Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo) Revisando la cuenta personal de Nayib Bukele, recientemente electo presidente de El Salvador, confirmé lo que algunos compatriotas con más morbo que otra cosa, me habían enviado durante la última semana: que el joven gobernante había arremetido –las razones no las tenemos muy claras–, contra su colega hondureño, al tildarlo de “dictador” bajo el mismo parasol con el que cubrió a Nicolás Maduro y a Daniel Ortega Saavedra. ¿Cómo se puede tildar el descrédito que, desde hace más de un año, Bukele promociona propasado, a través de las redes sociales sin ningún comedimiento y templanza? Dos momentos en la estelaridad presidencialista de Nayib Bukele. Una: la del entusiasmo que surge tras el desafío, es decir, la denuncia frente al establishment o de lo absurdo de la burocracia asfixiante de América Latina. La otra; la de la monserga no menos desafiante; la del deporte extremo que ofrece el sentirse superior, y, por superior, desmesurado como en los días de las arengas desde el ágora desafiante y sin control que ofrecen en la modernidad tardía, las redes sociales. A Bukele le recuerdo muy bien cuando estuve de viaje por aquellas tierras de gente laboriosa, servicial, pero no menos agresiva. Agresividad puesta en la labor y en la cotidianeidad de la supervivencia. Claro está, once años de guerra civil, no resultaron en balde: los salvadoreños aprendieron a desconfiar de los políticos, a valorar cada pedazo de un bien ganado mediante el trabajo y el emprendimiento. Nadie les ha regalado nada. Y por eso apostaron por Bukele. Antes de las elecciones, el joven presidente ya había arrasado con sus contendientes, es decir, ya tenía agarrado el cetro con bastante antelación. Lo ocurrido en El Salvador no es que haya nacido un prodigio de la política, sino que, hastiados de una derecha institucionalmente inflexible, y una izquierda arribista, el ciudadano terminó comprando la mejor oferta con el mejor envoltorio: la insolencia de Bukele resultó suficiente para llevarse las palmas y los votos. Cuando le vi a Bukele en TV, supe de buena fuente la causa de su conquista: su apariencia fresca y juvenil, su talante del típico “outsider”, pero mejor aún, la del parlanchín desmesurado, que le han llevado a la conquista del, cada vez más desvalorizado, trono presidencialista. Pero la gente no lo sabe: Bukele tampoco podrá con el poder y con los problemas institucionales, no porque no tenga capacidad, sino porque él sabe de buena tinta, que no le alcanzará, ni el tiempo ni los recursos que son escasos. Pronto, comenzará la caída descendente en ilusiones y esperanzas –lo que los mercadólogos llaman “índice de popularidad–; es el ciclo vital que procede a la algarabía triunfalista de las elecciones. La locuacidad desmedida ha rendido sus frutos a Bukele, pero la charlatanería a través de Twitter y Facebook, le ha ofrecido más dividendos. A través de ellas, “entregó” a las masas enfurecidas, tanto al FMLN como a ARENA, para que el insulto y el ensañamiento, frutos de la desilusión social, terminaran de hacer el trabajo. Bukele apuesta al descontrol en las redes sociales; intenta extender su popularidad desde un pequeñísimo país, a un mundo más global; ganar adeptos de toda especie y, por qué no, llamar la atención de los inversionistas para que se atrevan a colocar su plata en El Salvador y no en Honduras. Lo de Bukele es pura “política líquida” al decir de Bauman; meros embauques sin control, porque cree en un mundo sin fronteras, sin leyes y sin linderos diplomáticos donde la ética está de sobra.]]>