HONDURAS es un país comparativamente despoblado, con grandes extensiones de tierras improductivas o infértiles. Sean latifundistas o minifundistas. El problema es que algunas de las áreas urbanas se encuentran superpobladas. Sobre todo Tegucigalpa, San Pedro Sula, Choloma y El Progreso. El caso de la capital de Honduras a veces se vuelve grave, en tanto que el Distrito Central exhibe carestía de agua potable durante las estaciones secas. La gravedad es inocultable en las barriadas pobres. O en los suburbios deforestados que apenas se han comenzado a urbanizar. No hay agua potable para tanta gente.
Sin embargo, el fenómeno creciente de “la explosión demográfica” que se observa en otros países, es de hecho inexistente en Honduras. Cuando hablamos de verdadera explosión demográfica nos referimos a ciudades como Nueva York, Calcuta, Ciudad de México, Nueva Delhi, Tokio, Shanghái y sus alrededores. En realidad en los países aludidos, sean desarrollados o atrasados, se experimenta desde hace muchas décadas el fenómeno de la explosión demográfica. Lo mismo que en algunos puntos del África Subsahareana, en donde las crisis alimentarias y los conflictos inter-tribales son recurrentes, lo que vuelve explicable el fenómeno renovado de las migraciones masivas hacia Europa.
Dicho lo anterior, se tornan un tanto incomprensibles, hasta cierto punto, las migraciones de hondureños hacia la Metrópoli del Norte. Quizás la principal justificación sea la violencia organizada cotidiana en contra de ciudadanos desprotegidos. En tanto que en materia territorial Honduras posee vastas extensiones de tierras baldías que podrían ser colonizadas por los mismos hondureños pobres y semi-pobres. En este punto Honduras es diferente al caso de El Salvador, en donde por problemas de infertilidad de la tierras agrícolas y la pequeñez relativa de su territorio, el mayor grueso de su población se concentra en la capital. O bien emigran, sus pobladores, hacia Estados Unidos, Australia y otras zonas del mundo.
Algunos observadores han coincidido que si existieran incentivos fuertes, públicos y privados, en las zonas rurales y semi-rurales de Honduras, los campesinos pobres se quedarían a vivir en sus lugares de origen. Inclusive algunos ciudadanos retornarían al enterarse que la vida en Tegucigalpa y San Pedro Sula es demasiado difícil. Siempre y cuando existan escuelas, colegios de secundaria, hospitales, centros de salud, agua potable y luz eléctrica, los pobladores quedarían atrapados en sus pueblitos y aldeas de origen. De lo contrario la tentación por venirse a pasar hambre en las ciudades principales; o de viajar hacia peligros aparentemente desconocidos, es una tentación casi inevitable.
Honduras no experimenta, hasta este momento, ninguna explosión demográfica. Lo que experimenta en verdad son “presiones” demográficas sobre Tegucigalpa y San Pedro Sula, por aquello del desempleo, el déficit de vivienda, contaminación ambiental, pandillas criminales, subempleo y desabastecimiento de agua potable, con el agravante de los incendios forestales por todas partes. Si cualquier viajero se interna por las carreteras polvorientas del interior del país, pronto habrá de percibir que hay enormes extensiones de tierras deshabitadas, sin capacidad de riego y sin cultivos agrícolas importantes. En cualquier dirección se observan unas pocas vacas flacas, de las cuales hablan algunos expertos hoy en día. Los pueblitos parecen como abandonados o anclados en tiempos ya idos. La presión demográfica se podría suavizar si todos los hondureños, de común acuerdo, buscáramos la manera de volver atractivas las zonas rurales del país.