NORMAS DE CONVIVENCIA

NO hablaremos de “etiqueta” para fiestas y banquetes, sino de las cosas que se les enseñan o dejan de enseñar a los niños y a los jóvenes en las escuelas y colegios. Para empezar los profesores de antaño tomaban la misión educativa formal como si se tratara de un apostolado individual para toda la vida, a pesar de las falencias monetarias del Estado y de varios gobiernos en los finales del siglo diecinueve y durante buena parte del siglo veinte, en que incluso se pagaba a los profesores con estampillas y con otras “especies fiscales”, por aquello de las continuas montoneras y guerras civiles fratricidas. Podríamos inclusive mencionar a varios profesores hondureños y extranjeros que fueron ejemplo de sacrificio, dignidad, imparcialidad y apostolado educativos. Algunas escuelas y colegios llevan sus nombres en diversas partes del país. Aun cuando también existan algunas instituciones educativas con nombres inmerecidos. Si acaso revisamos con cuidado algunos textos viejos encontraremos en sus páginas interesantes informaciones de los quehaceres en las aulas en cada semana. Era obligatorio que los niños y profesores leyeran cuarenta minutos cada día, fuera en voz alta o en absoluto silencio. Esta práctica se ha desvanecido con el paso de los años y las décadas. Son muy pocas las personas que dedican a leer siquiera un par de minutos. En la actualidad casi todas las tareas son “bajadas” de internet sin que nadie las lea ni tampoco las revise. En esto tienen gran responsabilidad los alumnos. Pero sobre todo los profesores y el mismo sistema educativo que se ha venido moviendo como a la deriva. Aquellos cuarenta minutos de lectura diaria de los profesores y estudiantes, eran un factor coadyuvante en el proceso de formación individual para que los muchachos de ambos sexos pudieran integrarse en la vida urbana que exigía ciertos predicamentos culturales. No es casual que a Tegucigalpa se le conociera como la “ciudad culta de Honduras”. O a Olanchito como “la ciudad cívica del país”, sin dejar por fuera a otros importantes emporios urbanos de educación y de cultura como Juticalpa, Choluteca, Santa Rosa de Copán, San Pedro Sula, Gracias y Danlí. Aparte de los cuarenta minutos de lectura diaria, había un programa de “Moral y Urbanidad” para inducir hacia un estilo de vida y de limpieza en el interior de los hogares y de la sociedad misma. Se les enseñaba a los niños a respetar a los adultos, a las damas y a venerar los emblemas nacionales. Los profesores a su vez alentaban a los jóvenes talentosos para que buscaran un nivel de vida mejor. Para que se destacaran como líderes según sus potencialidades. No los perseguían ni los marginaban en las aulas como se ha venido acostumbrando en estas últimas décadas. Si ahora el estudiante talentoso, o brillante, difiere ideológicamente del profesor de turno, se le acorrala, se le humilla y margina. Inclusive se le daña en las calificaciones. No se puede ni se debe olvidar que también se enseñaba el idioma castellano, aritmética, física, música, trabajos manuales y caligrafía. Con un añadido importante, había un “Programa de Trabajo Agrícola” incluso en las ciudades. No digamos en las escuelas  rurales. Lo anterior se encontraba aparejado con el lema principal de los años fundacionales de la “Escuela Agrícola de El Zamorano”, que consistía en “aprender haciendo”. Es curioso que en un país de vocación predominantemente agrícola y forestal, se hayan soterrado aquellas viejas enseñanzas teóricas y prácticas. Las normas de convivencia civilizada se enseñan en el hogar pero, especialmente, con los libros en los salones académicos. Los egresados de los colegios y de los centros de educación superior, significaban un ejemplo para el resto de la sociedad. Esta afirmación habría que ponerla en tela de juicio en una época actual, desjuiciada como la nuestra.]]>