Por: Segisfredo Infante
La obsesión del Quijote de la Mancha por conocer el mundo más allá de los linderos polvorientos de “Argamasilla de Alba” y del pueblo del Toboso proviene, en primer lugar, según mi humilde juicio, de la obsesión inmarchitable de un cristiano converso llamado “Christophorus Columbus”, a quien se le había metido, entre ceja y ceja, el delirio casi febril de lanzarse a una aventura inenarrable sobre el Océano Atlántico para llegar, por una ruta más corta, a la India y al país de Zipango (el actual “Japón”). Sobre este tema particular se han escrito y publicado toneladas de libros. Exceptuando el detalle, en la mayoría de los textos, que Cristóbal Colón fue modificando, poco a poco y por derecho propio, su firma y su nombre hasta castellanizarlos, en tanto que es don Salvador de Madariaga uno de los primeros en afirmar y demostrar en un libro que el navegante genovés era español sefardita, cuya familia fue expulsada de España un siglo antes que existieran los reyes católicos. Es decir, que los bisabuelos o tatarabuelos de Christophorus pertenecieron al primer grupo de sefarditas expulsados que luego se instalaron en Italia y en otros pueblos mediterráneos, principalmente en Génova. La afirmación de Salvador de Madariaga sobre el origen sefardita de Cristóbal Colón, fue recogida por el ex-embajador de Israel en Tegucigalpa, el señor Shimon Agour, que en paz descanse. De tal suerte que su búsqueda de ayuda y financiamiento en Portugal y España, cobra mayor sentido por el manejo previo del habla “ladina” y la escritura castellana; por sus orígenes españoles; por la experiencia de los portugueses en las andanzas marítimas; por la protección directa de la reina Isabel; por los comerciantes y financistas españoles interesados en el proyecto.
En un segundo momento el delirio oportuno del Quijote proviene de las andanzas y aventuras militares extraordinarias del propio autor de la novela: Don Miguel de Cervantes Saavedra, quien según algunos autores recientes era también un sefardita converso, oriundo de “Cervantes”, es decir, un pueblo de judíos conversos. Estas indagaciones continúan en los proyectos de algunos historiadores desprejuiciados. La verdad es que al leer detenidamente al “Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”, aparte de los tristemente célebres libros de caballería medieval, uno encuentra señales del autor respecto de un conocimiento satisfactorio de los libros del “Antiguo Testamento”; de la mitología griega; y del pensamiento humanista y renacentista europeo de su época. También el lector avispado encuentra, en ciertos párrafos desperdigados de esta obra monumental, una disposición favorable hacia los “neocristianos”, o judíos convertidos al cristianismo.
Escribo este artículo como consecuencia de la mucha desazón que me ha producido escuchar a un predicador protestante “equis”, en un canal de televisión de Tegucigalpa, al referirse al proceso de descubrimiento, conquista y colonización del Nuevo Mundo, mediante una sarta de superficialidades excesivas, cargadas de mentiras descomunales, que en verdad provocan frío en el alma del lector o investigador serio. Tales lugares comunes y mentiras historiográficas extremas, atentan contra los mismos principios cristianos que el predicador protestante aludido desea exhibir. Para empezar los acompañantes de Cristóbal Colón en el primer viaje y en los subsiguientes, eran comerciantes, inversionistas y algunos ex–presidiarios acusados de “herejes”. No eran asesinos, ni ladrones ni matones a sueldo como se enseña en las aulas. Eran seres humanos ambiciosos de riquezas capitalistas y “libertos”, buscando escapar de la Inquisición española. Pues la mayoría eran de Sevilla.
Por ejemplo, los reyes católicos confiaron a Colón una carabela, y los empresarios sevillanos le regalaron dos. “Don Cristóbal” fue acompañado en sus cuatro viajes por personajes importantes como Vicente Yáñez Pinzón y su hermano Martín Alonso Pinzón, dos intrépidos navegantes y comerciantes que anduvieron de casa en casa convenciendo a la gente para que acompañaran a “Don Cristóbal” en su primer viaje. En el cuarto viaje Cristóbal Colón lo único que se llevó de “Honduras” fue una salud quebrantada y al indio Yumbé, para que viviera en España. No llevó oro ni plata como repiten los mentirosos.
No quiero referirme por ahora a los diversos conquistadores. Sino a los primeros colonizadores que vinieron para quedarse en el Nuevo Mundo. Según el historiador y jurista José Manuel Pérez Sarmiento, desde la región de Sevilla vino Antonio Espinosa de los Monteros, quien instaló la primera imprenta en Cartagena. Lo mismo que Jerónimo de Contreras y sus hijos, como primeros impresores en Perú. Luego destaca el nombre de Juan Pablos, “quien llevó a Méjico todos sus oficiales, maquinarias, herramientas y hasta papel para instalar la primera imprenta en Moctezuma, en el año 1539.” En este mismo espacio publiqué un artículo sobre el primer filósofo aristotélico que caminó y enseñó sobre tierra americana. Me refiero a don Alonso Gutiérrez de la Veracruz. Algún día le dedicaré un nuevo artículo al licenciado don Cristóbal de Pedraza, el primer “Defensor de Indios” que llegó a estas tierras “hondureñas” a instalar el primer Estado de derecho virreinal.