Por Óscar Armando Valladares Una amiga especial -Evelia María-, con quien compartimos “exquisitas lecturas”, “música selecta” y “otras aficiones comunes” -como manuscribió en fina dedicatoria-, me obsequió los tres tomos de las obras completas de Gibran Khalil Gibran, que ella había adquirido durante su laboreo en Buenos Aires y que conservaba bien como “uno de sus tesoros”. El apreciado presente -que alcanza los quince años- concedió penetrar en la vida y el carácter del autor libanés, en sus creencias y rechazos, en sus meditaciones e interpelaciones filosóficas, en sus entusiasmos de pintor y dibujante necesitado. A través de su epistolario y de sus numerosos libros, traducidos al árabe, francés, inglés, español, ahondé en por qué era descrito con duales adjetivos: “místico”, “hereje”, “rebelde”, “sereno”; a cuenta de qué algunos de sus trabajos se estimaban nocivos, revolucionarios y peligrosos para las mentes juveniles y a resultas de qué, a tenor de otros criterios, en algunos instantes tenía la majestuosidad de las palabras bíblicas y en su credo coexistían resonancias de Jesucristo y de los evangelios. Nacido entre los milenarios cedros de su tierra, en el pueblo de Bcherri, en 1883, al cumplir once años se embarcó con su familia -la madre y tres hermanos- rumbo a Boston, dejando los “cedros sagrados” bajo el dominio turco. Pese a todo, volvió a Líbano por deberes de estudio. Con su progenitor estuvo en Siria y Palestina; cursó árabe y francés por cuatro años, pasó a Grecia, Roma y, en seguida a París, metrópoli propicia a sus inclinaciones pictóricas y literarias amoldadas al impresionismo y a la escuela simbolista. Posteriormente regresaría a la capital francesa para emprender esmerados conocimientos en la Escuela Nacional de Bellas Artes y conocer al escultor Augusto Rodin. Dos mujeres discurrieron en su vida, en la ciudad portuaria norteamericana: Mary Elizabeth Haskel, mecenas y confidente, y Emil Michel –Micheline-, joven gala, cuyo amoroso afecto no era correspondido; contó, además, con la escritora May Ziadeh, también de origen libanés, con quien cruzaba correspondencia literaria y sentimental sin haberse conocido ni encontrado nunca. Otro amigo cercano, Amin Guraieb, dueño y editor del diario árabe “Almuhager”, le dio cabida a un ensayo primigenio nombrado “Risas y lágrimas”. En misiva a Guraieb, quejábase en 1908 que no conseguía encontrar en EEUU -“en este país mecánico y comercial, cuyos cielos están repletos de clamores y ruidos”- salidas a sus escritos, diferente al ámbito francés, donde –decía- “el pueblo ama el arte tanto como los norteamericanos admiran al omnipotente dólar”. De sus libros, han trascendido más: Alas rotas, La voz del Maestro, Jesús el hijo del Hombre y con subrayado influjo: Espíritus rebeldes y El profeta. El uno, editado en París y escrito en árabe a los 20 años de edad, suscitó tal reacción en los círculos poderosos de Beirut, que fue incinerado en la plaza pública y el escritor excomulgado por la iglesia maronita, además de prohibírsele la entrada ocasional a su país; el otro -El profeta-, divulgado después en diferentes idiomas, pasa por su obra cumbre y releído más allá de su fallecimiento por tuberculosis (“desde esta mañana encendí un millón de cigarrillos, escribió una vez a Ziadeh), el 10 de abril de 1931. Enterrado en Nueva York, por voluntad de su hermana, Miriana, sus cenizas fueron transferidas a Líbano y sepultadas en la aldea natal con una lápida simple e indicadora: “Aquí yace entre nosotros Gibran”. El profeta era Almustafá, el cual por doce años aguardaba en Orfeles la vuelta del barco que debía devolverlo a su ínsula materna. Almira -amiga y profetisa- le decía suplicante: -Antes de que nos dejes, te pedimos que nos hables y nos ofrezcas tu verdad.; por lo que en sucesivas peticiones les arengó, por ejemplo, sobre el amor, el trabajo, los niños, la libertad, la alegría y la tristeza, el crimen y el castigo. Un poeta, le pidió referirse a la belleza. Almustafá, entonces, explayó sus palabras, concluyendo de este modo: “La belleza es la vida, cuando la vida descubre su rostro esencial… La belleza es la eternidad que se contempla a sí misma en el espejo. Pero vosotros sois la eternidad y vosotros sois el espejo”. Colofón: cierto día, gozábamos en amable tertulia de los razonamientos de El profeta, cuando una jornalera “volada”, al captar vagamente que alguien me llamaba “poeta”, me abordó, según ella en un aparte: Y usted, ¿de dónde es “profeta”? Todos a uno degustamos el equívoco. Ni una ni otra cosa -le dije-; que nadie es profeta -ni poeta- en su tierra, buena señora. La noche se nos iba encima; mientras, las oraciones de Mustafá -en boca de uno de nosotros- tiritaban por la fresca caricia del ambiente: “No tengo la prisa del viento, pero debo irme. Nosotros, los trotamundos, buscando el camino más solitario, no comenzamos un día donde hemos terminado otro, y no hay aurora que no encuentre dónde nos dejó el atardecer. Aunque la tierra duerme, nosotros viajamos…”.]]>