Sobre diputados expulsados

Por Juan Ramón Martínez

No solo la sociedad hondureña está en crisis. Cambien los partidos políticos. O afectados por la rabiosa subordinación a los caudillos. O encabritados, en contra de cualquier autoritarismo. Mientras los primeros son conservadores y obedientes, verdaderas manadas que obedecen ciegamente a sus “pastores”; los segundos, llamados liberales, defienden su libertad personal, el cumplimiento obediente de la ley y sus compromisos con sus electores a los que consideran sus mandantes. De allí que, se crean –como dice elegantemente Osvaldo Ramos Soto, príncipe de las palabras “finas”–, mandatarios, es decir, en términos coloquiales, mandaderos de la voluntad popular.

Estas ideas, aparentemente no forman parte del comportamiento de los miembros del Consejo Central Ejecutivo que creen –en forma impropia, que ellos son la fuente originaria de la soberanía popular y no como es realmente, la ciudadanía– que tienen el derecho de dirigir a los diputados en forma autoritaria, obligándoles para que el Congreso Nacional, en vez de obedecer a sus electores o mandantes, deben darle la espalda para rendirse a los pies de los nuevos zares. Como algunos diputados no les obedecieron, los expulsaron, sin seguir los procedimientos legales correspondientes, del Partido Liberal.

Por todo lo anterior, no me ha sorprendido la decisión que ha tomado el Tribunal Supremo Electoral que, le ha enmendado la plana al Central Ejecutivo, declarando ilegal la resolución en contra de los diputados que no aceptaron violar la ley; ni irrespetar la voluntad de sus electores. Lo que me sorprende mucho es la falta de influencia de los conocimientos jurídicos, que siempre me han parecido extraordinarios de Maribel Espinoza, una de las más juiciosas juristas con las que he conversado en los últimos tiempos. Claro, Martel, Ortez y Pineda, no tienen formación liberal clásica y por ello, son presa fácil de las emociones primarias y de los enconos emocionales. La arrogancia en política, no ayuda en la toma de decisiones. Por el contrario, obnubila el conocimiento y aumenta el irrespeto a quienes, más que alumnos, son compañeros de partido, correligionarios, hermanos en el ideal liberal y ejemplos vivos de una doctrina que resalta el ejercicio de la libertad.

La equivocada resolución del Consejo Central Ejecutivo del PL con respecto a los diputados que no obedecieron órdenes que les parecieron inconstitucionales, además de estar fuertemente influida por la arrogancia del precario líder liberal que conduce a ese partido hacia la desaparición, adolece de enormes falencias. La primera de ellas es constitucional, confirmada por el TSE.

La segunda, es la ignorancia histórica de los que la tomaron, porque pasaron por alto que las expulsiones en el PL han carecido de efecto alguno. Y que el Consejo Central Ejecutivo, en los últimos sesenta años, ha sido de un organismo de apoyo y no de militar conducción, como pretenden. Y la última falla es de sentido común: una orden que uno sabe que no será acatada, no se da. Cualquiera con cinco dedos de frente habría anticipado que la mayoría de los diputados incumpliría una orden que, además es éticamente incompatible con el ideario e historia liberal que en 1954, desde un Partido Nacional más gregario y obediente, sus diputados dejaron de asistir a las sesiones del Congreso, para impedir su instalación. Burlando de esta manera, la voluntad del pueblo que había elegido a Villeda Morales, en una mayoría que debía ser ratificada por el nuevo Congreso Nacional.

Todas las personas y las instituciones que estas dirigen, pueden cometer errores. Ello es humano. El problema es que, en la arrogancia y vocación por el conflicto que parece que afecta a la mayoría de miembros del actual Consejo Central Ejecutivo, hace que, estén afectados de un autoritarismo que impide la unidad necesaria, para que el Partido Liberal pueda ocupar el lugar que requiere la estabilidad política nacional. Lo que al principio alejó a Gabriela Núñez de la dirección del PL, ahora se ha convertido en una tendencia, hacia el rompimiento de la unidad que preocupa a todo el mundo. Menos a este grupo de compatriotas que, dentro de una burbuja de egocentrismo, no tienen conciencia que al hacerle daño al Partido Liberal, alterando la paz interna de sus miembros, y asumiendo posturas contrarias a la doctrina liberal, le están infiriendo severos daños a la democracia. Y por este medio a Honduras y a los hondureños.