MIENTRAS no se agoten las fuentes de crédito de los organismos financieros internacionales que le prestan de forma concesional, el país seguirá contando con recursos frescos. Ello ayuda a llenar los huecos presupuestarios. Por ello es que ocupan negociar el acuerdo con el FMI. Eso sirve como certificado de buena conducta que le permite al país la confianza necesaria para que otras entidades financieras le sigan prestando. El Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) –leímos en una gacetilla– dispone de 296 millones de dólares para financiar proyectos de desarrollo en Honduras este año. Este, junto con SICA –que tiene su oficina y el secretariado general en El Salvador– y la SIECA que opera en Guatemala, es lo que subsiste a manera de entidades de la integración, después que deshicieron el Mercado Común Centroamericano. El PARLACEN –cuyas instalaciones principales están en Guatemala– fue posterior, ideado durante los conflictos armados en la década perdida. La vaina fue que cuando terminaron de armarlo ya cada país había resuelto su conflicto interno. Bien por la vía electoral –Honduras, El Salvador y posteriormente Nicaragua– o por los acuerdos de paz como aconteció en Guatemala. Y como no le dieron facultades vinculantes, el ente integracionista es una especie de adorno inútil cuyas resoluciones no tienen efecto alguno sobre terceros mucho menos sobre los gobiernos. Está también la Corte Centroamericana de Justicia con sede en Nicaragua. Sin embargo, los ticos no quisieron formar parte de esa entidad. Así que las pocas resoluciones que emite, cuando es consultada, solo aplican para cuatro de los países miembros y no para la totalidad. Por lo tanto, el BCIE es lo único que le queda intacto a la región como legado del fracasado sistema integracionista. Aparte de ello, dispone de recursos cuya inversión debe ser en proyectos que fomenten la integración. Su sede está aquí en Honduras. En su tiempo dorado, el BCIE era semejante banco y quien lo presidiera una personalidad. El actual presidente es hondureño. Sin embargo por la pobre política de comunicación que mantiene –la más discreta promoción de su imagen– pasa casi desapercibido. Se trata de un ente tremendamente silencioso en lo que a la integración respecta. El único que dispone de recursos, digamos para realizar campañas que creen conciencia integracionista, tanto localmente como en los países vecinos, pero no hay tal compromiso de los funcionarios que lo dirigen. Su labor bienhechora no se conoce. Aparte del anuncio que hacen cuando dan un préstamo, o de alguna entrevista esporádica, no se conoce más. Lo anterior lo platicamos con el anterior titular, también de nacionalidad hondureña; buen técnico, buena gente, pero bastante huraño en lo que concierne a la habilidad de transmitir propósitos. Tomó el consejo de buena gana, pero hasta allí, nada sucedió. No hay comunicación del banco –para informar, para relacionarse mejor con la población, para interactuar, para generar buena imagen– ni dentro de la comunidad donde tiene la sede ni con los demás pueblos centroamericanos. No hay seminarios, conversatorios, publicaciones, auspiciadas por el BCIE en aras del ideal integracionista. La causa se mantiene dormida, sin que nadie hable por ella, como que de repente el ideal morazánico espontáneamente vaya a surgir. Como parte de la justicia que le hace al héroe la posteridad. Han hecho más los clubes rotarios cada año que celebran la semana morazánica, que el propio banco de la integración. No sabríamos decir cómo funcionará la actual gestión. Pero, en este aspecto, no se le ha visto ningún cambio esperanzador que lo saque de su política de enclaustramiento.]]>