Los callejones del “Brexit”

Por Segisfredo Infante

Debo ser sincero. Uno de los pocos países que más he admirado en mi vida, es Inglaterra, por razones históricas muy lejanas que se pierden en las brumas legendarias célticas del “Rey Arturo”; por la obra de William Shakespeare y de otros grandes poetas; y por algunas razones muy recientes, como el papel monumental desempeñado por sir Winston Churchill antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. No sería exagerado afirmar que nuestra libertad occidental se la debemos, en primera instancia, al historiador, político y militar W. Churchill, en tanto que pareciera haber sido el único líder occidental en comprender a cabalidad, o a fondo, el fenómeno tenebroso derivado de la personalidad de Adolf Hitler y de las élites nazis.

Como consecuencia de ello Inglaterra, en los comienzos de aquella espantosa guerra, quedó como una nación insular enfrentándose solitaria al poderío “indetenible” de los nazis y sus aliados inmediatos. Pues Estados Unidos pregonaba una política aislacionista, a pesar de la comprensión genial del problema por parte de Franklin D. Roosevelt. Y el dictador supremo de la Unión Soviética, el totalitario Iosif Stalin, se había aliado originariamente con el también totalitario Hitler, para repartirse Polonia y así evitar una posible conflagración directa con los nazi-fascistas. Error mortal, dicho sea de paso, que pagó demasiado caro el Ejército Rojo y el pueblo soviético, incluyendo a comunidades judías que fueron predominantemente exterminadas.

A Inglaterra se le conoce también como Reino Unido, Gran Bretaña y otras denominaciones análogas, desde sus tiempos imperiales. Esto significa que en los años actuales el Reino Unido incluye a Escocia, al pequeño “País de Gales” y también a Irlanda del Norte. Esta aclaración es pertinente habida cuenta que de ello depende una comprensión aproximada del fenómeno político, económico, geopolítico, demográfico y financiero, que se deriva del llamado fenómeno “Brexit”, que se traduce en la ruptura o salida de Gran Bretaña del aparataje económico de la Unión Europea, con repercusiones colaterales, recientemente negativas, como la caída de la “libra esterlina” y el repliegue táctico o estratégico de inversionistas extranjeros, como los de Japón. La determinación de salirse de la “Zona Euro” fue ratificada por votación mayoritaria de la población inglesa, motivada, quizás, por consignas un tanto confusas. El dilema se agrava porque los escoceses y los irlandeses están completamente en contra de salirse de la Unión Europea, por motivos comerciales y fronterizos. Aquí salta uno de los grandes problemas de la democracia, cuando las mayorías relativas desconsideran la opinión de las minorías nacionales fuertes.

La fecha tope, por lo menos en términos formales, es el viernes 29 de marzo del año en curso. Pero ocurre que muy pocos especialistas exhiben claridad acerca de lo que está sucediendo y de lo que podría escenificarse en los anfiteatros financieros ingleses e inclusive alemanes. La primera ministra Theresa May expresó hace un par de meses que “No llegar a un acuerdo es mejor que un mal acuerdo con la Unión Europea.” Sospecho que ni los mismos parlamentarios comprenden este galimatías. Es posible que la primera ministra esté pensando en un nuevo referéndum, a fin de abolir el anterior, que ha conducido a Inglaterra a ciertos callejones sin salida, por los tratados previos que hicieron posible la unificación arancelaria y la movilización demográfica abierta entre varios Estados europeos. Un solo ejemplo en doble vía es que hay un millón aproximado de pensionistas ingleses viviendo en España. Y decenas de miles de españoles trabajando en Inglaterra. Aparte de ello hay agricultores españoles cuyas mercancías tienen como destino principal el atractivo mercado inglés.

Ángela Merkel, la Canciller alemana, ha detectado que también los alemanes sufrirán repercusiones negativas con el “Brexit”, razón por la cual ha sugerido que la fecha tope de salida de Inglaterra se prolongue unos meses más. Aquí salta el problema de las rigideces ideológicas y tecnocráticas que experimentan incluso sociedades democráticas consolidadas. Rigideces que son aprovechadas por los neopopulistas paradójicamente también rígidos. Me refiero, pues, a las consabidas rigideces originadas por las políticas neomonetaristas, y de los tratados previos, como el de Maastricht, cuyas medidas son duras para todos aquellos países que pretendan “independizarse” de la Unión Europea. A los catalanes podría ocurrirles algo peor al separarse de España. Es una lucha subterránea (a veces abierta) entre posturas extremadamente neomonetaristas internacionales, y posturas proteccionistas o aislacionistas excesivas de los populistas actuales, de distintos bandos.

El lector desprevenido podría confundirse fácilmente con este laberinto sin aparente salida, tanto del Reino Unido como del resto de Europa. Pues cualquier observador podrá percibir callejones sin futuro. Estas tensiones recesivas podrían afectar incluso a países periféricos como Honduras. Lo único que lamento (solo por ahora), es nunca haber gozado de la oportunidad de visitar Inglaterra; cuando menos Londres.