciones legales les impiden hacerlo en zonas de reserva, como las ubicadas en El Picacho y los municipios vecinos de Tatumbla, Santa Lucía y Valle de Ángeles, en fin, un entorno complejo para manejar y controlar.]]>